miércoles, 31 de mayo de 2006

El juego de la oca

Mira que habré jugado veces al juego de la oca y siempre me ha llamado la atención la disposición de las casillas, los diseños diferentes pero siempre guardando una relación. Es un juego sencillo y familiar. ¿Quién no tiene una en casa? Es un clásico. Bueno, pues gracias a la Fundación Joaquín Díaz, en Urueña (Valladolid) y al extraordinario catálogo que han editado con motivo de su exposición Juego de la Oca, he descubierto docenas de datos muy interesantes sobre el juego.
Y el primero, que llevo demasiado tiempo jugando con reglas equivocadas y que con las buenas, el juego gana en intensidad, diversión y, sobre todo, misterio... Porque el jueguecito se las trae. El catálogo Juego de la Oca, Edición Fundación Joaquín Díaz (2005) ha sido una lectura apasionante y breve, bien es verdad que la mitad del libro está ocupada por las imágenes de los tableros de la oca expuestos.
De la exposición hablaremos otro día porque tengo planeada una excursión a Urueña. El libro está dividido en seis partes, cinco textos y el catálogo propiamente dicho de la exposición. Los textos que incluye son:
El juego del Laberinto y un tótem ánade, de Ángel Gómez-Morán Santafé
Los libros del juego de las Suertes, de Rosa Navarro Durán
De oca en oca: un viaje por el azar, de Modesto Martín Cebrián
Cuatro tableros de contenidos religiosos, de Luis Resines
Treinta y seis (múltiplo de nueve) asientos sobre el juego de la oca, de Felipe Hernández Cava
El primero es un viaje alucinante a través de la etimología de la palabra oca que va desde los primeros griegos hasta el Renacimiento, con paradas en los celtas, tartessos, iberos, jónicos, la guerra de Troya, la Odisea, Egipto, Persia, el minotauro, Cnossos los laberintos, la geografía y astronomía del mundo antiguo y una interpretación de la mitología griega muy sugerente y documentada. Soy poco amigo de las teorías disparatadas sobre atlántidas, códigos secretos y templarios de diverso pelaje, pero este Gómez-Morán ha conseguido interesarme en su excelente investigación sobre el posible y plausible origen del juego de la oca.
Los libros del juego... se centra en varios textos de origen desconocido, prohibidos por la inquisición que recogen un juego similar al de la oca pero de carácter adivinatorio. De oca en oca... abunda sobre el origen, aunque con menos documentación y plantea una hipótesis más conservadora, mientras los Cuatro tableros... analiza otros tantos juegos de la oca de carácter cristiano y moralizante destinados al entretenimiento de las monjas en los conventos.
Treinta y seis... es una divertida colección de breves explicativos que recogen diferentes aspectos de los textos anteriores, sugerencias sobre el juego y reflexiones sobre lo que la exposición puede reflejar. El catálogo de las piezas expuestas es una maravilla, con joyas como una oca sobre la toma de Madrid por las tropas de Franco, o una oca con Tintín, Milú, Haddock y el mundo de Hergé como protagonistas de las casillas.
El isbn del libro es 84-932110-8-7 y cuesta 30 euros.

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martes, 23 de mayo de 2006

Syldavia es independiente


Libre del yugo de Borduria y de sus totalitarios gobernantes, los syldavos han declarado esta semana su independencia, completando así un proceso de estabilización de fronteras con más de un siglo y medio de antigüedad. Y eso en Europa.

Aqui se les ve celebrando la victoria con las banderas que han adoptado en los últimos meses, un poco alejadas del diseño tradicional que conocíamos, más parecido a éste.

Bueno, sí, admito que suelen referirse a este país de los Balcanes como Montenegro, pero para los tintinófilos de verdad siempre serán Syldavia y su rey Ottokar los que han celebrado su referéndum. Y los que se han liberado de los bordurios.

Vaya en homenaje de los muchos tintinófilos que quedamos por el mundo.
Asi que larga vida al noble pueblo de Syldavia. Y a las syldavas, naturalmente.
Mientras, para otras cuestiones no hay tanto agitar de banderas. Ya sé que no debo utilizar de muletillas y otras frases hechas, pero, sin que sirva de precedente y para los que entienden: va a ser que no.

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jueves, 18 de mayo de 2006

El fraude en la ciencia

Hacía tiempo que no me divertía con la lectura de algo sensato, científico y que te deja con ganas de formular más preguntas que de recibir respuestas tontas. No es que reniegue de Chateaubriand, que me ha dejado agotado y con mueca de satisfacción, es decir, como de después de.
Pero las monumentales memorias del vizconde no son para hacer reseñas, sino para citar y recordar, para sostener dentro de la cabeza como puntal de las ideas, de la concepción del mundo que hemos de tener; en el sentido de nuestro origen, no porque el mundo del bueno de René sea deseable.
Viene a cuento el rollo por el libro que ahora termino, Anatomía del fraude científico, escrito por Horace Freeland Judson. Como suele ser habitual en la colección Drakontos de Crítica, lejos de ser un reportaje alargado o una colección de textos coyunturales, Anatomía... es un estudio riguroso y documentado sobre el fraude científico en toda su extensión.
Aunque peca un poco de exceso de fuentes periodísticas anglosajonas y se circunscribe en muchos casos al mundo anglosajón, Freeland no se limita a enumerar casos, sino que hace un certero diagnóstico de las prácticas ilícitas que el día a día del trabajo científico lleva. En todo momento deja claro que los fraudes en la comunidad científica son excepcionales, pero también que la ingenuidad de muchas instituciones y científicos respecto al comportamiento de muchos investigadores ya no se justifica.
El problema de la competitividad entre científicos, las luchas por los fondos, las presiones sobre los miembros más jóvenes de los equipos, la falta de normas y controles homologables de gestión y resolución de los conflictos, la quiebra de los antiguos sistemas de control de los artículos (la llamada revisión entre iguales), el exceso de peticiones de las revistas, la burocracia y otras circunstancias explican muchas actuaciones irregulares y también buena parte de los fraudes.
De hecho, Freeland comienza su Anatomía... aclarando, con dos ejemplos ya clásicos (el caso de la empresa Enron y el del periodista Jason Blair), que el fraude es un problema general de la sociedad y de sus instituciones y empresas, que no hay sector que no haya sufrido sus efectos.
Historiador de la ciencia, Freeland describe el problema, ofrece soluciones cuando las tiene y cundo no, propone mecanismos que pudieran ayudar a solventar el problema. Para él, la cuestión no es evitar las conductas fraudulentas que siempre serán excepcionales, sino establecer los controles suficientes para que la práctica científica se desarrolle en una atmósfera más sosegada.
En resumen, un manual imprescindible para los investigadores de cualquier disciplina y también para los aficionados a la buena divulgación científica, sin sensacionalismos.

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