viernes, 8 de mayo de 2009

Juan sin Tierra, de Juan Goytisolo

Uno de los principales axiomas que nos repiten al comienzo de nuestra vida lectora es no empezar jamás una novela por el final y no leer éste antes de su desenlace natural, aunque sea mucha la emoción y el suspense. En el fondo, esto no es más que una vana pretensión de los autores para conservar cierto poder sobre sus lectores, pero nosotros como tales también tenemos nuestros derechos y entre ellos está el de leer como nos dé la gana. Es verdad que así se conservan el ritmo y la emoción calculadas por el autor, pero ¿quién se va a enterar? No hay acto más íntimo que la lectura y cada lector tiene el derecho inalienable a ordenar y decidir su lectura.
Viene esto a cuento porque en el origen de la lectura de esta excelente novela de Juan Goytisolo está precisamente haber empezado por el final, gracias a la lectura de un texto ya comentado de Mario Kunz y que me despertó las ganas de conocer la obra de un escritor al que sólo he seguido -con aprovechamiento- por sus artículos de prensa.
Juan sin tierra tiene un arranque brutal ante el que no hay vuelta atrás: si continúas con su lectura llegarás a los límites del lenguaje; si la abandonas pierdes la oportunidad de adentrarte en la personalidad y el genio de un escritor tan singular como atrevido, capaz de construir una novela tan escandalosa cuando se publicó en 1975, como ahora mismo, con la que está cayendo. Es la novela en la que Goytisolo abandona para siempre la "ínsula próxima a la espaciosa y triste Península (Allah la devuelva al Islam!)" y decida hacer de las naciones del Islam su morada.
Es también una obra en la que ajusta las cuentas con la literatura y la crítica de siglos, cuando decide que
"en vez de crear mundos sólidos, reales, y cautivar así el interés de los lectores, tú buscando siempre tres pies al gato, extraviándote en laberintos oníricos, metiéndote en absurdos berenjenales! : y el resultado está ahí a la vista : ni distinciones ni recompensas ni lauros! : un verdadero desastre!
va a componer un viaje con ecos beat pero mucho más brutal, una búsqueda del infierno de la burguesía hurgando en todo lo que pueda provocar en ella el desasosiego: desde la burla despiadada por las costumbres mojigatas
el capellán parece a punto de asfixiarse : enrojece, transpira, jadea, lanza espumarajos de rabia : la descripción de los vicios nefandos del almacén trae a sus labios una florida fraseología latina destinada a paliar con un velo de tenue pudor, tal vez con un precario barniz de cultura, la cruda y espantosa realidad de los actos : cunnilingus, fellatio, osculos ad mammas, coitus inter femora, immissio in anum! : las expresiones brotan de su garganta con visible dificultad y, para aclaradas, las completa con gestos epilépticos y convulsos, con ademanes frenéticos de los brazos
a la escatología más divertida:
y un día cualquiera, inopinadamente, acaecerá el milagro : dejarás de cagar! : de golpe desaparecerán tus ansias, apreturas, retortijones, angustias : una quietud fisiológica y síquica, una serenidad corpórea y espiritual embeberán lentamente tu ánimo, elevándote desde la masa triste y cuitada hacía aquella deliciosa morada donde sólo habitan los escogidos : tus residuos se eliminarán entonces por vía cutánea y serán odoríferos y exquisitos: y rodeado de monarcas, guerreros y santos vivirás eternamente en un ámbito de fragancia, de armonía y de paz
Pero también es como un libro de historia crítica -a lo Gárgoris y Habidis- de esa oportunidad perdida que es España en muchos sentidos, como cuando identifica en un crescendo aterrador la fiesta de los toros con un auto de fe, en una descripción precisa que nos retrata como bárbaros a los habitantes de esta "espaciosa y triste Península (Allah la devuelva al Islam!)".
Su propósito incial de desmontar la sociedad occidental, de darle la vuelta y situar el culo en la cabeza y ésta en el suelo, se cumple con creces, dejando en el lector una sensación incómoda, como cuando un gato, tendido frente a nosotros, mira de pronto fijamente algún punto sobre nuestra cabeza y nos quedamos inmóviles, sin saber que hacer, incapaces de girar la mirada y descubrir el vacío en la pared.

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