lunes, 15 de junio de 2009

La marea del tiempo casi me lleva por delante

Este fin de semana, mientras asistía en compañía de las niñas a la proyección de una película en Disney Channel -ese canal que nos convierte en cobayas de un experimento de control mental y lavado de cerebro dignos de la CIA de los 50-, sentí como un zarpazo del tiempo que casi se me lleva por delante.
La película estaba basada en unos personajes que yo leía hace casi 40 años, Los tres investigadores, y los recuerdos en forma de catarata de nombres, aventuras y sensaciones se me vino encima con intención de ahogarme. Náufrago de mis propios recuerdos, me agarré a las pocas tablas de la razón que aún flotaban entre mis embravecidas neuronas y me concentré en este texto.
No es la primera vez, ni tiene nada de particular, recordar libros o programas de televisión o hasta melodías con la nostalgia como telón de fondo. ¿Por qué entonces había algo más esta vez que casi me tumba? Dos hechos aparentemente inconexos, pero unidos por un hilo sutil de emoción pura, basada en la incomprensión. ¿Estás hablando de emoción? Sí, qué pasa.
El primero de estos hechos emocionales fue la comprobación de que Los tres investigadores que yo leí -y cuyas aventuras no han envejecido apenas- estaban inmersos en un contexto tan determinado, incluso físicamente, que no tienen ningún sentido ahora mismo, son pura arqueología.
Cuando yo los leí, recién publicados, los presentaba el cineasta Alfred Hitchcock, que estaba vivo entonces y tenía varios programas televisivos en los que presentaba casos policiacos o de suspense. Formaba parte, además, de la trama de la primera historia, lo que hoy no tiene ningún sentido. La ilustración de la portada de los libros es absolutamente incomprensible para cualquiera nacido después de 1965, que todavía llegó a ver en televisión al cineasta.
El segundo hecho, que se arrastraba a lo largo del fin de semana sin que yo me hubiera apercibido hasta ese momento, fue constatar -y no niego la incomodidad que me produjo- que la indiferencia, un tanto inducida, que las niñas manifiestan en mi compañía se expresa con una mirada digna del actor's studio, tal es la fuerza y expresividad con la que manifiestan su desconcierto por mí.
El tiempo transcurre, sí, y lo hace de muchas maneras. Esta vez lo he sentido como si hubiera amontonado sobre la mirada antes fantástica de un niño, una cierta madurez, una seria, solemne y muy aburrida madurez. No lo siento por mí, que ya soy muy mayor para hacerme responsable, burgués y, por supuesto, idiota. Más bien me apena que dejen atrás la fantasía -lo que los tontos llaman locura o irresponsabilidad-, por un supuesto mundo ideal, más adulto, sí, que corresponde a su edad, también, pero más pobre.
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