lunes, 28 de febrero de 2005

Concentración de emisoras

Desde hace dos semanas he leido cuidadosamente los periódicos buscando alguna respuesta a una información que publicó El País sobre el reparto de las frecuencias radiofónicas desde la muerte de Franco. Una información elaborada con datos oficiales que establecía sin lugar a dudas que el número de emisoras adjudicadas a la Cadena SER era inferior al número adjudicado al resto de los grupos: obispos, Onda Cero, Luis del Olmo... Tanto con los gobiernos de UCD como con los del PP, las adjudicaciones a la SER eran menos. Sólo con gobiernos del PSOE, la SER recibió más emisoras que sus competidoras y tampoco con gran diferencia, dos o tres emisoras más. Aguardé en vano encontrar entre el resto de los diarios alguna contestación, algún dato erróneo; alguna columna de defensores del lector o del accionista acusando a Prisa de mentir. Los números eran tan demoledores que no ha respondido nadie. Yo no sé si está en peligro la libertad o si es un desastre que Prisa sea más grande o tenga más o emita menos. Lo que sé es que el resto de los medios grita sin aportar nada, ni una cifra, ni un dato para rebatir al ‘terrible polanquismo’. Si el resto de los medios sigue así, qué facil será para cualquiera concentrar medios y empresas y emisoras mientras los supuestos competidores siguen esforzándose en la carrera de los gritos antes que en la de las ideas.

El cálculo

Escribe Victor M. Amela en La Vanguardia que cada hogar español toca a 700 euros para asumir la deuda de RTVE. Este año, claro, porque de seguir así las cosas, va a aumentar. Francamente, no llega a dos euros al día. Como si de la publicidad de una oenegé se tratara: por menos de dos euros al día puede acabar con la deuda de la televisión y empezar de cero, mediante varios mecanismos de sentido común aunque sean dolorosos y poco revolucionarios. Y después el canon, baratito, para que no me vuelvan a pedir ni un euro más para enjugar sus deudas.

viernes, 25 de febrero de 2005

1 millón o un 6 por ciento

A cuenta de las cifras de las audiencias, siempre me sorprendo con la alegría que se manejan las cifras y determinados adjetivos como ‘fracaso’ o ‘desplome’. Sin desmerecer a nadie y teniendo en cuenta la libertad real de elegir a quien uno quiera de la oferta televisiva, me llama la atención lo que pasa con el espacio del Gran Wyoming: es posible que el seis por ciento del share, es decir del total de la audiencia potencial sea poco, escaso o síntoma de un fracaso en esos términos, pero casi un millon de espectadores, que es de lo que se trata, en términos de comunicación, de elección de un determinado programa, a mi me parece que son muchos. Como me parecen muchos los espectadores de los programas que se van quedando por el camino porque ‘no llegan a la media de audiencia de la cadena’. Una de las revoluciones pendientes para el futuro, será precisamente la segmentación absoluta de los grupos de espectadores, de tal forma que les llegue la publicidad que potencialmente les corresponde y más puede influirles. El día que los publicitarios se aprovechen de eso no sé qué será del share pero si sé qué será de los programas minoritarios.

martes, 22 de febrero de 2005

Promociones

Manuel Rodríguez Rivero hacía en ABC el sábado 12 de febrero un divertido análisis sobre lo que se encuentra en los quioscos y escribía que “lo que no he conseguido comprar todavía en un quiosco es fruta del tiempo retractilada, pero no desespero.” Eso me recordó el proyecto que un diario ya desaparecido en los 80 -El Sol anduvo estudiando: dar con el periódico del domingo la barra de pan. Por aquella época regalaba tantos suplementos que daba también una bolsa para llevarlos. Los problemas de logística y las protestas de los panaderos les obligaron a desechar la idea. Y también: la crisis será agobiante pero según los primeros datos de la oleada correspondiente de OJD, todos los diarios suben y uno de ellos, El País, gracias a las promociones repartidas según confiesa el propio periódico. Pan no sé, pero los domingos nos dan de todo, hasta por saco.

