lunes, 5 de noviembre de 2007

La libertad, esa aspiración

Es tiempo de parar un momento y reflexionar, que no sólo de reseñas de lo que leo vive este blog y hace mucho tiempo que no incluyo paridas o enlaces o un poco de marcha. Lo cierto es que un blog, o mejor dicho, la posibilidad de escribir y publicar en internet cualquier texto bajo la responsabilidad de uno, pasa por diferentes fases. Es un diario público en la medida en que refleja la personalidad de cada autor y sus estados de ánimo, por lo que su desarrollo obedece también a los inmutables designios de cada personalidad.
En mi caso, sentirme libre para poder escribir de lo que me dé la gana es consustancial con la propia escritura. Bien sea para reprochar el actual silencio del peor ministro de la historia de España, bien para recomendar un extraordinario blog de fotografía. Pero en los últimos meses no me he sentido especialmente libre, tras comprobar cómo este ejercicio de nudismo intelectual que es Los pies del gato era utilizado contra mí.
Pero este fin de semana, viendo Persépolis, una película sobre la libertad y la integridad, sobre nuestra capacidad de elegir entre el mal y el bien, aunque cueste, recordé que siempre me ha gustado escribir lo que me ha dado la gana, sin importarme una higa las consecuencias.
Cuando yo tenía diez años, a la vuelta de unas vacaciones escolares de Navidad, tuve que redactar una redacción sobre lo sucedido en esos días. Mi relato, sincero e ingenuo, recogía el alivio y la satisfacción de gozar de un descanso frente a la “pesada de Geografía” (sic) y el de Ciencias, entre otras perlas. Era 1970. Era el Ramiro de Maeztu y, que yo recuerde, fue la única vez que mis padres fueron llamados por la dirección del colegio para que controlasen mi peligrosa tendencia a decir lo que pensaba.
Aunque ya no puedo recordar la charla, sí sé que ambos fueron benévolos y me transmitieron la necesidad de no escribir lo primero que se me pasase por la cabeza. Aprendí la lección, al menos en lo que a las redacciones escolares se refiere. Desde entonces soy más o menos cauto con lo que escribo, depende del medio y del momento. Pero también perdí la capacidad de ser espontáneo: puedo ser muy rápido escribiendo, pero a costa de hacerlo con una precisión muchas veces excesiva.
Cuando empecé a ganarme la vida escribiendo, esa cautela se convirtió en responsabilidad frente a mi revista y frente a sus lectores. Hoy, en internet, en este blog y en otros en los que colaboro, la responsabilidad ha vuelto a ser cautela, que adopta la forma de una elección: de esto escribo, de aquello, no.
Y estoy cansado de elegir. Quiero escribir de todo. Avisados estáis.

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