viernes, 27 de abril de 2007

Ko Un

Hace unas semanas, la osita y yo asistimos por una rara casualidad a un intercambio de poemas entre el poeta coreano Ko Un y el español Antonio Colinas, a cuenta de la presencia en Arco de Corea del Sur como país invitado. Lo pasamos bomba, claro. Ko Un se cepilló una botella de rioja y consiguió, sin entender una sola palabra de coreano, conmovernos, hacernos reír y seguir atentos cada verso.
Buena parte del mérito lo tuvo la traductora de coreano, que también disfrutó de lo lindo. En la mesa, el contraste era impagable. En un extremo, Clara Janés, vestida de poeta y con una sonrisa perpetua y plácida en la cara. A su lado, el inquieto y transgresor coreano; a continuación, un circunspecto Colinas, convertido durante toda la velada en poeta oficial. Y entre el público, enterados como nosotros, autoridades coreanas bastante perplejas y otros personajes curiosos.
Ko Un fue un descubrimiento, aprehendido después con un par de libros, uno de ellos dedicado, a pesar de nuestra alergia al fetichismo. Poesía oriental del momento, de lo que pasa en una aldea, de lo que ven los ojos, sin trascendencias ni vocación de eternidad. Sólo la mirada. De su libro 20.000 vidas, me quedé con estos versos, quizá porque se cumplía por esas fechas el cambio de apellidos de mis hijas.
¡Hijos!...
Sed independientes de vuestros propios padres.
Sed independientes de los apellidos de vuestros padres,
Cread vosotros vuestros propios nombres.

Technorati:

Moby Dick

A partir de cierta edad, lo normal es releer, buscar el placer de lo conocido, de saborear textos que ya fueron significativos y volver a disfrutarlos. Pero ni estoy en esa edad, ni es este el caso.
Hace unas semanas, si me hubiesen preguntado si había leído Moby Dick, hubiese respondido que sí. Mentira. Había leído aligeradas versiones de una novela extraordinaria, monumental y enciclopédica sobre el mar y las ballenas. No hablaré de su argumento, de sobra conocido, ni de su comienzo, escrito para ser eterna lección de taller literario: "Pueden ustedes llamarme Ismael."
En lo científico es un disparate, por supuesto, aunque se disfruta la ingenuidad de los conocimientos que se tenían en el XIX sobre la vida marina. En lo literario, la novela es un inmenso ejercicio de psicología e introspección. Es un ejemplo de ritmo y ejecución, un modelo de lo que es una narración. Solo por la intensidad de su final, por como va subiendo el tono hasta que no queda más que el mar, vale la pena.
Leyendo a Melville, como a Hugo, Mann o Baroja, se comprende porqué el género por excelencia de la prosa está muerto, porqué Joyce, Cortázar o Bernhard escriben otro género. Porqué, en fin, resulta tan difícil elevarse sobre sus hombros y ver un poco más lejos: desde la cofa del mayor, atentos a la más pequeña espuma.
"Después, todo se desplomó y el gran sudario del mar volvió a extenderse como desde hacía cinco mil años."

Technorati:

miércoles, 25 de abril de 2007

Genealogía del racismo

Esta reseña está dedicada a la memoria de Jacinto Pérez Iriarte, con el dolor de no haber podido aprender más a su lado.
La noticia de hace unas semanas de la pretensión gubernamental de congelar el pescado fue un peldaño más en la escalera que nos conduce a una higienización total de la sociedad, a un discurso racista que emana de una concepción clásica del Estado, establecida desde el siglo XVIII en adelante.
Lentamente se está produciendo una medicalización total de la sociedad en Occidente, con la excusa de velar por nuestra salud. Pero esa preocupación sanitaria encubre un aumento sustancial en el control que el Estado ejerce sobre la sociedad. No hablamos de un deseo legítimo de aumentar el bienestar de los ciudadanos sino de incrementar el poder sobre ellos.
Leyendo la Genealogía del racismo de Michel Foucault, este cuadro de autoridades solícitas y ciudadanos felices desvela los trazos gruesos del poder, o como diría Foucault, de los poderes entrelazados por un discurso común. En este caso por la separación, más bien segregación, de unos individuos estigmatizados por sus costumbres -comedores de pescado crudo, fumadores...- del cuerpo general de una sociedad "sana".
No es una exageración. Es un discurso aplicado por la política que lleva instalado desde el XVIII, primero con los locos y mendigos, después con homosexuales, mujeres... Todo lo que sea diferente tiene que ser controlado.
"La historia es por cierto el discurso del poder y de los deberes a través de los cuales el poder somete, pero es también el discurso del esplendor a través del cual el poder fascina, aterroriza, inmoviliza."
Y lo hace a través de mecanismos sutiles, pero también muy burdos. Foucault desvela en este texto -que es un resumen escrito de uno de sus cursos de la Sorbona- cómo la guerra no es la continuación de la política por otros medios que nos vendió Clausewitz (a ver si encuentro una edición barata y lo leo); antes bien, es la política la que continúa la guerra por otros medios. Algo que ya insinuaba Ferlosio a propósito de los ejércitos y de su alejamiento de los ciudadanos en las sociedades modernas y sobre lo que habré de volver.
Para la reflexión: "El poder no se aplica a los individuos, sino que transita a través de los individuos." Por ejemplo, con las campañas que apelan a nuestra responsabilidad a la hora de conducir un coche.

Technorati:

lunes, 2 de abril de 2007

Pecios de religión

No es una errata. Los pecios son los restos de los naufragios que arriban a las costas. Dos noticias me llaman la atención.
Una, el uso del gps para saber en todo momento dónde se encuentran las procesiones que salen por estas fechas en Málaga. Por fin alguien desde el cielo sigue al milímetro, con precisión e interés, el discurrir de estas manifestaciones de público fervor.
Otra, el cierre de la parroquia de San Carlos Borromeo en Entrevías. ¡Ah! El dulce empeño de la jerarquía católica por alejarse de su propio mensaje.

Technorati: