jueves, 15 de febrero de 2007

Aullido de Allen Ginsberg

Han pasado cincuenta años desde que fueran escritos a golpes, entre viaje en autobús y viaje de ácido, pero el impacto sobre la mente de los versos aullados por Allen Ginsberg sigue siendo el mismo que entonces. Ni siquiera la falta de algunas referencias, la distancia entre aquellos Estados Unidos de 1957 y el mundo de hoy suavizan algo la impresión.
Puede que alguno de los marcos, del contexto ya no sea el mismo y hasta que resulte incomprensible, pero el vigor insultante, la fuerza de cada palabra sigue intacta. Y eso que la traducción que he manejado no es la que yo hubiera preferido. No sé tanto inglés como para ser bilingüe, pero sí sé lo suficiente como para manejar una edición en las dos lenguas como la publicada por Visor. Y también sé lo suficiente como para discutir alguna palabra o alguna intención.
Los poemas de Ginsberg admiten algunas interpretaciones y matices, pero la elección de un término por otro en la traducción tiene en algunos versos un tono suavizador que no cuadra mucho con la intención original del poeta. En fin, da lo mismo, ni siquiera una mala traducción (y esta no lo es, sólo algunas frases son matizables), podría atemperar el brutal espectáculo de la vida de Ginsberg.
En Aullido los poemas son afilados de un extremo a otro, hojas de cuchillo sin mango, que te cortan apenas has puesto los ojos en ellos. No hay distancia que valga. Pensé al empezar que era una obra para lectores curtidos, pero Ginsberg desbarata cualquier defensa. Libro rápido, agotador, apto sólo para sparrings, para aguantar en el ring los golpes del campeón a quien entrenas, arrinconado contra las cuerdas, mientras piensas en cómo has acabado así.
No valen las citas. Leed y recordad. Sentid vuestros cardenales en el interior, porque no podréis verlos.

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miércoles, 14 de febrero de 2007

Por que no nos vencerán

"...vale la pena batallar, y perder, y volver a batallar, para llegar más lejos en la victoria más hermosa que es la que uno consigue en la carrera que tiene establecida consigo mismo."
Rafael Argullol, ayer.

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lunes, 5 de febrero de 2007

Cómo escuchar la música, de Aaron Copland

Autor de grandes sinfonías americanas y de muchas piezas para el cine, Aaron Copland es de los escasos músicos que dejaron una obra escrita, que publicó en 1939 y después rescató en castellano el Fondo de Cultura Económica en 1955.
Cayó en mis manos en los años oscuros, cuando descubrí que no me gustaba la música que oía, que me encontraba más identificado con otros sonidfos y armonías. Por centrarlo: cada vez me espantaba más Vivaldi y varios siglos de música con él. Y entonces, Copland llegó en mi rescate: "Cuanto más les recuerde la música un tren, una tempestad, un entierro o cualquier otro concepto familiar, más expresiva les parecerá. Esa idea vulgar de lo que quiere decir la música -estimulada y sostenida por la usual actitud del comentarista musical- habrá que reprimirla cuando y donde quiera que se encuentre."
Menos mal, no era yo solo el único que encontraba ramplón y repetitivo que la música reproduzca los sonidos de la naturaleza. No estaba solo en la defensa de la música de nuestro siglo, de nuestro tiempo, con los errores y aciertos que tenga: "Nuestros públicos han llegado a identificar el romanticismo musical del siglo XIX con el propio arte de la música." y "No sentir la necesidad de participar en la expresión musical de la propia época es cerrarse a una de las experiencias más emocionantes que puede darnos el arte de la música."
El libro no es un recorrido histórico a lo largo de compositores y autores, sino algo más sutil e interesante: una visión desde dentro de la música, de su propia estructura, de su fundamento y razones. Cabe que sea simple para los músicos o los profesionales, pero es de lectura obligada para los aficionados, precisamente para cumplir la sugerencia del americano: "La música sólo puede estar viva realmente si hay auditores que estén realmente vivos. Escuchar atentamente, escuchar conscientemente, escuchar con toda nuestra inteligencia es lo menos que podemos hacer en apoyo de un arte que es una de las glorias de la humanidad."
Asi que, más serialismo y dodecafonismo y menos romanticismo. Y música electroacústica for ever.

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jueves, 1 de febrero de 2007

Lo sabíamos

Ha hecho falta un motín para que la Consejería de Transportes reaccione ante los problemas de la línea 6 del Metro. Da igual. Los viajeros sabemos desde hace tiempo que eso iba a ocurrir. Los problemas de esta línea ya son estructurales y no se van a resolver por más empujadores que haya, o porque aumente la frecuencia de paso entre convoyes, o se ganen unos centímetros de espacio útil en los coches aprovechando el espacio entre ellos. La línea 6 ha alcanzado su punto de saturación por la falta de planificación, las decisiones tomadas por interés electoral y la ausencia de un plan a medio y largo plazo de desarrollo racional. El Metro de Madrid es una red, una malla que necesita las estaciones de transbordo para facilitar el flujo de viajeros entre zonas y no sólo un canal de transporte de norte a sur. El papel que juega la línea circular es crucial para articular ese flujo y se ha quedado pequeña. Las sucesivas ampliaciones no dejan de recorrer ejes transversales, cuya primera conexión entre sí sólo se realiza a través de la línea 6. El resultado: la saturación que estamos viviendo. Si a eso se añade la escasa inversión en material rodante y en mantenimiento, lo excepcional es que la línea 6 siga funcionando, mérito sin duda del personal de Metro. La única solución a medio plazo es la construcción de un segundo anillo más exterior, por tramos, que conecte las líneas transversales y permita a los viajeros desplazarse también de este a oeste, descongestionando la línea 6. Pero eso no luce en las campañas electorales.
Publicado originalmente en El País del 28 de enero de 2007

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