jueves, 3 de febrero de 2005

Fumar en los trenes

El tabaco, el acto de fumar es ahora mismo un estigma institucional y queda poco para que lo sea también social. En uno o dos años más, la prohibición se extenderá a los bares y restaurantes y en no menos de 10 años será casi imposible fumar en público, bien porque esté prohibido legalmente, bien por una interdicción social. Que no se pueda desde estos días fumar en los trenes es sólo una estación más, aunque un poquito más dolorosa se fume o no, del largo camino de hierro de la historia del tabaco. Dentro de unos años seremos una reliquia aquellos que hemos fumado en los aviones, en los trenes y hasta en el metro. No es sólo que pase el tiempo, es que me siento como debieron sentirse los que, a mediados del XIX, aún recordaban qué suponía aspirar rapé mientras los jóvenes pisaverdes recién llegados consumían sus tagarninas sin sentir siquiera de dónde venían. (Con estas tonterías estoy a un paso de escribir como Juan Manuel de Prada, pues sí que estamos buenos.) El tabaco se ha refugiado en los países más pobres como sustituto de otras necesidades, y comer es la primera que se viene a la memoria pues quien ha fumado sabe hasta qué punto el humo sustrae del hambre acuciante y cómo unas caladas alivian los retortijones; y es, ya, sin casi darnos cuenta, un símbolo de atraso y pobreza, de suciedad y de miseria. Cuando se enciende un cigarrillo en la mayor parte de las sociedades occidentales se entra en la consideración automática de paria, de dominado por el vicio. Qué lejos queda aquella percepción, por otra parte tan literaria, que yo he oído expresar de viva voz, de “vicios tengo lo normal, el tabaco, alguna copita...”. Fumar, decir que se fuma es ahora una petición pública de disculpas, es sentir la conmiseración ajena como algo normal. ¿Qué no hubiera dicho Foucault de esta exclusión social y legal, intolerante prueba de la intrusión que padece lo público ante lo privado? Nos hemos llenado la boca con los genocidios y los nunca más del siglo XX, pero hemos empezado el siglo XXI metidos de lleno en una batalla brutal, por lo desigual, contra una parte de la población que se limita a consumir un producto legal, consciente de sus perjuicios y financiador en buena parte de sus consecuencias.

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