miércoles, 21 de noviembre de 2007

Florilegio de enlaces


Llevo mucho post espeso y trascendente, asi que vamos a darle un poco de marcha al ratón con las siguientes curiosidades, leídas en muchos sitios y convenientemente probadas, para deleite de navegantes curiosos. Como por ejemplo, esta imagen de mi mismidad "simpsonizada". ¿A que mola? Pues nada, coged una foto y en esta generosa factoría podéis transformaros en el personaje de Matt Groening que queráis. ¡Y sin esperar a ser famosos!

¿En cuántos metros has estado? Pues aqui te lo dicen, te montan una barra de logotipos y te permiten generar tu propio código para subirlo al blog, a la web o a donde quieras.

La familia, esa institución. ¿Te haces un lío con tanto pariente? ¿Tienes problemas para explicar el quién es quién de toda familia que se precie? Pues la solución está en este árbol genealógico totalmente configurable y que puedes compartir.

Y, para terminar, un par de enlaces más serios y, digamos, divinos:
Para aprender de religiones y su largo camino por la historia, este espléndido e interactivo mapa.
Y todo lo que siempre quisiste saber para borrarte de la Iglesia y poder apostatar puedes encontrarlo aqui. ¡Que me borren pero ya!

Technorati:

lunes, 19 de noviembre de 2007

Gracias, Arturo

Arturo ha sabido siempre que yo no soy lector suyo, aunque jamás me he perdido uno solo de sus artículos. También sabe que no he alardeado de ello, y que me pesa apreciar solamente su talento en las distancias cortas, en los cachitos y los húsares. Nunca le ha importado. En algún rincón tengo mi ejemplar dedicado de su territorio comanche, que he comprendido pasado el tiempo y ahora suscribo en su totalidad.
Fueron doce años de cierta complicidad, hecha de paisajes syldavos y geografías de Melville y de Stevenson, de disquetes con temibles ficheros de wordperfect que se negaban a abrirse con el mac, de cursivas, comas y algún sumario mal elegido.
Ayer, el colorín que distribuye ABC y otros diarios, la que fue la revista de mayor tirada en lengua castellana del mundo, con permiso del Reader's Digest, celebraba sus veinte años de historia y Arturo Pérez-Reverte lo celebraba acordándose de la infantería, acordándose de mí.
Asi que, gracias Arturo, por la parte que me toca, y un abrazo sincero. Nos veremos en Moulinsart, con un Loch Lomond en la mano. O en el Danieli de Venecia, cualquier Nochevieja de éstas.

Technorati:

viernes, 16 de noviembre de 2007

La cortina del lenguaje

Hace poco, obligado por educación a escuchar la chapa que me estaban dando al teléfono -un ritual que se repite cada cierto tiempo y que me permite practicar lo que mi padre llamaba “proceso de borrado automático”, popularmente: por un oído me entra y por el otro me sale-, me dio por pensar en cómo nos hacen y hacemos perder el tiempo, cómo el lenguaje, originalmente una creación para el intercambio eficiente de mensajes, puede terminar por ser una cortina bastante espesa tras la que se oculta cualquier motivación.
No hablo de la sencillez o complejidad de ese lenguaje, sino de su uso final. Durante algunos años tomé por cierto que los seres humanos adoptamos diferentes personalidades según el escenario, pero ahora no estoy tan seguro. Salvo lesión cerebral, nuestra personalidad está definida y cerrada porque no depende de nosotros, no somos conscientes de ella porque forma parte del mismo paquete cerebral que ver o sentir frío: va con nuestro cerebro, es intríseco a él. No llega al nivel automático, como la presión sanguínea, pero es inevitable: no podemos dejar de pensar, de ser conscientes y de serlo de una manera determinada: personalidad, carácter.
Y es aquí donde entra el lenguaje, una facultad cerebral que sí podemos controlar hasta el más mínimo detalle. El tono, las palabras escogidas, la cadencia, la pronunciación, hasta los motivos, lo que queremos ocultar hablando, todo está bajo nuestro control más absoluto. Incluso las meteduras de pata, los descuidos y errores están controlados: en una discusión decidimos la velocidad de nuestras réplicas, pero también cuánta atención le dedicamos al otro; no cabe el “no sé qué he dicho” o “cómo he podido decirte aquello”.
Siempre lo sabemos, porque forma parte de nuestra elección consciente de lenguaje, de qué decimos, cuándo y cómo y porqué. Durante la infancia no sólo modelamos la personalidad en la medida en que los recuerdos fijan determinadas conexiones en nuestro interior mental; sino, y sobre todo, construimos lenguajes: aprendemos a mentir y respetar, a usar una cortina u otra dependiendo del interlocutor.

