lunes, 31 de agosto de 2009

Vivir la televisión, de Juan José Mardones

Los españoles se prodigan poco a la hora de escribir memorias y autobiografías, supongo yo que más por ignorancia literaria que por un pudor secular de hidalgo. El interés que unas memorias suscitan es proporcional a la vida, a la profesión de quien las escribe, a quién le ajusta las cuentas, o al momento o lugar que retratan, por lo que suele ser difícil encontrarlas apasionantes, salvo que uno sea Josep Pla o Santiago Carrillo, por poner dos ejemplos que recuerdo haber leído.
Así que he leído estas voluntariosas memorias de Juan José Mardones atraído por su carácter de bien situado testigo de una etapa en la televisión pública que me es especialmente querida. Mardones fue empleado de la casa desde los 1960 hasta el año pasado, cuando una decisión política liquidó a la generación de profesionales que construyó RTVE. Una decisión muy poco contestada, absurda y que resulta incomprensible si no es desde la suspicacia: todos tenían interés en la desaparición de un buen montón de testigos incómodos, demasiado mayores para protestar.
Mardones compone con una mirada bondadosa un relato lineal y cronológico en el que narra su vida profesional, desde que decide dedicarse a las telecomunicaciones, emigrado a Madrid desde Bilbao, hasta que lo despiden de RTVE. Junto a sus peripecias, las de nuestro país y las del mundo, como si quisiera hacer un anuario de historia grande -el hombre llega a la Luna- y pequeña -soy realizador en Bilbao-. A diferencia de otras, Mardones no ajusta cuentas con casi nadie -salvo con Pedro Erquicia y algún otro de su etapa en Bilbao- y mantiene un discreto silencio sobre muchos nombres y acontecimientos. Las pocas anécdotas que relata son personales y de poco interés, la verdad, aunque tienen esa relativa soberbia que los de informativos han mantenido siempre, ese tono de "estar en la pomada", sobre todo a la hora de hablar del fallido golpe del 23 de febrero y del matrimonio del príncipe Felipe.
Modesto en exceso, dadas sus responsabilidades como fundador de Telemadrid y como directivo de RTVE, donde fue responsable de su diseño corporativo, se muestra más prolijo en los años de la santa Transición. Son interesantes, aunque pocos, sus detalles de la organización y el día a día de los servicios informativos de un centro territorial y es patente su amargura cuando, a la hora de fundar Euskal Telebista, el PNV no cuenta con nadie de TVE.
Me ha resultado llamativo que no tenga un índice onomástico y que sólo figuren 14 libros en la bibliografía final. Es una lástima que de su paso por El Aaiún y de la televisión sahariana, apenas ofrece detalles. Pero no escatima elogios a sus amigos y tampoco duda en reivindicar -en lo que estoy con él- a muchas personas que han sido completamente olvidadas a la hora de conmemorar los 50 años de la televisión pública en España.

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domingo, 30 de agosto de 2009

