miércoles, 29 de diciembre de 2004

Bibliotecas

Anda revolucionada la Unión Europea porque España se ha negado a pagar un canon a los autores de libros por el préstamo que las bibliotecas públicas hacen de sus libros. Esta costumbre, asumida y utilizada en buena parte de la Unión tiene varias lecturas. Los países que la aplican (sobre todo los nórdicos) tienen índices de lectura y préstamo envidiables (algo a lo que el clima no es ajeno: cuando no se puede salir a la calle por el frío, uno lee o compra por catálogo, pero todos somos homogéneos por ser europeos o eso sostienen los políticos. Y éste, el de la homogeneización generalizada cuando hay abismales diferencias entre países y pueblos, es asunto a tratar despacio.). Por cierto que, a cuenta de esos envidiables índices, siempre leo estadísticas anuales y, francamente, sospecho que en cuanto la primavera deshiela el Báltico, no hay finlandés que se quede en casa leyendo, asi que no me importaría recibir estadísticas estacionales. Más lecturas: hasta ahora sólo he leído a Carlos Ruiz Zafón (autor de La sombra del viento, es decir escritor de un solo libro y opinador en el magazine de La Vanguardia) manifestarse en contra de la medida, aunque supongo que será cuestión de tiempo que los escritores se manifiesten también en contra, ¿o no? ¿No se paga ya al adquirir el libro el derecho a leerlo o prestarlo a quién me dé la gana? ¿No se reponen los libros deteriorados, no se fomenta la lectura y la compra en las bibliotecas? Zafón dice que el problema es otro: el mísero porcentaje que los autores obtienen de las editoriales. Sí. Hace unos años, conversando con Jesús Torbado y Ángeles Caso me explicaron algunos aterradores detalles del reparto del dinero entre editoriales y autores a cuenta de los libros que se editan en colecciones para el quiosco, por ejemplo. Incluso Arturo Pérez-Reverte, con quien también he mantenido alguna que otra charla al respecto era ‘víctima’ de un sistema de remuneración asaz injusto. Si el dinero que se destina a las bibliotecas públicas tiene que repartirse entre mantenimiento, nuevas adquisiciones, personal y autores, habrá menos libros, menos personal, menos mantenimiento y, al final, menos bibliotecas.

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