miércoles, 30 de abril de 2008

Los hijos del zar

La confirmación de que los restos humanos hallados el año pasado en los Urales son de los hijos del zar Nicolás II, padre también de la legendaria princesa Anastasia Nicolaievna, me sirven de excusa para probar y compartir el enlace correspondiente de las dos enciclopedias que ahora manejo.
¿Cuál es la diferencia?
Al margen del idioma y la autoría, en un caso, la información llega hasta el año 2000; en el otro, alcanza a 2007. Juzgad vosotros.

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jueves, 24 de abril de 2008

Enciclopedia Británica en internet

Como solía comentar Borges, un libro ideal para llevarse a una isla desierta es la Enciclopedia Británica. Con el advenimiento de la Red -y empleo a propósito ese término, porque internet es la divinidad de la información-, las enciclopedias publicadas han dejado de tener sentido como compendios de información. No sólo y sobre todo por la Wikipedia, sino por la capacidad real de encontrar cualquier información y casi actualizada al minuto.
Pero la Británica, como sus primas francesa -Larousse- y española -Espasa- pueden encontrar su lugar en el nicho del "libro objeto". Y ahí son insuperables. De hecho, de tener una biblioteca en condiciones y no un depósito de papel impreso como tengo -tenemos la osa y yo-, la Británica sería una de mis más preciadas adquisiciones.
Pero, como explican Marilink o Techcrunch por cada página vista en internet de la enciclopedia, se ven 184 de la Wikipedia. Asi que ahora, con varios años de retraso, han decidido abrir sus puertas a escritores y blogueros para que éstos enlacen sus contenidos y ganar visibilidad. Siguen manteniendo la suscripción de pago, pero entreabren las puertas.
He intentado que aprobaran este modesto blog, pero no ha podido ser: mi petición no ha sido aceptada. Asi que seguiré referenciando la Wikipedia cuando tenga que aclarar algo. Ellos se lo pierden.
Por cierto, a Orihuela si le han dejado, pero a Dans tampoco le aprueban la solicitud.

Actualización 8:00
Me adelanté. La Britannica acaba de darme acceso. Un ejemplo de lo que podéis ver por la cara:
Jorge Luis Borges
Pero seré bueno y también enlazaré con la Wikipedia.
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martes, 8 de abril de 2008

Es una vida maravillosa

Uno de los libros más significativos que recuerdo fue mi libro de texto de ciencias naturales del bachillerato. Libro que por cierto no conservo, o que no soy capaz de encontrar en ninguna parte. Era un libro de Aguilar absolutamente clásico, con una veintena de ediciones como mínimo. Era un verdadero tocho, un libro antiguo en su diseño: tipografía monótona, gráficos e imágenes en blanco y negro, dos columnas; en fin, hoy sería el horror para cualquier criatura de la generación myspace.
Pero el contenido de aquel libro era un tesoro: la vida, sus mecanismos, las ciencias naturales del siglo XX en todo su esplendor. La base del texto, rigurosa, era un compendio del estado de esas ciencias en los años 70 del siglo pasado. Antes del conocimiento del medio, antes de la llegada del hombre a la Luna y antes de que existiese -ni como sueño- este medio.
Recuerdo imágenes de aquel libro: el cráneo de un gato y el detalle de cómo funcionaban las uñas retráctiles; un científico de bata blanca junto a un gran matraz oscuro en el que se desarrollaba el experimento crucial del nacimiento de la vida: las chispas en una atmósfera de metano creando moléculas orgánicas en una sopa primordial de aminoácidos; los árboles taxonómicos, esas listas ordenadas y espléndidas de órdenes, familias, géneros y especies...
Una de las imágenes más turbadoras era la que recogía la reconstrucción de la vida en los océanos hace 500 millones de años, durante el Cámbrico. Allí estaban sumergidos los antepasados de los habitantes de nuestros mares: medusas, langostas, cangrejos, gusanos, esponjas... Era una imagen evocadora, una puerta para comprender los mecanismos de la evolución. Paréntesis: ni siquiera durante el franquismo se le ocurrió a ningún obispo cuestionar en los libros de texto la evolución; hay que fastidiarse que vengan ahora con el diseño inteligente a dar la brasa. Cierro paréntesis.
Pero ahora sé que aquella lámina ingenua era una imagen falsa gracias a un libro de Stephen J. Gould, extraordinario, como todos los suyos por otra parte. Qué bello es vivir en su título original, basado en la película de Frank Capra y traducido aquí por La vida maravillosa en una decisión más que discutible, explica como una obra de teatro el hallazgo y posteriores interpretaciones de un conjunto de fósiles del Cámbrico llamados Esquistos de Burgess.
Dicho así puede resultar poco atractivo como lectura, pero no es cierto. Porque a través de esas interpretaciones Gould analiza cómo nuestros prejuicios condicionan nuestra percepción de las cosas, incluso en ámbitos supuestamente asépticos como la ciencia, la paleontología en este caso. Cómo ante la evidencia de que la vida era más rica y diversa al principio, los prejuicios científicos y la necesidad de encontrar un sentido para nuestra presencia sobre el planeta, cegaron a los primeros descubridores de los esquistos de Burgess, que no fueron capaces de ver la importancia de esos fósiles. Desde hace más de un siglo, la evidencia lucha contra la imagen de un crecimiento, de una evolución ordenada con un destino fijo: la aparición del Homo sapiens. Y no es cierto.
Gould explica cómo la contingencia y el azar son los responsables de nuestra presencia sobre la Tierra, sin que haya nada en la naturaleza que implique una dirección, un destino final. De hecho, el descubrimiento de una mandíbula de Homo antecessor en Atapuerca viene a confirmar lo que empieza a estar claro para otras especies: gran diversidad inicial, escasos cambios al final. Lo más probable es que los humanos actuales hayan evolucionado de alguna población de las muchas que se desarrollaron entre los homínidos en los últimos tres millones de años. El árbol de la vida ha dejado de ser un cono invertido para convertirse en un árbol de Navidad. Y eso es fascinante.
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jueves, 3 de abril de 2008

