jueves, 31 de mayo de 2007

La banalidad del mal y Norman Mailer

Fue Hanna Arendt quien inventó este feliz concepto: la maldad no es una categoría especial, no es trascendente, los malvados, las personas con mala intención no tienen nada de especial, en muchos casos ni siquiera son conscientes de esa maldad, las más de las veces apoyan su valoración de los actos de maldad en las órdenes recibidas, la necesidad, el bien de los hijos…
Del nazismo hasta el acoso laboral, todas las conductas socialmente etiquetadas como malvadas producen, contempladas bajo la luz desnuda del estudio, perplejidad. Pero también se revelan absolutamente simples, vulgares. No hay grandeza alguna en el mal. Desaparece la empatía, sustituida por el otro, por el aislamiento del otro, convertido en algo ajeno y no humano en el sentido de su propia percepción. No existes, no eres como yo, no eres humano, vienen a decir para justificar su propia separación del género humano y su adopción de conductas –para los demás- no humanas.
Desde fuera, sólo podemos atisbar el infierno interior que estas personas recorren, sin darse cuenta, alterada su percepción de la normalidad, su interpretación de sus propios actos. Así, tras aplicar la picana a un detenido o ajustar la cifra de ejecuciones en una cámara de gas con el consumo del veneno empleado, pueden volver a casa sin que encuentren nada reprochable en su jornada laboral. Es el ejemplo extremo, la causa de la aterradora investigación que esta mujer llevó a cabo para entender el Holocausto. Pero se pueden aplicar a las maldades cotidianas: al despido de cien personas, a la mentira interesada para obtener el mayor beneficio.
Han pasado 50 años y hoy sabemos cómo todas esas conductas humanas desprovistas de empatía –a fin de cuentas, junto al lenguaje, el rasgo que nos hace humanos-, tienen el mismo componente de banalidad, de vulgaridad idiota, casi patética sino fuese por el dolor que muchas veces provocan y que deja un rastro escocido en nuestro interior. Lo he sentido cada vez que me caigo de un guindo: al ver las mentiras de un periódico, la actitud de un colega de trabajo, o el silencio de algún compañero de viaje al que te encuentras, meses después de vaciarse el compartimento, en un vestíbulo.
Es en ese momento cuando, como diría Ferlosio, me ahoga el ¿con que ésas tenemos? ¿Con que es ésa tu actitud? en la garganta. Y siento, baja la testud y la mirada turbia, el deseo de embestir, gloria de la dehesa, o de pegar un zarpazo, rey de la sabana. Hay una explosión interior, un fogonazo que traza sobre las neuronas un rastro químico tan indeleble como único. Después, fuese y no hubo nada. La etiqueta: guindo número tal.
Pensaba en ello a medida que profundizaba en la América de Norman Mailer, obra que recoge buena parte de los mejores trabajos periodísticos de este autor, creador también de un nuevo periodismo y uno de los grandes popes de la cultura estadounidense.
Mañana más.

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martes, 29 de mayo de 2007

La casa de Bernarda Alba

Ayer estuvimos viendo una más que aceptable versión de La casa de Bernarda Alba en el Teatro Alcázar. Escenografía y vestuario clásicos, montaje sobrio y conservador, lo que hizo las delicias de la osita, a quien gusta más la apariencia de realidad, mientras que a mí me va más lo conceptual, el tipo fura o bieito.
El texto de Federico García Lorca ha envejecido un poco, pero conserva la fuerza suficiente como para que su fondo sea universal: la tiranía, la fuerza de la pasión, la frustración y el dolor de los sueños nunca cumplidos.
Gran trabajo de Margarita Lozano, imponente en todos los sentidos, detrás y delante de la escena como una Bernarda sin excesos de furia, pero implacable en los juicios y las ideas. A su lado, una Porcia con hechuras de criada del franquismo televisivo y mucho tic de personaje que ha encontrado el registro de su vida y no va a dejarlo: María Galiana -injustamente más aplaudida por su popularidad que por su actuación- disfruta con un papel a su medida y que no le exige más esfuerzo que el de cargar con alguna silla, mover una mesa y dar las réplicas con seguridad.
Del resto de las actrices, la normalidad de lo que cabe esperar a estas alturas de las leyes de educación de los últimos 30 años: graves problemas de dicción y volúmenes vocales exagerados. A cuenta de la dirección va algún movimiento sobre el escenario aprendido y no interiorizado y no pocos gestos un tanto ampulosos y no corregidos. Me gustó Ruth Gabriel (y no sólo por ser morena con el pelo recogido) como Magdalena y también Aurora Sánchez (Angustias), eficaces Concha Hidalgo (María Josefa)y Mónica Cano (la criada) y un poco exageradas Nuria Gallardo como Martirio y Candela Fernández, sobre todo esta última en su papel de Adela. Y casi imperceptible la Prudencia de Saturna Barrio.

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viernes, 25 de mayo de 2007

Poemas de Fonollosa

Qué descubrimiento tan interesante ha resultado ser José María Fonollosa, muerto hace quince años, y un personaje transgresor, lúcido y divertido. Su poemario Ciudad del hombre: Nueva York, con prólogo de Gimferrer me ha encantado. Fonollosa da la impresión de no cortarse ni un pelo, con una ironía lúcida y un humor subterráneo que recorre la mayor parte de sus trabajos. Hay poemas feministas y machistas, divertidos y muy serios. Pero la mayoría son para reflexionar, más allá de la bondad de unas metáforas o de un excelente uso del lenguaje, sobre la condición humana, sobre nosotros y nuestro mundo del siglo XX. Por ejemplo:
"Podemos elegir entre estar juntos
y hacernos mutuamente desgraciados.
O separarnos ahora y ser también
cada uno por su lado desgraciados."
O este otro:
Tener hijos es cosa de mediocres,
Ineptos sensualmente, analfabetos
Sexuales o de gente irresponsable
Hay versos extraordinarios, que son como pequeños aforismos y una auténtica declaración de intenciones: "Las mujeres que quiero van con otros." Y, sobre todo:
"...La familia
es la mano que aguanta la cabeza
para que permanezca bajo el agua."

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miércoles, 23 de mayo de 2007

Gracias Tintín

Bélgica está volcada con Hergé al cumplirse el primer centenario de su nacimiento. Ahora Steven Spielberg y Peter Jackson planean una trilogía sobre su creación más singular: Tintín.
Pero somos muchos los que no necesitamos un número redondo para acordarnos de él. La mía es la última generación de periodistas que lo somos gracias a sus aventuras, a su ingenuidad, a sus viajes y a sus compañeros. Somos herederos de un mundo casi sin matices, maniqueo y sencillo, a veces racista, conservador del centro, lector de periódicos y, sobre todo, testigos de lo que nos rodea.
Hoy sé que el mundo no es el de Hergé, pero lo sé porque me empeñé en seguir los pasos de su ilustre criatura. Y cada vez que he llegado a un rincón perdido del mundo, desde Macchu Picchu a Nueva Delhi; cada vez que veo cuando voy a Bretaña las señales que conducen a Le Havre, sé que voy tras él.
Gracias, colega.

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Pero mira que me gustan los abrazos

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Antonio Gamoneda

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jueves, 10 de mayo de 2007

Ay, la educación

En vez de ir a un concepto de la educación como reconstrucción de lo autoritario, hay que ir en dirección contraria: hacia el apasionamiento y la alegría.
René Schérer, en El País.

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miércoles, 9 de mayo de 2007

Una estación perdida y un mapa nuevo

Ya tengo una copia del mapa del Metro sin la estación de Simancas. La guardaré para el futuro como curiosidad.
En cuanto al nuevo mapa, me gusta en líneas generales, aunque haya unas pequeñas matizaciones de tipografía, colores, etcétera. No soy muy neutral porque conozco a Rafael Sañudo, colaborador durante una temporada como humorista gráfico e ilustrador de El Semanal.
Era muy amigo de Fernando Rayón, subdirector de la revista entonces, y tenía un estilo muy personal. Del nuevo mapa hay un análisis fantástico aquí. Sólo añadiré, porque estoy plenamente de acuerdo con ellos, que me gusta mucho cómo han solucionado los cambios de zona entre diferentes tarifas y la inclusión de las líneas de tranvía. Por otra parte, en el antiguo mapa las nuevas líneas no caben literalmente en pequeñas guías con un mínimo de legibilidad.
Por mucho que se quejen los viajeros, un plano de metro no es una guía geográfica de la ciudad, sino un esquema que se superpone al callejero.

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Mis amigos finlandeses

La imagen de la derecha corresponde a una conferencia celebrada hace poco en el Instituto Iberoamericano de Finlandia. ¿No es increíble? Hace años que me envían con puntualidad noticia de sus actividades. Muchas veces son exposiciones de artistas que se desplazan desde Helsinki para mostrar sus trabajos. Otras veces son conferencias sobre asuntos tan extraordinarios como en este caso. Nunca defraudan y me consta el éxito, aunque sea modesto en número, de sus convocatorias.
En un par de ocasiones he estado en recepciones con cóctel del embajador de Finlandia en España, aunque no había ferrero-roché; y una vez hasta me invitaron a comer.
Visité Helsinki hace tiempo y es una de las ciudades europeas más atractivas que conozco y sus habitantes son tan hospitalarios como exóticos para un mediterráneo.
Me gusta pensar en ellos como amigos lejanos, encantadores.

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martes, 8 de mayo de 2007

Qué pasa con la iglesia de Vallecas

Preocupado por la grey como es mi costumbre, he dado con estas hermosas (y cristianas) instrucciones redactadas por el IV Concilio de Letrán (1215), que pueden aprovechar en su defensa los sacerdotes de la parroquia vallecana amenazada por el cierre episcopal por su particular liturgia:
“Puesto que, en numerosas regiones, en el interior de una misma ciudad y de una misma diócesis están mezclados pueblos de lenguas diferentes que tienen la misma fe, pero hábitos y ritos diversos, recomendamos sobre todo que los obispos de esas diócesis y ciudades escojan hombres capaces que celebren, para esas gentes, los oficios divinos y administren los sacramentos según la diversidad de los ritos y las lenguas, instruyéndoles con la palabra y el ejemplo.”
Lástima que luego el Concilio de Trento mandó apagar.

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domingo, 6 de mayo de 2007

Charlando con Goethe

El escritor alemán Goethe es uno de esos nombres que vagan por nuestras mentes adolescentes durante algunos cursos. Después, la universidad –o la vida- se encarga de borrar cuidadosamente cualquier rastro de conocimiento que haya quedado de él, y al final, lo normal es que se quede como una referencia sin más de la literatura alemana. También hay a quién le suena, quién lo ha leído y quién lo cita.
Conversaciones con Goethe, de J. P. Eckerman, multiplica los tres conceptos: está escrito por un contemporáneo del poeta, que fue cobijado por éste bajo su capa, dirigido en su carrera por él y acogido como un hijo. Editadas por Acantilado (si alguien quiere ser editor, que aprenda de Jaume Vallcorba), estas conversaciones son una pequeña delicia y permiten echar una mirada sobre una época y un lugar tan ajenos a nosotros como si de otro planeta se tratase.
Es la vida acomodada y placentera de uno de los últimos ejemplares del pensador clásico, que no hace ascos a la ciencia, a la literatura, a la política, la arquitectura, la gestión de un teatro, el arte, la poesía. A través de Eckerman, vemos cuántos palos tocó Goethe, qué intereses tenía, con qué se emocionaba y cómo intentaba casi hasta el último de sus días comprender el mundo.
Claro que lo hacía desde posiciones ideológicas muy estrictas y con un prejuicio fundamental: abominaba de la especialización y de la deriva que, a su juicio, padecía el mundo hacia las matemáticas y la abstracción. No concebía que el saber pudiera no estar relacionado con la experiencia humana y eso se refleja en su querella permanente contra Newton a cuenta de su propia y errónea Teoría de los Colores.
A pesar de las pruebas y de que durante más de un siglo el inglés había conseguido imponer sus razonamientos en la Geometría y la Óptica, Goethe estaba empecinado en el carácter intrínseco de los colores, despreciando cualquier posibilidad de que la luz y la refracción sean la causa. No obstante, y según los editores, en materia estética su Teoría de los Colores sigue siendo de referencia.
El libro se completa con un excelente índice de personajes mencionados en el texto, acompañados de una breve biografía, y también de las obras literarias de las que conversaron ambos.

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miércoles, 2 de mayo de 2007

Un río de conocimiento

Richard Dawkins, como lo fue Stephen Jay Gould, es uno de esos gigantes del pensamiento que enorgullecen a la Humanidad, sobre todo porque se empeña en defender la ciencia en Estados Unidos en contra de la habitual corriente del pensamiento centrado en la existencia de dioses y eso. A diferencia de Gould, Dawkins no interviene en debates sobre evolución, para no dar crédito alguno a las tonterías creacionistas.
Autor de El gen egoísta, que no he leído, su último libro –El espejismo de dios, que leeré- es objeto de feroces críticas fundamentalistas o como dice el proverbio árabe: ladran, luego cabalgamos.
Por casa andaba El río fuera del edén, un texto con más de diez años bastante interesante. Estructurado en cinco capítulos, la idea central es ayudar a comprender cómo funciona en la naturaleza el adn para hacer evolucionar a los organismos. Es serio y riguroso y aprovecha cualquier resquicio para descalificar tanto el relativismo como la utilización de creencias pretendidamente científicas y que sólo son ideológicas.
Haciendo gala de una inteligente ironía, Dawkins encabeza el texto con los versículos del libro bíblico del Génesis: Y salía del Edén un río / para regar el jardín (2, 10) para desarrollar a continuación que, en efecto, del edén original, nacía un río digital con apenas las cuatro bases que constituyen el adn; y que el tiempo lo ha modelado cada vez más ancho y complejo.
Un índice utílisimo y una buena bibliografía completan el texto, que se cierra con los versos dedicados por Wordsworth a Newton: "Voyaging through strange seas of Thought, alone." Viajando por extraños mares de pensamiento, en soledad.

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