jueves 30 de julio de 2009

Los cuervos (yo me entiendo)

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miércoles 29 de julio de 2009

La (des)educación, de Noam Chomsky

Pues ya de vuelta, y he leído menos de lo que pretendía, pero más de lo que esperaba. Empecemos.
Calculo que dentro de unos 50 años más o menos, Noam Chomsky ocupará el lugar que le corresponde en el panteón de los grandes genios humanos -sí, allá donde paran Darwin o Newton-, y con él, su intuición de que todos los lenguajes humanos tienen un sustrato gramático común, aunque todavía no hayamos sido capaces de descifrarlo. Pero espero que también figure entre sus méritos lo que hoy sólo es una extravagancia en opinión de sus compatriotas y, por supuesto, de los más poderosos de esos compatriotas.
Al margen de la lingüística, Chomsky lleva años denunciando la manipulación, los excesos y el descaro de la política exterior estadounidense, sin más armas que los libros y, sobre todo, los hechos y contradicciones permanentes entre lo que dicen y predican desde el Departamento de Estado, y lo que sus acciones representan y provocan. Aunque para algunos no sea más que un abuelo cascarrabias, lo cierto es que su mensaje, repartido a lo largo de decenas de libros es tan actual como el primer día: no es justo, ni democrático, ni humano que los occidentales sigamos permitiendo que millones de personas mueran de hambre o no tengan los más mínimos derechos.
La (des)educación se centra en denunciar cómo desde siempre la educación en general contribuye a mantener el orden social sin cuestionarse nada, ya que

[...] la escuela, a lo largo de la historia, no ha dejado de interpretar un papel institucional dentro de un sistema de control y coerción. Una vez que se te ha educado, se te ha socializado ya de una manera que respalda las estructuras de poder que, a su vez, te recompensan generosamente.
Por una parte, Chomsky denuncia la hipocresía de quienes se proclaman liberales y viven sin embargo de la subvención y protección de los estados y de lo poco democrático que es el capitalismo. Por otra, explica cómo la propaganda, instalada en los medios occidentales -sobre todo en Estados Unidos- como una segunda piel, es la única fuente de información a la que acceden los ciudadanos, y cómo desarrolla sus campañas intoxicando y haciendo una lectura del mundo que no se corresponde con la realidad y sí con los intereses de las clases dominantes. Todo ello a través de minuciosos análisis de las crisis centroamericana de los 1980 y del conflicto árabe-israelí.
Dos de las ideas que Chomsky comenta me han llamado mucho la atención. Primero, que la desatención infantil sea causa del fracaso escolar, ya que un demoledor estudio sobre el reducido tiempo que los padres pueden dedicarles, unido la reducción de salarios y a las consecuencias de que a los niños los eduque la televisión así lo indica. Eso me ha llevado a pensar que tal vez los problemas que el informe PISA señala respecto al caso español, no sean de la escuela precisamente, sino más bien de una sociedad que obliga a los padres a no poder atender a sus hijos.
El segundo de los análisis llamativos de este libro hace referencia a la supuesta calidad de los periódicos en Estados Unidos, que sólo se basa en su capacidad para construir la realidad a juego con la de la diplomacia estadounidense. Creo que una de las razones para la crisis de la prensa -y el pánico que eso está generando en las clases ilustradas- estriba en que el público ha descubierto que no necesita de su imagen del mundo y puede construirse una propia, que no tiene porqué coincidir con la de los poderosos.
En resumen, Chomsky escribe un texto provocador y a ratos panfletario -sin que eso sea un demérito-, tan basado en hechos que muchas de las conclusiones ni siquiera se hacen explícitas: el lector las obtiene por su cuenta.

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sábado 11 de julio de 2009

Cerrados por unos días

Las niñas, la osita y yo nos vamos unos días a la presentación de otro libro de este simpático autor y a celebrar el cumpleaños del dragón azul a Bustillé, Asturias. Y la desconexión va a ser completa, se ponga como se ponga el plan Avanza.
Cualquier cosa que necesiten tendrá que esperar un poco. Pero si por alguna razón amistosa lo que quieren es vernos o saludarnos, además de los medios telefónicos, pueden encontrarnos aquí:


viernes 10 de julio de 2009

María y yo, de Miguel Gallardo

Qué historia tan tierna y tan hermosa cuenta Miguel Gallardo en este libro autobiográfico e inclasificable: tebeo a veces, libreta de apuntes y hasta guía de viajes. Coautor en su momento de uno de los grandes hitos del cómic español, Makoki, Gallardo narra un sencillo viaje realizado con su hija María desde Barcelona hasta un complejo turístico en Gran Canaria.
Casi no hay diálogos, ni tampoco un complejo diseño de viñetas o personajes y, sin embargo, todo el libro es una carga de profundidad contra los estereotipos y los prejuicios mientras se explica el amor entre un padre y su hija, las relaciones entre ambos y con los demás y las historias familiares.
María y yo es un libro para deleitarse con los sentimientos, con las personas y sus pensamientos. Es -si eso es posible, ¿por qué no?- un poema en viñetas, un tebeo poético sin rimas, pero lleno de sentido y con un ritmo que sólo María sería capaz de explicar. Pocas veces un libro es tan completo, desde la dedicatoria que explica tantas cosas, hasta las guardas, en las que un lector atento no dejará de reconocerse, si alguna vez vivió en un mundo aparte, concentrado y feliz.
El libro, además, es una excelente guía de introducción a la vida cotidiana de las personas con autismo y una exigencia de respeto a una sociedad indiferente cuando no inquieta ante los comportamientos que no comprenden.

