jueves, 10 de diciembre de 2009

De un tirano, un discurso y un juicio en Huesca

Aunque las ausencias no se justifican en un blog, no me gusta desaparecer sin motivo. En los últimos días he estado fuera de cobertura dedicado por entero a la Hispabrick 2009, la reunión anual de aficionados adultos al Lego y que este año se ha celebrado en Madrid. Hay más detalles aquí y fotografías acá.
Pero de lo que yo quería hablar es de Fago, ahora que ha pasado el vendaval mediático y la presunción de inocencia ha desaparecido.
Hay muchas cosas extraordinarias y únicas en el asesinato del alcalde de Fago. La personalidad del muerto, el número de habitantes del pueblo, la concepción y ejecución del crimen... Todos los elementos que rodean el suceso darían para elaborar cualquier relato, para especular o encontrar muchos misterios. Y el juicio no aclara nada, más allá de lo que la investigación de la guardia civil descubrió -o le confesaron- en su momento. Por muchas razones, el crimen de Fago ha entrado ya en el olimpo de los sucesos que se recordarán en sus aniversarios: los Urquijo, Alcásser o Puerto Hurraco.
Estos son los antecedentes. Lo más llamativo, sin embargo, no es el crimen en sí, sino el discurso de Santiago Mainar al término del juicio. Acostumbrado desde hace veinte años a la corrección política, qué raro es escuchar y entender el diáfano castellano de sus palabras y su sentido último. Qué difícil es, hoy en día, oír un discurso político tan antiguo, tan implacable y tan coherente. No estoy justificando la muerte de ningún ser humano, pero sí reivindico el eje del discurso de Mainar, su coherencia y el resumen del siglo XX que hace en él.
Santiago Mainar expresó en sus últimas palabras todo el pensamiento político de la historia humana y también todas sus contradicciones. Sus palabras enfrentan, otra vez, la acción y la pasividad; permanecer cruzado de brazos, sumiso ante las instituciones, o actuar sin pensar en las consecuencias. No sé si Santiago Mainar es culpable o no, aunque los errores judiciales son escasos, pero sí es inocente de su pensamiento, sí es inocente de ser hijo de su siglo y de sus ideas. Aunque hoy esas ideas se perciban como anticuadas.

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