jueves, 30 de noviembre de 2006

Un libro para las dos manos

Esos libros que se leen con una sola mano, de Jean-Marie Goulemot está basado en la literatura obscena, erótica y pornográfica de los siglos XVII y XVIII, Goulemot y su traductora Lydia Vázquez Jiménez nos conducen por un viaje lúbrico y sensual en busca de las claves, motivos y razones que explican la aparición y desarrollo de los libros que se leen con una sola mano. Y lo hace sin juzgar su bondad o maldad.
“Bajo las apariencias de su brutal simplicidad, más allá del apresurado juicio a que se somete a menudo a los autores licenciosos, confundidos superficialmente con sus héroes, se dibuja el universo complejo de la literatura pornográfica: con su status cultural bien real y, sin embargo dentro del mundo de lo secreto, con las diferentes motivaciones de sus polígrafos o con sus estrechas y complicadas relaciones con la filosofía o con la literatura misma. La literatura pornográfica, ni totalmente semejante, ni radicalmente diferente, pertenece por derecho al corpus literario, participa de sus planteamientos y desafíos a la par que conserva una dimensión que le es propia. Para concluir, podremos definirla como semejante y sin embargo otra.”
En lugar de una bibliografía más o menos extensa de títulos, el libro analiza el fenómeno situándolo en su contexto y las reacciones que suscita, bien en el pensamiento o en la fisiología de los apetitos. “El libro erótico, en el sentido en que ha sido definido, sin por ello juzgarlo cualitativa o moralmente, posee una finalidad fisiológica: provocar en su lector el deseo de gozar, instalarlo en un estado de tensión y de carencia del que tendrá que liberarse con recursos extraliterarios.” También apunta ideas como un catálogo de pornografía que no cumple con su propósito, pero que deja como proyecto para otros.
Su intención es “Comprender cómo se producía el efecto de lectura de la novela que denominanos hoy pornográfica. [...] La novela erótica aparece, sí, como una ficción ejemplar y lograda, puesto que es productora de ilusiones tan verdaderas [...] como la realidad misma.”
El libro es también un viaje por la nostalgia de un tiempo en que todas las novelas absorbían realmente al lector, no sólo las pornográficas. Era una lectura única y sin prejuicios de todos los lectores. Goulemot añora, y sus lectores con él, ese tiempo de la infancia y la primera adolescencia en la que los libros nos transportaban a otra realidad con inocencia, plenamente. Algo que hoy, lectores maduros, ya sólo sentimos con los libros que se leen con una sola mano.

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miércoles, 29 de noviembre de 2006

El Consejo Escolar

El lunes estuve en la constitución del Consejo Escolar del colegio Joaquín Turina, que se renueva cada dos años con cinco padres, cinco profesores, un miembro de la administración local y otro del personal administrativo del centro.
Yo fui elegido por un voto de diferencia en la candidatura que presentaba la APA del colegio. El orden del día incluía dos puntos: la constitución del consejo como tal y los ruegos y preguntas.
A destacar de este punto, la información de que a partir de enero, el centro abrirá a las ocho de la mañana porque el ayuntamiento ha aprobado el envío de dos personas que se harán cargo de los alumnos desde esa hora hasta las nueve, cuando empiecen las clases normales. La medida podría hacerse extensible también a la tarde.
Aprovechando que han entregado el calendario para este curso, lo he metido en Google Calendar y puede consultarse aquí.

Actualización 14 de diciembre:
El colegio ya tiene su propia página web. Bastante floja, por cierto :-)

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martes, 28 de noviembre de 2006

A propósito del capitalismo

El otro día comentaba yo acerca de la perplejidad de la izquierda en materia económica por el cambio de paradigma de una economía industrial a una de servicios. El sábado, Rafael Argullol, traía a colación un fenómeno complementario y singular: la desaparición del capitalismo por camuflaje y ocultación de su nombre.
"Antes, hasta no hace mucho, se le nombraba, y no eran pocos, en los medios de comunicación, en las universidades y, por supuesto, en los paisajes ideológicos de la política, los que hablaban de sistema capitalista, beneficios capitalistas o explotación capitalista. Ahora no, ahora no se le nombra. Sus apariciones en la prensa o en las aulas son escasas y en las últimas confrontaciones electorales los candidatos de la izquierda, y ni siquiera los pocos comunistas que quedan, no se atreven a nombrar al Innombrable. [...] Si no lo queréis llamar explotación capitalista porque os tildarán de locos y trasnochados, llamadlo codicia."