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jueves 9 de julio de 2009

El zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury

Tal vez sea la ciencia ficción -en realidad la utopía en general, sea ambientada en el pasado o en el futuro- el género por excelencia del siglo XX. Y tal vez sea Ray Bradbury el más poeta de los pocos autores que frecuentan el género como

[...] un intento de resolver problemas mientras se finge mirar para otro lado.
En la afortunada definición de este escritor en su Zen en el arte de escribir. Bradbury, autor de las hermosas Crónicas marcianas y de Fahrenheit 451 -una de las más inquietantes novelas que he leído nunca-, se confiesa en esta colección de ensayos imprescindibles para quienes tengan la pasión por escribir y quieran, además, saciar su curiosidad respecto del proceso de creación de los escritores.
Bueno, y aunque no se escriba, porque es difícil no sentirse identificado con esto:
Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo.
Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos.
Que en el fondo es lo que nos hace humanos: la perplejidad de estar vivos un día más, la fascinante perspectiva de ver, sentir y no saber qué va a pasar al minuto siguiente.
Bradbury defiende, con buen sentido, que debemos estar abiertos a todo, porque
Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricos en basura como en tesoros. En ocasiones es un poco difícil diferenciar la basura del tesoro, así que nos contenemos, temerosos de pronunciarnos. Pero como queremos darnos consistencia, recoger verdades a muchos niveles y de muchas maneras, probarnos en la vida y probar las verdades de otros que se nos ofrecen en tiras cómicas, shows televisivos, libros, revistas, periódicos, obras de teatro y películas, no debemos temer que nos vean en mala compañía.
En resumen, un librito interesante, rápido de leer y que se cierra con algunos poemas que nos muestran a un Bradbury un poco épico y como envarado; nada que ver con sus textos en prosa, mucho más poéticos.
Soy lo que hago; por eso estoy aquí.
¡Soy lo que hago!
¡Para eso vine al mundo!



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jueves 2 de julio de 2009

Ensayos, de Michel de Montaigne

Dentro de la serie de lecturas que podríamos llamar "de grandes textos que todos citan y mencionan pero pocos leen" están los famosos ensayos de Montaigne, escritos en el siglo XVI como parte del proceso de individualización que se materializó a partir de la Ilustración, cuando las divinidades abandonaron el centro del escenario y dejaron su lugar al ser humano.
¿Hay alguna excusa razonable para emprender su lectura 500 años después? En principio dos: es una fuente inagotable de citas, sobre todo latinas, lo que permite enriquecer cualquier texto con la sabiduría ajena haciéndola pasar por propia; y la mayor parte de sus razonamientos -hecha abstracción de los ejemplos- mantienen su vigencia.
A diferencia de otros autores moralistas, Montaigne busca en su interior como algo autónomo las razones y motivaciones de su comportamiento, sin apelar a divinos designios, por más que la autoridad o la razón última de cualquier hecho estén en manos del Dios católico. No es un libro ateo, pero sí es un libro que sitúa al hombre fuera de la esfera divina, lo que convierte sus pensamientos en algo casi contemporáneo, salvados el lenguaje, el machismo y el racismo, que acaban por ser algo casi tierno de puro ingenuo.
Organizado por capítulos temáticos -el consuelo, la actitud ante la muerte, la bravura frente a la misericordia...-, resulta de fácil lectura y no es difícil reconocer acciones y pensamientos propios, analizados sin solemnidad. Montaigne se reconoce y nos reconoce como criaturas imperfectas, sin establecer distancias entre los actos más heroicos y los más abyectos. Todos son humanos, dice, y no se priva de hacerlo con humor:

Los más y más sanos de los hombres consideran gran ventura tener muchos hijos; yo y algunos otros pensamos lo mismo de no tenerlos.
Por cierto, en las últimas semanas Google ha desarrollado nuevas funciones en su división de libros. Y acaso ésta sea la más espectacular: ya se puede compartir el contenido de cualquier libro que figure en sus bases de datos. Al completo, como en este caso, si está libre de derechos de autor, o de los fragmentos que el autor o la editorial hayan llegado bien.
El menú de uso, aquí abajo, incluye el aumento de tamaño y la posibilidad de buscar el término que haga falta. ¿Qué más puede depararnos el futuro? "Ne utile quidem est scire quid futurum sit. Miserum est enim nihiln proficientem angi", que diría Cicerón: De nada sirve conocer el futuro. Pues en efecto es inútil atormentarse en vano.



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