lunes, 15 de septiembre de 2008

13,99 de Frédéric Beigbeder

La limpieza anual de la biblioteca es como un paseo por la playa después de la tormenta, aunque más cansado. De las estanterías salen libros que han perdido su sentido original, la razón de su presencia. En la playa son trozos informes de vidrio que fueron botellas y pedazos de madera irreconocibles. En los estantes son novelas que tuvieron un gran impacto entre los lectores y los suplementos literarios, o ensayos cuidadosamente coyunturales. Ahora los veo de otra manera.
Reconozco su esencia, recuerdo la polémica o su oportunidad. Y dejo que se asienten en primera línea, en busca de la oportunidad que no tuvieron.
Algunos pasarán por aquí, como este 13,99 de Frédéric Beigbeder, una novela de tamaño razonable y ágil que causó un notable revuelo cuando apareció, siete u ocho años atrás. Se trata de uno de esos libros que sirven como coartada personal para caerse del guindo ante ciertas características del mundo que nos rodea. Es decir, es una novela que narra los entresijos de uno de los pilares de la economía y la sociedad occidental, en este caso la publicidad.
Y así, Beigbeder –creativo publicitario antes que escritor-, de una forma un poco atropellada y con un tono de rebuscada crudeza relata los pensamientos y las vivencias de un alto ejecutivo de la primera agencia publicitaria de Francia. Hay mucho pensamiento –buena parte del texto se compone de citas- y poca acción, más allá de unas cuántas anécdotas en torno a las reuniones, un rodaje publicitario y un final disparatado y poco creíble, más abrupto que sorprendente.
Los personajes están dibujados de forma tan ligera que no llegan ni a arquetipos y da la impresión de que sus valores literarios se encuentran más en lo que no cuenta –todos los nombres son supuestos, pero probablemente reconocibles- que en lo que efectivamente plasma.

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