Por cierto, si queréis contribuir al sostenimiento económico de Esperanza Aguirre, dirigios a 1 euro para Espe, y colaborad allí. Si no lo queréis llamar error de biógrafo, llamadlo simplemente estupidez.

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viernes, 24 de noviembre de 2006

Polonia, mon amour (II)

Los astilleros de Gdansk son una excelente metáfora del siglo XX, de lo que han sido la historia, la sociedad y la política del siglo corto, que dice Hobsbawm. No son sólo el esqueleto descarnado del socialismo real, de la utopía económica del comunismo sino la imagen del fracaso del poder, del control absoluto: del panóptico que Foucault sospecha se encuentra tras la máscara de las ideologías del XIX. Lo de menos es que fueran el arranque de la revolución antisocialista que derribó el muro de Berlín y facilitó el llamado fin de la historia.
Hace unos días se hizo público el dato de que el peso del sector industrial en el PIB español es el más bajo de los últimos veinte años, con una imparable tendencia a que nuestra economía esté basada en los servicios. Pero esa es ya la tendencia natural de la mayoría de los países del primer mundo y la causa principal de la perplejidad de la izquierda, del marxismo más clásico y del pensamiento liberal. ¿Qué receta aplicas a una enfermedad del siglo XXI si tienes medicamentos del siglo XIX? No se pueden recetar sangrías para curar un sida.
Necesitamos un nuevo paradigma que explique las relaciones económicas de este siglo, la presencia de una fuerza de trabajo de cuello blanco mayoritaria, del ascenso de las clases medias y de la presión de los países emergentes del Tercer Mundo con economías industriales -China, India- como fuente de fuerza laboral, materias primas y, sobre todo, producción: son ellos quienes están fabricando los productos que consumimos.
La ironía es esa: la lucha de clases ya no existe en el interior de los países, sino en sus fronteras, entre una clase trabajadora, productiva y sin nada que perder, y unas clases cada vez más ociosas y más dedicadas al consumo.


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jueves, 23 de noviembre de 2006

