miércoles, 14 de noviembre de 2007

El olor de la India

Uno de los mejores viajes que he realizado -a finales del siglo pasado, y no por capricho sino por trabajo- fue a India.
Nota: no viajo a la Francia, asi que tampoco a la India, aunque he ido al Reino Unido y también a Estados Unidos.
Sigo.
Viajar a India es, naturalmente, una experiencia necesaria para cualquiera, y hay que tener mucho talento para ofrecer una impresión coherente de lo mucho o poco que allí se puede ver. En mi caso, soy incapaz de articular un discurso unitario sobre esa experiencia: recuerdo monumentos y momentos, personas y lugares, sensaciones físicas y hasta conversaciones.
En algún sitio estarán las pocas fotos que tomé, porque si algo define mi visión de ese país es la sensación de exceso. India me abrumó y esa es la impresión que puedo compartir. Puedo reducir ese viaje a momentos para compartirlos, pero es tan pobre la descripción que puedo hacer, son tan tópicas las palabras que no me siento capaz. Quizá, dada la naturaleza profundamente emocional de estos viajes, por las muchas lecturas y el exceso de simbolismo que ponemos en ellos, el viaje acaba por discurrir como una ensoñación lejana, atiborrado de adrenalina y emociones.
No es fácil pues, compartir semejante viaje. Por ejemplo, recuerdo, a las cuatro o cinco horas de vuelo, la impresión que me causó ver por la ventanilla el monte Ararat y la consiguiente perplejidad de mis compañeros de viaje ante mi entusiasmo por aquella montaña lejana. Era el monte Ararat, se supone que el arca de Noé está allí, etcétera, pero nadie podía entender ese entusiasmo en el que se mezclaban muchas lecturas y el hecho de sentir que, en efecto, me había convertido en el reportero que siempre había soñado ser, aunque no llevara un terrier blanco y mis pantalones no fuesen bombachos.
Viene esto a cuento para explicar un poco El olor de la India, un libro del cineasta Pier Paolo Pasolini, publicado hace diez años, adquirido entonces por curiosidad y que ahora vuelve a editarse. Pasolini viajó a India hace más de cuarenta años y como me sucedió a mí, se sintió tan abrumado por su visión que se permitió escribir sobre ella y el resultado es, a qué negarlo, pésimo como guía de viaje, espléndido para conocer por dentro los meandros del pensamiento de un director de cine tan excesivo y exagerado como el país que visitó.
Sospecho que Pasolini no entendió nada de lo que veía y se limitó a desahogarse, dejando a su paso un buen montón de tópicos occidentales aplicados a un país incomprensible desde nuestra óptica. Si no, no se explica que pudiera escribir frases como
Comen callados, como perros, pero sin reñir, con la sensatez y la dulzura de los indios.
A lo largo del libro -muy breve- se desgrana una sociología de guardarropía, una reducción casi infantil:
Los indios, dados a la abstracción y filosóficos en sus orígenes, son actualmente un pueblo práctico [...] en tanto que los chinos, prácticos y empíricos en sus orígenes, actualmente son un pueblo extremadamente ideológico y dogmático.

El libro incluye una entrevista con Alberto Moravia, compañero en India del cineasta, que explica con cierta sensatez y mejores mimbres las circunstancias del viaje. Y es Moravia -un escritor que no aprecio mucho: lo tengo por rebuscado- quien define de verdad su India y el que aclara un poco lo que pudo sentir Pasolini allí:
ambos fuimos a la India sin un programa. Es la India, en realidad, la que está programada. [...] La [posición] de Pasolini, como, por otra parte, en toda su existencia, es la de identificarse sin aceptar verdaderamente.


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