Technorati:

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El olor de la India

Uno de los mejores viajes que he realizado -a finales del siglo pasado, y no por capricho sino por trabajo- fue a India.
Nota: no viajo a la Francia, asi que tampoco a la India, aunque he ido al Reino Unido y también a Estados Unidos.
Sigo.
Viajar a India es, naturalmente, una experiencia necesaria para cualquiera, y hay que tener mucho talento para ofrecer una impresión coherente de lo mucho o poco que allí se puede ver. En mi caso, soy incapaz de articular un discurso unitario sobre esa experiencia: recuerdo monumentos y momentos, personas y lugares, sensaciones físicas y hasta conversaciones.
En algún sitio estarán las pocas fotos que tomé, porque si algo define mi visión de ese país es la sensación de exceso. India me abrumó y esa es la impresión que puedo compartir. Puedo reducir ese viaje a momentos para compartirlos, pero es tan pobre la descripción que puedo hacer, son tan tópicas las palabras que no me siento capaz. Quizá, dada la naturaleza profundamente emocional de estos viajes, por las muchas lecturas y el exceso de simbolismo que ponemos en ellos, el viaje acaba por discurrir como una ensoñación lejana, atiborrado de adrenalina y emociones.
No es fácil pues, compartir semejante viaje. Por ejemplo, recuerdo, a las cuatro o cinco horas de vuelo, la impresión que me causó ver por la ventanilla el monte Ararat y la consiguiente perplejidad de mis compañeros de viaje ante mi entusiasmo por aquella montaña lejana. Era el monte Ararat, se supone que el arca de Noé está allí, etcétera, pero nadie podía entender ese entusiasmo en el que se mezclaban muchas lecturas y el hecho de sentir que, en efecto, me había convertido en el reportero que siempre había soñado ser, aunque no llevara un terrier blanco y mis pantalones no fuesen bombachos.
Viene esto a cuento para explicar un poco El olor de la India, un libro del cineasta Pier Paolo Pasolini, publicado hace diez años, adquirido entonces por curiosidad y que ahora vuelve a editarse. Pasolini viajó a India hace más de cuarenta años y como me sucedió a mí, se sintió tan abrumado por su visión que se permitió escribir sobre ella y el resultado es, a qué negarlo, pésimo como guía de viaje, espléndido para conocer por dentro los meandros del pensamiento de un director de cine tan excesivo y exagerado como el país que visitó.
Sospecho que Pasolini no entendió nada de lo que veía y se limitó a desahogarse, dejando a su paso un buen montón de tópicos occidentales aplicados a un país incomprensible desde nuestra óptica. Si no, no se explica que pudiera escribir frases como
Comen callados, como perros, pero sin reñir, con la sensatez y la dulzura de los indios.
A lo largo del libro -muy breve- se desgrana una sociología de guardarropía, una reducción casi infantil:
Los indios, dados a la abstracción y filosóficos en sus orígenes, son actualmente un pueblo práctico [...] en tanto que los chinos, prácticos y empíricos en sus orígenes, actualmente son un pueblo extremadamente ideológico y dogmático.

El libro incluye una entrevista con Alberto Moravia, compañero en India del cineasta, que explica con cierta sensatez y mejores mimbres las circunstancias del viaje. Y es Moravia -un escritor que no aprecio mucho: lo tengo por rebuscado- quien define de verdad su India y el que aclara un poco lo que pudo sentir Pasolini allí:
ambos fuimos a la India sin un programa. Es la India, en realidad, la que está programada. [...] La [posición] de Pasolini, como, por otra parte, en toda su existencia, es la de identificarse sin aceptar verdaderamente.


Technorati:

viernes, 9 de noviembre de 2007

La invención de Morel

Estoy literario en los últimos días. Tras la lectura de estos libros de Fuentetaja, me entró la curiosidad por esta invención de Morel, muy celebrada por su autor y por su amigo Borges. La invención de Morel es un cuento largo bastante interesante y un buen modelo de literatura clásica de argumento. Me ha recordado el mejor y más inquietante relato de Poe, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, que leí en una edición de Losada hace muchos años y siempre he considerado como el paradigma de la lectura desasosegante para el lector.
La invención te atrapa desde el primer minuto y llega a ser por momentos apasionante, pero como le sucede a Poe, exige un esfuerzo de abstracción del lector actual, obligado a dejar por el camino el conocimiento del mundo actual y de la ciencia. El problema de estos relatos es que son profundamente coyunturales en sus referencias y el lector moderno acaba por impacientarse un poco ante la ignorancia que los protagonistas muestran frente a los acontecimientos. Es decir, en muchas ocasiones, la explicación de lo que le está pasando al protagonista ya ha sido inferida por el lector, con lo que el efecto sorpresa se diluye un poco y solo cabe disfrutar de las peripecias y de la calidad de la narración, dejando de lado la previsible conclusión y consiguientes explicaciones.
No digo que sea un demérito. Si los grandes relatos de un Wells o de Bradbury están empezando a envejecer porque nuestra comprensión del mundo ha crecido exponencialmente, la literatura anterior ha envejecido ya y su efecto más pirotécnico, podríamos decir, se desdibuja. No obstante, es una lectura satisfactoria, que plantea preguntas universales y abunda en un tema universal y siempre gratificante: cómo conseguir consuelo ante un amor no correspondido.