Confesiones, de San Agustín

No es una errata. Y ya sé que no me pega mucho, pero hay libros que uno debe conocer, incluso estudiar, por la curiosidad, por lo que dicen, por lo que no dicen, por lo que son. Y también que supongo que con la edad me da por leer biografías y autobiografías. Y una razón práctica: hace años que descubrí que somos los ateos los que mejor conocemos las religiones del mundo, sobre todo los que provenimos del orbe cristiano. Léase a Gonzalo Puente Ojea para mayor aprovechamiento.
Escritas hace más de 1.600 años, las Confesiones de San Agustín son una colección de textos muy religiosos, pero que muy religiosos, que forman parte de la columna vertebral del pensamiento occidental. No tanto del pensamiento humano, sino sobre todo del hombre occidental. Pero descontada la palabrería cristiana, las Confesiones resultan ser una aproximación a la transición entre el mundo romano y el de la Edad Media. No he usado el término palabrería como descortesía, aunque no reniego de su carácter peyorativo, pero es que el libro tiene como tres niveles de redacción: uno, el que más me interesa, es el del personaje, sus confesiones de verdad, las rendijas por las que se cuelan asuntos y hechos cotidianos que hoy siguen existiendo; en un segundo plano está la filosofía, la profundidad con la que analiza y busca a través del lenguaje las raíces del pensamiento, de los sentimientos y de los conceptos como el amor o la amistad; y en el tercero están las oraciones y largas digresiones alabando a Dios y las recopilaciones de citas y versículos de la Biblia.
Son trece libros en total, aunque su número real se discute porque existen discrepancias en la redacción, las fechas, etc. En general, el libro tiene momentos fascinantes, sobre todo con su pelea para aprehender el tiempo y comprender la creación, en los libros 11 y 12.
Suena raro, pero hay momentos en los que parece que estemos ante un texto new age avant la lettre, como en el libro 5, a la hora de glosar las ventajas de lo que llamamos fe del carbonero, aquella fe sencilla, de iletrados que nada se cuestionan. No obstante su defensa de las fábulas teístas, es crítico con los horóscopos y la curiosidad morbosa: "¿Qué deleite hay en ver un cadáver despedazado que tanto te horroriza? A pesar de ello la gente corre a verlo donde quiera que esté por la simple sensación de entristecerse y palidecer." (Libro X, pag. 282). También se muestra muy decepcionado por la inutilidad de muchos de sus primeros estudios y de la escuela y cómo ésta presta un flaco servicio a la educación. En el libro segundo hay una buena reflexión sobre el pecado a cuenta de un robo de peras que perpetró cuando era un adolescente, pero hay pocos recuerdos como tales, salvo en lo referente a su madre, cuya muerte le causa un profundo impacto. Es cuando sus reflexiones comienzan a ser más amargas: "Me apremia el tiempo y hay muchas cosas que no puedo dejar escritas." (Libro IX, pag 225).
A veces sus razonamientos avanzan a través del tiempo vertiginosamente: "No son las cosas que sentimos las que entran en la memoria, sino sus imágenes, siempre dispuestas a presentarse a llamada del pensamiento que las recuerda." (Libro X, pag 249); "Aprender las cosas... Equivale a verlas interiormente en sí mismas tal cual son, pero sin imágenes." (Libro X, pag 253), donde parece adelantar la lingüística de Chomsky.
Son impresionantes las escasas reflexiones sobre sí mismo y estas Confesiones: "¿Por qué, entonces, preocuparme de que los demás oigan mis confesiones como si fueran ellos a sanar todas mis dolencias? Son gente demasiado interesada en conocer vidas ajenas y perezosa en enmendar la suya. ¿Para qué tanto interés en oir de mí quien soy, si ellos no quieren oir de ti [Dios] quiénes son?" (Libro X, pag 241). "Ni yo mismo alcanzo a comprender lo que soy" (Libro X, pag 249).
En fin, recomendable de todo punto, aunque solo sea para comprender un poco la mentalidad de estos a la hora de pensar y aconsejar sobre ciertas materias: "La mujer fue hecha para el hombre hasta corporalmente. De igual naturaleza a la del hombre en cuanto a la razón y a la inteligencia, está sometida, sin embargo, al hombre en lo que se refiere al sexo corporal." (Libro XIII, pag 399).

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miércoles, 15 de noviembre de 2006

Polonia, mon amour

A los trece o catorce años leí con mucho aprovechamiento varias novelas, hoy sé que inquietantes, de un autor danés llamado Sven Hassel. Muy de moda por entonces en España -y aún se encuentran en las librerías- su temática giraba en torno a la II Guerra Mundial y las aventuras que un grupo particularmente raro e indisciplinado de la Wehrmacht desarrollaban en los distintos frentes de la guerra.
Eran novelas razonablemente antinazis y antibélicas, que reflejaban las miserias de los ejércitos pero también bastante del horror que los civiles sufrieron. Me enseñaron mucha letra pequeña de la historia de esa guerra, de geografía del este de Europa y, sobre todo, mitificaron algunos lugares que después se han convertido en motivos razonados para viajar.
Entre esos lugares siempre figuró Polonia. Así que la oportunidad de visitar un país particularmente castigado por la historia ha sido bien aprovechada. Acabamos de volver y aún tengo en la cabeza, como grumitos de felicidad, los nombres, los lugares, las personas y las sensaciones. No ha sido un viaje turístico al uso y nos hemos limitado a conocer a fondo una pequeña parte del norte de Polonia. Pero qué parte.
A orillas del mar Báltico, que ya toqué en Helsinki en su momento, se encuentran tres ciudades unidas por el destino y un urbanismo bastante ordenado que allí llaman Trojmiasto: de este a oeste Gdansk, Sopot y Gdynia. Están muy cerca del enclave ruso que rodea Kaliningrado, que sólo la falta de visado ha impedido visitar. Hemos cruzado el Vístula, visitado el castillo de Malbork, los astilleros de Walesa, el Gran Hotel de Sopot y bosques, calles y edificios reconstruidos de la nada que alemanes y rusos dejaron a su paso en 1945.
Hemos cogido el tren y visitado algunas iglesias; nos han mostrado sus elecciones locales y hemos visto la televisión y bebido vodka. Hemos comido pierogi y apreciado la cerveza y, sobre todo, hemos descubierto una hospitalidad muy especial y un país único.

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