Blankets, de Craig Thompson

No es fácil describir la intolerancia religiosa desde dentro, desde quien la padece y la acepta, sin atender a sus manifestaciones exteriores. En El encuentro de Descartes con Pascal joven, la obra de Brisville que tan bien interpretan Josep Maria Flotats y Albert Triola -cuánto quiere Madrid a los actores catalanes, por cierto-, la intolerancia y el fanatismo saltan del escenario con facilidad y su lenguaje y sus efectos aparecen sin mayor reflexión y sin matices, colocando a los espectadores con facilidad del lado contrario.
Sin embargo, el daño y el dolor que las religiones provocan, la huella que dejan no es fácil de mostrar: sólo un creyente es capaz de hacerlo. Y naturalmente, para ello tendrá que liberarse de sus creencias y tener el valor y el talento necesarios para hacerlo. Es lo que Craig Thompson ha hecho en esta sensible, dulce y excelente novela gráfica en la que narra su infancia y su primer amor desde la perspectiva del cristianismo fundamentalista del medio oeste estadounidense en que se crió.
Blankets es una historia invernal, en la que los exteriores son de nieve: la del Poe más aterrador y también la del manto de pureza cristiano. En ese escenario Thompson sufre, disfruta, vive y asiste perplejo a sus propios recuerdos con respecto a su familia: un padre aterrador, francamente; una madre cálida pero lejana y un hermano más pequeño con quien protagoniza momentos verdaderamente tiernos. La novela se apoya en un dibujo de trazos gruesos, detalles controlados y hace un buen uso de la viñeta como recurso expresivo.
Tanto sus aventuras fraternales, como su paso por el instituto y su relación con su primer amor están tamizados por el velo de la escuela dominical, esa inquietante institución religiosa que va cubriendo la mente y hasta el cuerpo de los niños de un lodo lleno de prejuicios y disparates. Es en ese sentido en el que el testimonio de Thompson alcanza un valor insuperable, explicando y mostrando las huellas que una fe asfixiante va dejando tras de sí.

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martes, 25 de agosto de 2009

Nuestro lado oscuro, de Élisabeth Roudinesco

Pocas veces recordamos cuándo hemos escuchado una palabra por primera vez. Sólo algunas palabras extrañas -hace sólo unos días aprendí lo que es un acápite- y normalmente asociadas con recuerdos de confusiones infantiles. No recordamos cuándo escuchamos casa o tierra por primera vez, aunque el vídeo haya llegado para hurtar nuestros olvidos y nos muestre cuándo dijimos nuestras primeras palabras. Pero ése es otro problema. Recuerdo bien , no obstante, cuándo oí por primera vez la palabra 'perverso' y supe de su significado, asociado desde entonces a la imagen, algo encorvada, siempre inquietante y sombría de Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf. Lo recuerdo porque la vi en aquella sorprendente televisión de 1960 en la que se emitían con subtítulos películas como esa y pregunté qué era aquello de perverso. No sé qué voluntariosa definición me darían, pero la palabra me ha perseguido desde entonces. Para bien, claro.
Esta sociedad es más perversa en cierto modo que los perversos a los que ya no sabe definir pero cuya voluntad de goce explota para mejor reprimirla después.
Así son las conclusiones a las que llega Élisabeth Roudinesco en Nuestro lado oscuro, Una historia de los perversos, un libro excelente -para perversos o no- que explica la evolución del concepto de la perversidad desde la Edad Media, con Gilles de Rais, como contrapunto perverso de Juana de Arco, hasta nuestros días, cuando
Jamás el sexo, en sus formas más variadas, ha suscitado tantos trabajos, nunca ha fascinado en igual medida, nunca ha sido tan estudiado, teorizado, examinado, sondeado, exhibido e interpretado como en nuestra sociedad, que, al liberarlo de la censura, la coacción y la servidumbre al orden moral, ha creído encontrar en el enunciado del goce de los cuerpos la solución al enigma del deseo y de sus intermitencias.
Porque Roudinesco encuentra, a través de la historia, un camino tortuoso que enlaza las primeras perversiones -como vestirse de hombre una mujer- a la Alemania nazi y los campos de concentración, hoy incuestionable perversión número uno en el imaginario colectivo. Con Sade y Freud como nombres más destacados, Roudinesco explica cómo las primeras perversiones basadas en la existencia de un dios, han dado paso a la ciencia.
Aunque es un fenómeno un poco más complejo que lo que la autora relata -el libro es, por fuerza, un poco superficial-, la evolución de la sociedad y de los tabúes ha llevado a una simplificación de la perversión: hoy sólo son perversos los pedófilos y los terroristas como representantes del mal absoluto. El problema es que
Si ninguna perversión es concebible sin la instauración de interdictos fundamentales –religiosos o laicos- que gobiernen las sociedades, ninguna práctica sexual humana es posible sin el apoyo de una retórica. Y precisamente porque la perversión resulta deseable, al igual que el crimen, el incesto y la desmesura, hubo que designarla no sólo como una trasgresión o una anomalía, sino también como un discurso nocturno donde se enunciaría siempre, en el odio a uno mismo y la fascinación por la muerte, la gran maldición del goce ilimitado.
Hoy la sociedad apenas si establece interdictos, antes bien, alienta explicaciones científicas reductoras y empobrecedoras. Como bien dice Élisabeth Roudinesco
Tal vez algún día el discurso de la ciencia, a fuerza de oponer una negación a todo lo que tiene que ver con la subjetividad inconsciente, consiga hacer creer que la perversión no es más que una enfermedad y que los perversos pueden ser eliminados del cuerpo social. Sin embargo, eso significará que el término «desviación» se habrá impuesto para designar, de forma perversa, todos los actos transgresivos de que es capaz la humanidad: los peores y los mejores. Sin duda llegado ese día tendremos que renunciar, a costa de la creencia en una posible erradicación del mal absoluto, a la admiración que nos inspiran buena parte de aquellos que hacen avanzar la civilización.
El libro no incluye ningún catálogo de perversiones, pero sí una excelente bibliografía, que me he permitido subir aquí. En resumen, una excelente aproximación a un asunto oscuro y atractivo, en el que, además de mirarnos a nosotros mismos, hemos de mirar alrededor buscando quién comparte según qué cosas.