Technorati:

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Periodismo español

"La dignidad de los afectados y la memoria de las víctimas no han sido merecedoras del tratamiento dado en algunos medios de comunicación por personas que, a lo mejor, en su momento, pudieron aprobar la carrera de periodismo, pero que no tienen la altura y grandeza de una profesión tan importante en una sociedad democrática como la nuestra."
Olga Sánchez, hoy en El País.
Es la fiscal del juicio por los atentados del 11 de marzo de 2003. Su valentía, ahora y en estos tres años, este diagnóstico certero de la clase de individuos que merodean por el periodismo español y su labor en la investigación del atentado, la incorporan a mi galería de héroes, como los bomberos de Chernobil o el agente Calipari.

martes, 6 de noviembre de 2007

Por qué leer es como respirar

Leer "Es la posibilidad de dialogar con el pasado, y por lo tanto de enriquecernos en ese monólogo a veces vacío que llevamos con nosotros mismos... Es de los grandes regalos de la humanidad: dialogar con otros seres que ya no son de nuestro tiempo. Ese diálogo lo tenemos gracias al surco de la escritura".
Emilio Lledó, aquí hace unas semanas.
Technorati:

lunes, 5 de noviembre de 2007

La libertad, esa aspiración

Es tiempo de parar un momento y reflexionar, que no sólo de reseñas de lo que leo vive este blog y hace mucho tiempo que no incluyo paridas o enlaces o un poco de marcha. Lo cierto es que un blog, o mejor dicho, la posibilidad de escribir y publicar en internet cualquier texto bajo la responsabilidad de uno, pasa por diferentes fases. Es un diario público en la medida en que refleja la personalidad de cada autor y sus estados de ánimo, por lo que su desarrollo obedece también a los inmutables designios de cada personalidad.
En mi caso, sentirme libre para poder escribir de lo que me dé la gana es consustancial con la propia escritura. Bien sea para reprochar el actual silencio del peor ministro de la historia de España, bien para recomendar un extraordinario blog de fotografía. Pero en los últimos meses no me he sentido especialmente libre, tras comprobar cómo este ejercicio de nudismo intelectual que es Los pies del gato era utilizado contra mí.
Pero este fin de semana, viendo Persépolis, una película sobre la libertad y la integridad, sobre nuestra capacidad de elegir entre el mal y el bien, aunque cueste, recordé que siempre me ha gustado escribir lo que me ha dado la gana, sin importarme una higa las consecuencias.
Cuando yo tenía diez años, a la vuelta de unas vacaciones escolares de Navidad, tuve que redactar una redacción sobre lo sucedido en esos días. Mi relato, sincero e ingenuo, recogía el alivio y la satisfacción de gozar de un descanso frente a la “pesada de Geografía” (sic) y el de Ciencias, entre otras perlas. Era 1970. Era el Ramiro de Maeztu y, que yo recuerde, fue la única vez que mis padres fueron llamados por la dirección del colegio para que controlasen mi peligrosa tendencia a decir lo que pensaba.
Aunque ya no puedo recordar la charla, sí sé que ambos fueron benévolos y me transmitieron la necesidad de no escribir lo primero que se me pasase por la cabeza. Aprendí la lección, al menos en lo que a las redacciones escolares se refiere. Desde entonces soy más o menos cauto con lo que escribo, depende del medio y del momento. Pero también perdí la capacidad de ser espontáneo: puedo ser muy rápido escribiendo, pero a costa de hacerlo con una precisión muchas veces excesiva.
Cuando empecé a ganarme la vida escribiendo, esa cautela se convirtió en responsabilidad frente a mi revista y frente a sus lectores. Hoy, en internet, en este blog y en otros en los que colaboro, la responsabilidad ha vuelto a ser cautela, que adopta la forma de una elección: de esto escribo, de aquello, no.
Y estoy cansado de elegir. Quiero escribir de todo. Avisados estáis.

Technorati: