jueves, 27 de enero de 2005

Perdón

He leído estos días algunas reflexiones a propósito de la shoah, el recuerdo del Holocausto y la percepción de éste en España. Y todas coinciden en que durante los años del franquismo la indiferencia o el silencio sobre este asunto fue notoria. En 1972, lector compulsivo desde niño, yo tenía a mi alcance unas novelas, entonces de éxito, escritas por un oscuro autor danés llamado Sven Hassel. Narraban las peripecias en distintos frentes de un grupo de soldados de la Wehrmacht. No exaltaban precisamente el nazismo, de hecho lo condenaban desde dentro, por así decirlo, en sus -ahora lo sé- tensas relaciones con el Ejército alemán. Yo tenía 12 años y en medio de la indiferencia general, en el metro o en el colegio, comencé a llevar una gorra de visera marrón, con una esvástica y otras inscripciones entre militares y nazis. Aquel año vino a visitarnos un hermano de mi madre, el tío Joaquín, que vivía en Francia casado con una francesa en Toulouse. No recuerdo en que época del año vino, pero yo tenía tiempo libre y el tío Joaquín quiso que le llevase a ver la Puerta de Alcalá, Cibeles, el centro como un turista. Yo no sabía absolutamente nada. Ni porqué vivía en Francia, ni para qué quería caminar por esa zona. Hoy tengo las respuestas sin apenas esfuerzo: la guerra, el exilio, la nostalgia... Pero entonces yo sólo sabía que me gustaba andar, que su compañía era agradable y que el cielo era azul y lucía el sol, porque recuerdo el largo paseo calle alcalá abajo, el espantoso contraste -en el que ambos estuvimos de acuerdo- de la Torre de Valencia con la Puerta de Alcalá y el azul. Yo llevaba en un bolsillo mi gorra marrón y para darme sombra en los ojos, me la puse.

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