viernes, 24 de noviembre de 2006

Polonia, mon amour (II)

Los astilleros de Gdansk son una excelente metáfora del siglo XX, de lo que han sido la historia, la sociedad y la política del siglo corto, que dice Hobsbawm. No son sólo el esqueleto descarnado del socialismo real, de la utopía económica del comunismo sino la imagen del fracaso del poder, del control absoluto: del panóptico que Foucault sospecha se encuentra tras la máscara de las ideologías del XIX. Lo de menos es que fueran el arranque de la revolución antisocialista que derribó el muro de Berlín y facilitó el llamado fin de la historia.
Hace unos días se hizo público el dato de que el peso del sector industrial en el PIB español es el más bajo de los últimos veinte años, con una imparable tendencia a que nuestra economía esté basada en los servicios. Pero esa es ya la tendencia natural de la mayoría de los países del primer mundo y la causa principal de la perplejidad de la izquierda, del marxismo más clásico y del pensamiento liberal. ¿Qué receta aplicas a una enfermedad del siglo XXI si tienes medicamentos del siglo XIX? No se pueden recetar sangrías para curar un sida.
Necesitamos un nuevo paradigma que explique las relaciones económicas de este siglo, la presencia de una fuerza de trabajo de cuello blanco mayoritaria, del ascenso de las clases medias y de la presión de los países emergentes del Tercer Mundo con economías industriales -China, India- como fuente de fuerza laboral, materias primas y, sobre todo, producción: son ellos quienes están fabricando los productos que consumimos.
La ironía es esa: la lucha de clases ya no existe en el interior de los países, sino en sus fronteras, entre una clase trabajadora, productiva y sin nada que perder, y unas clases cada vez más ociosas y más dedicadas al consumo.


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