jueves, 30 de diciembre de 2004

Cánones

Como mandan los cánones. Más bien, cómo mandan. A propósito del canon bibliotecario se me olvidó mencionar a la Sociedad General de Autores, la sgae. Tampoco les he oído/leído nada al respecto. Hace unos meses, en una conferencia que reunía a autores, abogados y usuarios, escuché cómo la sgae impedía que un autor cediese sus propios derechos. Nadie puede regalarlos, aunque sean suyos por la peculiar voracidad recaudatoria de la sgae. Y lo decía alguien (un músico conocido, aunque no recuerdo quién) que había intentado regalar su música a través de internet. No podía, sencillamente, porque la sgae perseguía de oficio esa práctica. Así que tendremos otro canon. Pero lo más llamativo es el relativamente corto y extraordinario proceso por el que de no existir los autores (o más bien de tener muy poca conciencia de sí mismos) en los siglos XVI y XVII han pasado a hacer su aparición, legitimación, consagración y finalmente sacralización en este siglo XXI. Lo que surgió como una defensa del derecho a vivir una vida digna y obtener un salario por su trabajo (como cualquier otro operario) de los compositores, basado en la venta de las partituras con sus composiciones, se ha convertido en una trampa recaudatoria basada en los deseos de los herederos, los intereses de los editores (siempre) y un único pagano. A partir de ahí, los precios de los teatros, de la ópera, de los discos... Y aún se preguntan por qué se piratea. Claro que silbar o tararear es todavía gratis (idea para un relato apocalíptico: las brigadas de la sgae persiguen a quienes silban, el título sería Hertzios 20, es decir el umbral a partir del que un sonido es audible para los humanos, y un grupo de personas aprenden melodías para que no ser pierdan).

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