martes, 6 de octubre de 2009

Madrid, ¿necesita unos Juegos Olímpicos? (y 2)

Lamento que a los componentes del Comité Olímpico Internacional el muy sensato –y humano- “meteos los Juegos por dónde os quepan”, de algunos miembros de la candidatura, no les haya gustado. Pues cuando les lleguen los ecos de los blogs, no sé qué dirán; ah no, si los prohibieron durante los Juegos de Pekín.
Respecto de los Juegos, cabe el componente emocional y hasta la ilusión por vivirlos, como me señalaba mi amiga Malena en otro sitio. Pero el sueño de vivir unos Juegos no tiene porqué incluir la incomodidad de sufrirlos. Puestos a soñar, mola más pasar un mes en Londres o en Río de Janeiro viendo los deportes, que atado al volante del coche mientras una comitiva de prebostes y directivos se desplaza de un punto a otro de la ciudad.

¿Para qué necesita Madrid unos Juegos? Hablemos de Barcelona, haciendo la salvedad –bien señalada por mi amigo Albert en otro sitio- de que tampoco los resultados para sus habitantes, 17 años después, sean como para tirar cohetes. Quien haya conocido Barcelona en los años 1980, como es mi caso, recordará una ciudad mediterránea de espaldas al mar, un puerto comercial que no invitaba precisamente a prolongar mucho la estancia, y no por falta de atractivos, sino por la distancia –más psicológica que real- entre ellos.

Barcelona necesitaba los Juegos –y qué suerte que tuvieron con sus administradores, que lo entendieron-, para integrarse, para transformar una ciudad que tenía y tiene limitaciones de espacio por su orografía, pero que se merecía una oportunidad para desarrollarse. La conversión de un puerto oscuro en una puerta al mar, fue fundamental para que sea hoy lo que es, una ciudad moderna en el sentido más amplio, aunque tenga sus problemas. Los Juegos fueron la excusa para conseguir llevar a cabo un proyecto que, sin ese acicate, se hubiera perdido entre administraciones e intereses particulares.
La transformación de Barcelona me recuerda a la construcción de la Gran Vía de Madrid, hecha sobre los mismos pilares: un proyecto claro, la unanimidad de administraciones y particulares y la sensación de cambiar, de verdad, la ciudad. Nada de eso se ha producido con el proyecto olímpico, ni mucho menos con los sucesivos mandatos de los últimos regidores de la ciudad.

Todas las obras acometidas en esta ciudad en los últimos años son parches, más o menos extensos, bien sobre zonas que necesitaban reformas urgentes, bien sobre áreas bien dotadas pero muy útiles en términos de imagen. Mientras la Barcelona de hoy se sustenta sobre un gran proyecto de transformación de toda la ciudad, con los defectos y limitaciones que sin duda tuvo, Madrid se sostiene sobre muchos pequeños planes de reformas en una espiral continua de obras superpuestas.
Desde el Plan de Saneamiento Integral, obra de los alcaldes José Luis Álvarez (UCD) y Tierno Galván (PSOE) no ha vuelto a existir ni un solo plan, ni un solo proyecto global e integrador para la ciudad. Las alcantarillas y el suministro de agua funcionan de maravilla, claro y, me parece, que las obras han terminado –el plan era a varios años vista- y están pagadas.

Entre las tres administraciones que padecemos se han desarrollado obras, en lo sucesivo y desde entonces:
del metro sin diseñar un plan para el transporte público
de carreteras sin un proyecto sobre accesos a la ciudad combinado con el anterior
de construcción de túneles para enterrar las obras anteriores sin planes de futuro
de aceras y calles sin el más mínimo plan de integración del pavimento, de sus colores y materiales; por no hablar del mobiliario urbano o la especulación con locales históricos.
Añádanse las obras de las compañías de suministros varios, de los accesos ferroviarios, de la construcción de grandes equipamientos, etcétera. Todo, sin la más mínima coordinación, a su bola que diría un castizo, y concentrado en su mayor parte en los distritos centrales.

Me duele esta ciudad porque era la mejor del mundo para vivir y lleva años rozando lo inhabitable, tomada por ignorantes y hotentotes más preocupados por medrar que por trabajar, por administradores más atentos a salir bien en la foto que a preocuparse por lo que no se ve. Pobre villa de las siete estrellas, pobre.

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