viernes, 1 de junio de 2007

Norman Mailer, segunda parte

Decía que lo empecé con desgana, sin motivación alguna, muy poco interesado en las campañas electorales de Estados Unidos de mediados del siglo pasado. El esfuerzo de recordar los nombres de candidatos, cronologías y claves de la historia americana no me seducía nada. Pero perseverar rinde frutos y aun cuando buena parte de los textos sean largas y prolijas descripciones de los asistentes a una convención de partido en Estados Unidos, con la elección de los presidentes de los últimos 40 años de fondo, Mailer construye una atmósfera, un entorno, una realidad.
No es una cuestión de visualización, no es una reconstrucción minuciosa y precisa de un momento y un lugar, a la manera de las novelas anteriores a la existencia de la fotografía. Tampoco una cuestión de narrador omnisciente que posee a sus criaturas hasta en el más mínimo pensamiento. Es algo más sutil, es un aire, un clima, una burbuja de gas desplegada alrededor del lector. Es un abrazo tenue pero firme, el aire de una habitación recién ventilada que se percibe al cabo de unos segundos: no al entrar, sino al permanecer en ella y que no nos abandona cuando salimos, que nos impregna. Ojo, aire, no humo ni dedos de niebla: atmósfera.
Cada pieza, cada reportaje si usamos un término convencional, tiene su propia atmósfera y al tiempo las moléculas son las mismas, es el mismo, pero distinto. Es aburrido, sí, porque las claves y las referencias son muy coyunturales y el esfuerzo que exige para entender los matices no está al alcance de un europeo por muy leído que sea. Pero es apasionante también por el fondo. Esta obra de Mailer es como la serie de cuadros realizados por Pablo Picasso con variaciones de las Meninas de Velázquez. Reconoces a los personajes, sientes el eco de la obra original, pero la interpretación, las sugerencias son radicalmente distintas.
Es un libro profundamente político, de una política occidental, descripción cabal de las democracias burguesas del siglo XX en el mundo. Reconoces a los personajes, sientes el eco de los Estados Unidos, pero Mailer deja que interpretes el cuadro a tu manera: sólo tienes que dejarte envolver por el aire. No hay citas, no se puede señalar un pasaje o una frase, solo impresiones, huellas del conjunto, la satisfacción global que produce una buena comida o un largo paseo.
Solo después, al hacer balance de lo leído, te caes del guindo y descubres la impostura, la banalidad, el vacío de esta política superficial y también malvada, su trastienda bien iluminada para que nada pueda perderse. Mailer es el prestidigitador que se dirige al público y le muestra lo intercambiables que son las Meninas de Picasso con las de Velázquez, lo fácil que es cambiar las interpretaciones por los originales.

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