martes, 26 de agosto de 2008

K. Askildsen, Los perros de Tesalónica

Aprobados por la osita, que es menos exigente y más abierta, decidí darle una oportunidad al escritor noruego Kjell Askildsen. Aunque lo califican de "Carver europeo", lo cierto es que no necesita etiquetas para tener sus propios méritos. Además, allí donde Carver atisbaba por las ventanas las vidas ajenas, Askildsen prefiere llamar a la puerta y compartir con sus criaturas unos cigarrillos y alguna copa de vino. Más que a Carver, a mí me ha recordado a los autores que celebran la vida y sus placeres. Un poco a lo Ko Un. Askildsen sigue a sus personajes de cerca, pero sin dejar que los detalles de sus acciones oculten sus verdaderos motivos.
En Los perros de Tesalónica hay pocas acciones, más allá de unos cuantos paseos y visitas a los bares de las estaciones. Lo que hay, y en abundancia, son reacciones; tiempos y motivos que a veces aclaran, pero que la mayor parte de las veces oscurecen las vidas de sus personajes. Sin llegar al desasosiego, al malestar -estoy pensando en Coetzee-, Askildsen crea atmósferas un poco inquietantes; no tanto por las situaciones como por el reconocimiento que de ellas obtenemos los lectores. Askildsen compone historias de parejas -no necesariamente de esposos, en el extraordinario cuento Los invisibles son hermano y hermana- en las que los hombres y las mujeres se enfrentan a su relación y a su entorno perplejos, con el aire de quien no sabe cómo ha llegado hasta ahí.
Se lee tan deprisa -no llega a cien páginas- que sería un crimen no recomendarlo. Y no será la última vez que venga por aquí.
Gracias, Ana, por prestárselo a la osita.

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sábado, 9 de agosto de 2008

La era de la imagen 2

Visitando la exposición Artistas y Fotógrafos. Imágenes para una colección -que está muy bien-, nos encontramos con esta cita de Susan Sontag:
La necesidad de confirmar la realidad y enfatizar la experiencia mediante fotografías es un consumismo estético al que todos hoy son adictos. Las sociedades industriales transforman a sus ciudadanos en vaciaderos de imágenes; es la forma más irresistible de contaminación mental.
Decíamos ayer...

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miércoles, 6 de agosto de 2008

La era de la imagen

Hace unos días, vi una redifusión de un debate entre un crítico musical y un músico en cnn+ acerca de la banalización de la experiencia. Algo que ya en los 1960 comentaba Aldous Huxley a cuenta de la facilidad con la que se accedía a determinadas experiencias -los viajes, la música- antes más costosas y cómo ese acceso provocaba en los asistentes la indiferencia y la no valoración de esa experiencia.
Durante todo el mes de julio, ese tiempo dedicado casi en exclusiva a mis hijas -también respiro, como y duermo en esos días- he asistido con curiosidad a un fenómeno parecido. Así como para mi generación la fotografía y el vídeo eran algo escaso, circunscrito al gran acontecimiento familiar o social, por lo que aumentaba su valor evocador, desde que nacieron las niñas me preocupó que la sobreabundancia de testimonios gráficos podía alterar sus recuerdos o la percepción de los acontecimientos. Si cada moviento singular de sus vidas está documentado, ¿qué recuerdos propios pueden albergar?
Este mes, armadas con su cámara digital, lo han fotografiado todo, en efecto. Pero hay una pequeña salvedad sobre mis temores iniciales: creo que la utilizan más como un juguete que como un almacén de momentos. Es decir, mientras mi relación con las cámaras es de carácter documental -incluso en las incursiones "artísticas" que me permito-, en la medida que soy consciente de que una fotografía recoge un instante concreto y singular, ellas mantienen una relación más lúdica, menos "trascendente". Recogen lo que ven no tanto como un "recuerdo" sino por valor en sí mismo: la cara divertida, el lugar, la acción.
Seguiré estudiando este fenómeno, porque en cualquier caso, me sigue preocupando lo que puede suceder si se documenta hasta la extenuación una vida.

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