Juventud, de J. M. Coetzee

No sé porqué, pero me gusta explicar de dónde he sacado un libro al comienzo de estas reseñas. Y como nadie se queja, sigo con la costumbre. Lo compré hace unos días, por impulso y curiosidad, al recordar muy vagamente que alguien me lo había recomendado. Pero me ha costado trabajo entrar, dejarme llevar por la historia y el tono de esta novela de J. M. Coetzee, de quien no había leído nada anteriormente. No es sólo por la atmósfera de tristeza y melancolía que transmite, sino que sentía un cierto desasosiego, una ansiedad inexplicable.
Juventud es la historia de un joven universitario, asfixiado en la racista Suráfrica de los primeros sesenta. Su intención es ser un poeta como Pound, mientras compagina su licenciatura en matemáticas con sus lecturas y la constatación de los graves problemas sociales que su país empieza a atravesar. Su intención es huir, escapar a Londres, ya que no es capaz de aprender francés para vivir en París, el destino de cualquier poeta que se precie.
Y fue entonces, mediada la novela, cuando el protagonista llega a Londres y comienza a vivir allí cumpliendo su sueño: las librerías, la Biblioteca del Museo Británico, el cuarto alquilado, el trabajo alienante para comer, etcétera, cuando comprendí mi ansiedad. Juventud es una especie de segunda parte, como una continuación de El guardián entre el centeno. Es como si Coetzee retomase la historia del muchacho que se preguntaba ¿dónde van los patos cuando el estanque se hiela? pero ya terminando sus estudios y comenzando la vida laboral.
Las mismas angustias, las mismas dudas, la ausencia de cualquier empatía por los demás, mucho egoismo casi biológico... Las preocupaciones de ambos protagonistas y su pensamiento no corren exactamente en paralelo, sino uno detrás de otro por el mismo camino. Hay más crueldad en el surafricano que en el estadounidense, pero sólo por la diferencia de edad. Allí donde la criatura de Salinger se mostraba cruel, ante sus padres o ante la mujer, lo hacía desde su propia perplejidad, desde el descubrimiento de lo que puede ser la vida; pero la criatura de Coetzee es cruel por desgana, por su pereza para ser otra cosa, para leerse a sí mismo.
Como me sucede con otros autores, no creo que repita con Coetzee. Pero admito que puedo haber elegido una novela poco recomendable para empezar, o que la traducción no termina de convencerme; o tal vez ¿me han producido cierto desasosiego sus explicaciones sobre las relaciones entre primos?
"[...]la promesa de facilidad, de naturalidad: dos personas con una historia en común, un país, una familia, una intimidad de siempre encarnada desde antes de pronunciar la primera palabra. No se necesitan instrucciones, ni tanteos."
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