lunes, 21 de febrero de 2005

El informe sobre la tv pública

¿Cual es la primera referencia que aparece en el Boletín Oficial del Estado sobre Televisión Española, tras su creación en octubre de 1956? Un concurso para dotar a su sede del paseo de la Habana de alfombras y otro mobiliario para los despachos. No equipos técnicos. No dotación de personal u oposiciones. Alfombras. Despachos. De aquellas alfombras salen los polvos de la gestión y los problemas que arrastra la tv pública en España.

viernes, 18 de febrero de 2005

Pésame

Aunque no tiene nada de nuevo y no es más que una versión corta y heavy de un programa de la misma cadena, las andanzas entre políticos del personaje Guiller Moore y su sección Tocando las bowlings de Pecado original (Telecinco, 21.00 horas) suele ser divertido. Pero ayer traspasó la línea entre perseguir y dejar que los políticos se retraten a sí mismos y pontificar sin fundamento sobre su actitud, mientras perseguía a los políticos por los jardines del descubrimiento en la plaza de Colón. Reconozco tener debilidad por Moratinos, uno de los mejores cancilleres que ha tenido España nunca, convertido en mono de feria por docenas de periodistas, escribidores y opinadores, escritores y tertualianos, de mala fe y a sabiendas o involuntariamente por ignorancia. Casi es más disculpable la mala fe, por sabida y que se muestra sin engaños, que aceptar sin cuestionar una sola palabra lo que otros dicen. Y al respecto no me resisto a recomendar un artículo de La Vanguardia (13/02/05) de Manuel Díaz Prieto en la sección así es la vida a cuenta de la biografía, que todos los medios aceptan y repiten, de un empresario del espectáculo y ventrílocuo llamado José Luis Moreno. El personaje de Guiller Moore debería encontrar un hueco para leer los periódicos y saber antes de perseguirle que Moratinos perdió el lunes a un amigo muy querido en un atentado -el libanés ex primer ministro Hariri- y que no estaba distante por altivez, sino por el dolor. Por debajo del cargo y la función, siempre criticables, hay personas. Tal vez el respeto no sea televisivo, pero sí nos hace mejores.

miércoles, 16 de febrero de 2005

De síntomas y ejemplos

No arranco con el análisis de la crisis, pero id acumulando ejemplos. Como este. Desde hace unos días, la prensa recoge el lanzamiento de una novela del escritor Javier García Sánchez que desarrolla la historia de una siniestra condesa húngara llamada Elizabeth Bathory, dedicada a fines del siglo XV a martirizar y atormentar doncellas en macabros y sangrientos rituales. Como argumento novelesco, fenómeno. Pero ¿por qué no he leído ni una sola palabra acerca de las extraordinarias páginas que ya escribió el simbolista francés Marcel Schwob acerca de ella? ¿Por qué nadie menciona la película Cuentos inmorales en la que Paloma Picasso (de verdad, no miento) interpreta a esa condesa sádica? ¿Es que nadie lee o ve cine? Que García Sánchez no diga una palabra es hasta comprensible, no vaya a ser que alguien vaya a una librería y pregunte y descubra a un escritor de verdad. O pregunte en Ocho y medio -siempre recomendable librería de cine- y compre el dvd con el film. Este es el primer eje de la crisis del periodismo: la ignorancia de quienes formamos parte de las redacciones. Un buen amigo y pariente, que trabaja en banca y ha sufrido algún atraco, me contó hace años qué es en el argot un ‘cogotero’: un individuo que se asoma por el cogote -o nuca- de su víctima para ver cuánto dinero saca y robarle por el medio que sea en cuanto pone un pie fuera de la sucursal. Lo saben todos los empleados de banca. Lo saben los policías. ¿Y los periodistas? Sistemáticamente, contumaces, inasequibles escriben: “los ‘cogoteros’ son ladrones que atracan a sus víctimas con un fuerte golpe en la nuca”. Y así con todo.

viernes, 11 de febrero de 2005

¿Crisis? ¿Qué crisis? Un síntoma

Casi estoy por abrir un blog nuevo dedicado en exclusiva a este asunto. Ayer leí una crítica de un libro que, me pasa pocas veces, ya había leído. El libro es El geco de Ferlosio, extraordinario como siempre, pero eso en su caso y en mi apreciación no es novedad. La crítica, es decir el pecador, es de Santos Sanz Villanueva. El pecado, es decir las tonterías, son excesivas. A cuenta de su ignorancia zoológica pero disculpable porque es un crítico de libros y no un zoólogo, niega su existencia al dicho geco o salamanquesa y acaba por llamarlo lagarto. No Santos, no. El geco es una especie diferente de reptil que poco tiene que ver con las lagartijas, más allá de su gusto por las paredes soleadas y las larvas de insectos y aun éstos mismos para comer. Qué puntilloso eres a veces se podría decir de mi. Qué más da que niegue la existencia del reptil. Pues que todo su argumentario a favor del libro se basa en eso, en negar la existencia del geco y en considerarlo sólo una muestra del genio fabulador y lingüistico de Ferlosio. La crítica es positiva y en líneas generales es útil para saber de qué va el libro, pero eso lo sé porque lo he leído. Para dar a conocer o hacer apetecible la obra, desde luego no sirve. Entonces, ¿cuántas críticas de Santos Sanz estarán basadas en una premisa falsa fruto de la ignorancia y de no querer comprobar las cosas? ¿Cuántas reseñas habrá escrito para iniciados y responsables editoriales que ya conocen la obra? Esto, que es muy poca cosa es un síntoma de esa supuesta crisis. No hay crisis porque se escriban tonterías, sino porque nadie las detecte y las pare.

jueves, 10 de febrero de 2005

La crisis del periodismo (II)

Sé que va a resultar un poco árido, pero ayer, mientras tomaba algunas notas para estructurar un poco este asunto, o mejor dicho, mi opinión sobre este asunto, no pude menos que pensar que se trataba de un viaje. Un viaje pesado y probablemente incómodo, pero que al final habrá merecido la pena. Más para mi, claro, que soy quien pone en limpio, como en una azotea del sur, las sábanas del pensamiento para que se oreen y luzcan al sol. Puede que nadie vea las mías, pero es seguro que su reflejo se une al de muchas otras sábanas y trapos tendidos; a ver si así deslumbramos a los todavía no apagados faros de occidente que son los periódicos de hoy día.

miércoles, 9 de febrero de 2005

La crisis de los periódicos

Llevo varios meses oyendo y sobre todo leyendo acerca de este asunto, uno de los grandes favoritos de los autores de bitácoras, de los columnistas que analizan otros medios, los defensores de los lectores y, también, de profesores de variada especialidad en universidades de todo el mundo, con especial importancia en Estados Unidos. Credibilidad, lectores, capacitación profesional, los hilos del asunto se despliegan como afluentes del mensaje principal: la crisis de los periódicos. ¿Pero nace en algún sitio este río? ¿Tiene algún interés para los lectores de los periódicos dicha crisis? ¿Afecta de verdad al trabajo diario en las redacciones? Mientras la llamada industria cultural, el conjunto de empresas que viven de los libros, los medios de comunicación, y hasta los montadores de exposiciones, museos y en general cualquiera que viva de eso tan vago y tan perezoso que es la cultura, crecen y viven los mejores momentos económicos de su ya larga historia, casi no hay día en que los periódicos no incluyan alguna llamada, por pequeña que sea, a la movilización contra ‘la crisis de los periódicos’. Tal llamada, expresada como dogma por quien la formula, amparado en su prestigio como periodista, analista, profesor o estudioso, suele desenrrollarse en torno a dos aceradas púas que penden para explotarlos dos globos bien grandes y de seguro estruendosos: a saber, la pérdida de lectores y el alejamiento de los periodistas de los intereses de los lectores.

