jueves, 10 de junio de 2004

Encomiásticos obituarios

Lo de los obituarios está últimamente fuera de la realidad. Por regla general, no se suele hacer mucha leña del árbol caído, pero a la hora de analizar las trayectorias, las políticas o la personalidad de personajes que fueron en vida muy discutidos suele haber cierta ecuanimidad o, cuando menos, silencio.
Siempre me ha molestado mucho el silencio a la hora de juzgar la actuación o las actividades de estadistas y políticos muertos, como si no fuesen culpables de nada. Pero en los últimos tiempos, periódicos y personas que antes mantenían cierto silencio o explicaban con cierto rigor la vida de los personajes muertos, se muestran laudatorios en exceso.
Lo que hemos tenido que aguantar con respecto a Jesús Gil, por ejemplo, o las mentiras que se están diciendo de Ronald Reagan son preocupantes. Hace ya años que descubrí como poco a poco (y el fenómeno se ha agudizado con series de televisión como Cuéntame) la figura de Francisco Franco, un dictador militar autoritario, cabeza de un régimen con miles de muertos y desaparecidos a sus espaldas, se iba transformando en un abuelito venerable e inofensivo con la extraña costumbre de inaugurar obras públicas y asomarse a los balcones del Palacio Real.
Puede que como persona, incluso como cuñado o como tío, Ronald Reagan fuese muy agradable, pero hay demasiados muertos en Centroamérica como para quedarse en la anécdota de que apagaba las luces de la Casa Blanca a las 5. Su política (o la que le hicieron representar lobbies, banqueros y demás) es la que ha conducido a la guerra en Iraq, entre otros males. Se echa en falta un poco más de rigor a la hora de enjuiciar la labor de esta tropa, o al menos de un poco más de pudor a la hora del ditirambo.

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