viernes, 16 de noviembre de 2007

La cortina del lenguaje

Hace poco, obligado por educación a escuchar la chapa que me estaban dando al teléfono -un ritual que se repite cada cierto tiempo y que me permite practicar lo que mi padre llamaba “proceso de borrado automático”, popularmente: por un oído me entra y por el otro me sale-, me dio por pensar en cómo nos hacen y hacemos perder el tiempo, cómo el lenguaje, originalmente una creación para el intercambio eficiente de mensajes, puede terminar por ser una cortina bastante espesa tras la que se oculta cualquier motivación.
No hablo de la sencillez o complejidad de ese lenguaje, sino de su uso final. Durante algunos años tomé por cierto que los seres humanos adoptamos diferentes personalidades según el escenario, pero ahora no estoy tan seguro. Salvo lesión cerebral, nuestra personalidad está definida y cerrada porque no depende de nosotros, no somos conscientes de ella porque forma parte del mismo paquete cerebral que ver o sentir frío: va con nuestro cerebro, es intríseco a él. No llega al nivel automático, como la presión sanguínea, pero es inevitable: no podemos dejar de pensar, de ser conscientes y de serlo de una manera determinada: personalidad, carácter.
Y es aquí donde entra el lenguaje, una facultad cerebral que sí podemos controlar hasta el más mínimo detalle. El tono, las palabras escogidas, la cadencia, la pronunciación, hasta los motivos, lo que queremos ocultar hablando, todo está bajo nuestro control más absoluto. Incluso las meteduras de pata, los descuidos y errores están controlados: en una discusión decidimos la velocidad de nuestras réplicas, pero también cuánta atención le dedicamos al otro; no cabe el “no sé qué he dicho” o “cómo he podido decirte aquello”.
Siempre lo sabemos, porque forma parte de nuestra elección consciente de lenguaje, de qué decimos, cuándo y cómo y porqué. Durante la infancia no sólo modelamos la personalidad en la medida en que los recuerdos fijan determinadas conexiones en nuestro interior mental; sino, y sobre todo, construimos lenguajes: aprendemos a mentir y respetar, a usar una cortina u otra dependiendo del interlocutor.

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