jueves, 18 de septiembre de 2008

Plataforma, de Michel Houllebecq

Este es otro de los libros rescatados de la limpieza anual y uno de los pocos que conserva cierta aureola de escándalo, aunque su efecto se ha neutralizado bastante. Michel Houllebecq es ya uno de los grandes nombres de la literatura francesa contemporánea y también lo que podríamos llamar un intelectual total, capaz de escribir ensayos, artículos, polemizar en la radio, etcétera. Aún tengo por ahí pendiente su ensayo El mundo como supermercado.

Esta Plataforma fue su cuarta novela y para ser sincero, me ha interesado más de lo que me ha gustado. Es decir, puedo recomendar su lectura como ejercicio, para saber de tendencias, de técnicas y hasta de literatura francesa; pero soy incapaz de recomendarla como distracción, por el mero placer de la lectura de una buena novela.

¿Es mala? No. ¿Es aburrida, plana? No ¿Es apasionante? A mí no me lo parece. En esta novela, Houllebecq es frío como el hielo y tengo la impresión de que ha buscado deliberadamente el escándalo; que el tono, las circunstancias y peripecias de sus personajes están desarrolladas única y exclusivamente para epatar. No es que la historia o sus protagonistas te asombren o te maravillen, sino que todo lo que hacen busca maravillarte. No sé si me explico.

Es como con los grandes actores en buena parte de sus películas: hacen de sí mismos y no de sus personajes: Al Pacino está espléndido como Shylock pero no es el mercader de Venecia, es Al Pacino haciendo de Shylock. Lo mismo sucede con los personajes de Houllebecq: sus acciones no están determinadas por los acontecimientos, sino por la inamovible voluntad de su creador para que hagan lo que tienen que hacer para que la acción se desarrolle en un sentido.

Toda la acción parece un conjunto de tareas programadas, de acciones encadenadas con precisión sin dejar nada al azar, aunque en la superficie el texto fluya y tenga un tono casual. Por eso puedo recomendarla como uno de los libros más interesantes que he leído y también que menos me ha gustado.

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lunes, 15 de septiembre de 2008

13,99 de Frédéric Beigbeder

La limpieza anual de la biblioteca es como un paseo por la playa después de la tormenta, aunque más cansado. De las estanterías salen libros que han perdido su sentido original, la razón de su presencia. En la playa son trozos informes de vidrio que fueron botellas y pedazos de madera irreconocibles. En los estantes son novelas que tuvieron un gran impacto entre los lectores y los suplementos literarios, o ensayos cuidadosamente coyunturales. Ahora los veo de otra manera.
Reconozco su esencia, recuerdo la polémica o su oportunidad. Y dejo que se asienten en primera línea, en busca de la oportunidad que no tuvieron.
Algunos pasarán por aquí, como este 13,99 de Frédéric Beigbeder, una novela de tamaño razonable y ágil que causó un notable revuelo cuando apareció, siete u ocho años atrás. Se trata de uno de esos libros que sirven como coartada personal para caerse del guindo ante ciertas características del mundo que nos rodea. Es decir, es una novela que narra los entresijos de uno de los pilares de la economía y la sociedad occidental, en este caso la publicidad.
Y así, Beigbeder –creativo publicitario antes que escritor-, de una forma un poco atropellada y con un tono de rebuscada crudeza relata los pensamientos y las vivencias de un alto ejecutivo de la primera agencia publicitaria de Francia. Hay mucho pensamiento –buena parte del texto se compone de citas- y poca acción, más allá de unas cuántas anécdotas en torno a las reuniones, un rodaje publicitario y un final disparatado y poco creíble, más abrupto que sorprendente.
Los personajes están dibujados de forma tan ligera que no llegan ni a arquetipos y da la impresión de que sus valores literarios se encuentran más en lo que no cuenta –todos los nombres son supuestos, pero probablemente reconocibles- que en lo que efectivamente plasma.

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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Los escándalos de Crome, de Huxley (y Google)

El lanzamiento de Chrome, el nuevo navegador de Google, me ha recordado la primera novela de Aldous Huxley, Crome Yellow o Los escándalos de Crome. Todos tenemos un momento Huxley durante nuestra vida lectora, que empieza con Un mundo feliz y suele terminar en Las puertas de la percepción. Es decir, de la distopía a las drogas y no seguiré por ahí. Durante mi propio momento Huxley leí también Viejo muere el cisne -que me gustó tanto como su obra más famosa- y estos escándalos que rescato ahora.
Es la primera novela de Huxley, un poco convencional y también un ejercicio de análisis interesante sobre la hipocresía y la fama, sobre la burguesía y la maledicencia en una pequeña población inglesa. Leyendo la excelente explicación de lo que es Chrome en el cómic de Scott McCloud, un viejo conocido mío, recordé la razón narrativa de aquella novela, basada en cómo pequeñas frases, cómo unas pocas palabras, dichas aquí y allá, en momentos y lugares diferentes, van componiendo un retrato destructivo de una persona. Cómo pequeños e inocentes comentarios tomados por separado, al unirse, cambian por completo la percepción que podemos tener de alguien.
En su base, en su programación, Google describe Chrome como un conjunto de acciones independientes que ofrecen una nueva forma de entender internet.
Pero además, lo que este nuevo programa informático representa no es tanto su capacidad para ofrecer una nueva experiencia en seguridad o comodidad a la hora de enfrentarse a internet, que lo hace, sino que es como un paso más, una pequeña acción que se suma a otras más -como esta, menos publicitada pero importante- para cambiar nuestro pensamiento y la forma en que este se desarrolla. Hace unas semanas, Nicholas Carr se preguntaba en The Atlantic si Google -y por extensión, la Red- nos estaba convirtiendo en estúpidos, al modelar nuestro pensamiento y nuestra forma de conocimiento al reducir nuestra capacidad de concentración a unos pocos párrafos de cualquier página. Carr sostiene que empezamos a ser incapaces de concentrarnos en los textos largos y buscamos respuestas inmediatas y cortas, en suma, que está cambiando el paradigma del conocimiento -basado en la cultura libresca- que nos ha sostenido hasta ahora. Lo mismo que sostiene Sloterdijk, ya comentado aqui.
Carr, como me sucede a mi, es capaz de recordar cómo otros cambios trascendentales han sido acogidos con escepticismo y temor, desde la propia escritura, denostada por los griegos como causante de la pérdida de memoria, hasta la imprenta, temida por su capacidad multiplicadora. Así que no está seguro de que Google o la Red sean malos, pero sí cuestiona a dónde nos lleva.
Este fin de semana, Luisgé Martín provocaba a los lectores al preguntarse si leer sirve para algo bueno:
"desde hace años tengo la sospecha de que la lectura es menos benéfica de lo que se proclama continuamente con altavoces y pregoneros. O incluso que es dañina, que resabia."
A lo mejor Google tiene razón, y es más beneficioso el pensamiento reducido, inmediato y superficial para nuestra mente. ¿Qué pensáis?

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