viernes, 4 de febrero de 2005

Florilegio de cabreos

A veces no tengo tiempo, aunque si ganas, de desahogarme con algunas tonterías que los periódicos publican a lo largo de la semana, porque como Rafael Sánchez Ferlosio también yo leo periódicos para cabrearme. De esta semana, pues un par de apuntes: titulaba Raúl del Pozo ¿Proceso constitucional por la puerta falsa? a cuenta del debate sobre el plan ése. Y me acordé de 1977, de las primeras elecciones a la muerte del dictador, convocadas, votadas, aceptadas y vividas sin que en ningún sitio figurase que eran para elegir unas Cortes constituyentes. Ya sé que es el pasado, pero aún recuerdo mis 17 años indignados cuando al correr de los meses quedó claro que la intención del poder entonces era dotarnos, a la carrera y sin debate, de una Constitución. El mismo texto sacralizado e inmóvil durante los últimos 25 años. No sé dónde estaría del Pozo entonces, aunque apuesto a que no se le ocurrió cuestionar con este mismo título las elecciones de entonces. Por razones que no tengo tiempo de exponer, diáfano es que a los poderes en España les gusta constitucionalizar de tapadillo y, también, que hay otra generación en el poder más proclive a no respetar los textos de sus papás, por muy bienintencionados que fueran.
El segundo apunte es a mi exclusiva cuenta, a lo abominable y repugnante que es leer o escuchar que “Los príncipes han viajado en el metro”, al relato construido con gofres olidos en la Puerta del Sol y viajeros -de verdad- con cámaras en el móvil buscando recuerdo de un viaje ¡un viaje! de una persona que jamás ha viajado ni viajará en el metro y su esposa que, a poco que se profundice en su actitud, generación de procedencia, profesión y aspecto, le pegan más los transportes de superficie que cualquiera otro. Me da asco cómo se puede retorcer el lenguaje de esa manera: no viajaron -él nunca y ella no lo hará más-, visitaron, recorrieron, conocieron... No voy encima a hacer su trabajo escribiéndoles los sinónimos.
(Hay un tercero: ¿Y a mí que me importa la salud de un jefe de Estado también director espiritual de las creencias de una parte de la sociedad occidental?)

jueves, 3 de febrero de 2005

Fumar en los trenes

El tabaco, el acto de fumar es ahora mismo un estigma institucional y queda poco para que lo sea también social. En uno o dos años más, la prohibición se extenderá a los bares y restaurantes y en no menos de 10 años será casi imposible fumar en público, bien porque esté prohibido legalmente, bien por una interdicción social. Que no se pueda desde estos días fumar en los trenes es sólo una estación más, aunque un poquito más dolorosa se fume o no, del largo camino de hierro de la historia del tabaco. Dentro de unos años seremos una reliquia aquellos que hemos fumado en los aviones, en los trenes y hasta en el metro. No es sólo que pase el tiempo, es que me siento como debieron sentirse los que, a mediados del XIX, aún recordaban qué suponía aspirar rapé mientras los jóvenes pisaverdes recién llegados consumían sus tagarninas sin sentir siquiera de dónde venían. (Con estas tonterías estoy a un paso de escribir como Juan Manuel de Prada, pues sí que estamos buenos.) El tabaco se ha refugiado en los países más pobres como sustituto de otras necesidades, y comer es la primera que se viene a la memoria pues quien ha fumado sabe hasta qué punto el humo sustrae del hambre acuciante y cómo unas caladas alivian los retortijones; y es, ya, sin casi darnos cuenta, un símbolo de atraso y pobreza, de suciedad y de miseria. Cuando se enciende un cigarrillo en la mayor parte de las sociedades occidentales se entra en la consideración automática de paria, de dominado por el vicio. Qué lejos queda aquella percepción, por otra parte tan literaria, que yo he oído expresar de viva voz, de “vicios tengo lo normal, el tabaco, alguna copita...”. Fumar, decir que se fuma es ahora una petición pública de disculpas, es sentir la conmiseración ajena como algo normal. ¿Qué no hubiera dicho Foucault de esta exclusión social y legal, intolerante prueba de la intrusión que padece lo público ante lo privado? Nos hemos llenado la boca con los genocidios y los nunca más del siglo XX, pero hemos empezado el siglo XXI metidos de lleno en una batalla brutal, por lo desigual, contra una parte de la población que se limita a consumir un producto legal, consciente de sus perjuicios y financiador en buena parte de sus consecuencias.