martes, 24 de febrero de 2009

Balada de la playa de los perros, de José Cardoso Pires

Haciendo limpieza de los papelitos que llevo en la cartera, que suelen incluir citas y, sobre todo, fichas de libros que por alguna razón me interesan, me topé con esta novela antigua -es de 1982- y que dormía el sueño de los justos desde hace mucho tiempo a juzgar por el aspecto raído y guarrete del papel, y por su reverso, de una época remota. Así que aprovechando que tenía curiosidad por conocer -léase poner a prueba el catálogo de- esta biblioteca, me puse a buscar este título. Y estaba, lo que significa que me verán por allí más veces: que además hay wifi.
Lo bueno de las notas que tomo, de esos papelitos con libros que llevo encima es que a las pocas horas de su anotación no recuerdo en absoluto porqué me interesó el libro, lo que añade su toque de misterio cuando te enfrentas, por fin, a él. Y en el caso de esta balada portuguesa, me costó 15 páginas entender qué se me había perdido a mí en el universo de José Cardoso Pires: una frase sobre la casa en la que vive el protagonista
[...] una morgue doméstica de objetos labrados.
¿Quién se puede resistir a tan perfecta descripción de uno de esos hogares burgueses de nuestros parientes? Y es que, como diría una víctima de la logse, Cardoso Pires "lo clava".
Por si esa capacidad de crear un ambiente con unas pocas palabras fuera poco, Pires ambienta esta historia policial y política, de memoria histórica de verdad y de sueños en Lisboa, la inmortal, con la que mantengo una excelente relación en la realidad y una un poco más tormentosa en lo literario, que una de las novelas más espantosas que he leído nunca fue Un invierno en Lisboa.
En fin, a diferencia de la Lisboa de Saramago, que me parece a mí un poco más cansina y también como más lustrosa dentro de su mugre -lo que no es un desdoro-, la ciudad de Cardoso es más amarga y menos limpia. No es que esté más sucia, sino que nos la muestran en las horas más cerradas, sin que podamos ver que las casas y las calles conservan aún un poco del lustre que los paseos de Saramago si dejan ver.
He disfrutado mucho con el equilibrio que toda la novela mantiene entre el informe judicial, el tono de una investigación oficial y policial y los sueños y la vida del protagonista convertido en hormiguita que reúne indicios como quien se prepara para un largo invierno: van saliendo, de a poco, a medida que el crimen que da origen a la historia se desarrolla, hasta llegar a un clímax muy onírico, pero tremendamente realista.
Hay muchos matices que se me escapan, ya que Cardoso transforma en materia literaria un oscuro crimen con muchas raíces políticas cometido durante la dictadura de Salazar en los primeros años 60 del siglo pasado. Pero también hay algo familiar en el aire de esa Lisboa, en ese color gris y en el bullicio silencioso y miedoso. Es algo que yo recuerdo del Madrid de aquellos años, como una costra pegada a las paredes bajo la cual late la vida de verdad, pero que no puedes despegar so pena de provocar que salga la sangre otra vez.
Con esta lectura de Cardoso he comprendido porqué la Lisboa de hoy tiene vergüenza de la dictadura, pero la asume y cómo su aparente abandono no es más que un lento despertar hacia otro siglo, pero sin creerlo del todo. Mientras, Madrid ha escondido la dictadura a toda prisa, ha ocultado la vergüenza tras la modernidad. Será por eso que los alcaldes de derechas hacen obras constantemente, para enterrar el pasado y tapar la dictadura.

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