jueves, 22 de octubre de 2009

Los anillos de saturno, de W. G. Sebald

Hace tiempo que vengo observando una cierta escuela periodística de crónica que se basa en acumular fragmentos aparentemente dispersos que después se revelan como parte de un todo. Ya sabemos que el arte contemporáneo en general vive hoy del fragmento, de la constatación de que la realidad es fragmentaria y de que no podemos pretender ni abarcarla ni comprenderla por entero.
Pues de todo eso participa Winifred Georg Sebald, un escritor fascinante, poderoso en sus minuciosas descripciones, un guía seguro y firme a través de lo que nos rodea, lo veamos o no. Su prosa es como un río, ancho y caudaloso, pero también tranquilo, con las orillas accesibles en todo momento. Su invitación a viajar con él tiene muy poco de imposición, es casual, aunque en un momento dado, el lector deja de mirar las orillas y se queda con él.
Los anillos de Saturno son el resultado de un viaje que el autor realizó a pie por el condado de Suffolk, Inglaterra, por parajes no del todo desconocidos para él. Sebald no descubre nada, ni siquiera de sí mismo, aunque sí se sorprende en ocasiones ante sus propias sensaciones. Se limita a dejar que el paisaje reconozca su presencia y, al mismo tiempo, complete la visión previa que Sebald lleva consigo.
[...] tendemos a confundir la complejidad creciente de nuestras construcciones espirituales con un paso adelante en el conocimiento, mientras que, al mismo tiempo, ya intuimos que nunca vamos a poder comprender los imprevistos que ciertamente determinan nuestra carrera.
Dice en momento dado. Sebald parte de su conocimiento, de unos pocos datos eruditos sobre el paraje o la villa que visita para contárselos a sí mismo y relacionarlos con el paisaje, en una especie de 'metaviaje' a través de la historia: de Napoleón a las guerras mundiales, de escritores como Chateaubriand, de cultivadores de gusanos de seda, de obreros y de reyes.
Aunque sea un lugar común, Sebald describe la realidad como si fueran jirones de niebla, sueltos, a derecha e izquierda, desorientados. No la ve a través de la niebla, sino que la realidad es la niebla. Todo el texto está salpicado por imágenes de los sitios y algunos recortes significativos de acontecimientos relacionados con su viaje, pero es curioso cómo las fotografías apenas aportan algún dato, tal es su capacidad para describir su camino. De vez en cuando, como una pausa al borde del camino, surge alguna reflexión más bien oscura y un poco depresiva.
Sobre cada forma nueva ya se cierne la sombra de la destrucción. Esto es, la historia de cada uno, la de todos los estados y la del mundo entero, no transcurre sobre un arco que se alza cada vez más lejos y de forma más bella, sino sobre una trayectoria que, una vez que se ha alcanzado el meridiano, desciende a la oscuridad.
Tengo la impresión de que Sebald, en contacto con el mundo -con un mundo que es el suyo, que conoce-, lo comprende en un sentido amplio, como si hubiese llegado a una comunión total con el paisaje, con sí mismo y sus recuerdos. Pero ese conocimiento, esa comunión es también conciencia de su fragilidad, de la del mundo y desde él, de su propia indefensión: “[…] siempre que uno se imagina el futuro más hermoso está ya encaminado a la siguiente catástrofe.”

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