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lunes, 24 de agosto de 2009

Windy habla, de Lars Gustafsson

No hay más que ir un poco más allá del sueco habitual en los últimos meses para encontrar otros escritores nórdicos con algo más que decir. Puestos a escoger, se puede empezar con Lars Gustaffson y este inquietante y mágico relato de una sola voz titulado Windy habla. Es otra novela breve, de esas que sólo el ojo aparentemente descuidado de un lector que pasea por las estanterías es capaz de encontrar. Si a eso se añade que está editado por una buena editorial de ensayo, poco dada a los experimentos cuando hace incursiones en el campo de la ficción, la bondad del libro está (casi) asegurada.
Windy es una peluquera que vive en una caravana con sus dos hijas gemelas en una ciudad de Texas. Mientras corta el pelo a un catedrático de una cercana universidad, le explica su vida hasta ese momento, la de algunos de los personajes principales de la ciudad que han pasado por sus tijeras y un poco también de la filosofía que la mantiene con vida.
Nada más que un insólito, bien ejecutado y modulado diálogo entre dos personas en el que sólo habla una con lucidez y mordacidad, dejando que sean los hechos y las acciones las que juzguen la época y el momento.
[…] en el fondo, no me siento parte de la humanidad. Sólo soy alguien que está aquí para observar y ver lo que ocurre.
Diálogo que gira en torno a unas pocas anécdotas sobre el juez Caldwel -personaje que aparece en otras novelas de Gustafsson-, el profesor van de Rouwers, un negocio de grasa de hamburguesería, un cazador de ratas...
Con una traducción quizá excesivamente fiel, Windy alterna el lenguaje culto -trabajó en la biblioteca de la universidad- con el de la pobreza del sur de Estados Unidos, sin que el conjunto chirríe lo más mínimo.
Cualquiera puede ir al mundo de ultratumba, decía siempre el profesor van de Rouwers. Es de lo más fácil. Sí, la verdad es que todos vamos antes o después. Pero el arte está en ir y volver. Y tenía toda la maldita razón.
En cierto modo me ha recordado un poco -y salvando las necesarias distancias- el ritmo de Ibsen, esa cadencia que conseguía en la historia, lo que le permitía ir soltando pequeñas perlas entre las frases del relato, no tanto frases muy elaboradas como pensamientos muy elaborados, incontestables. Sin que el relato o la acción se resintiesen lo más mínimo.

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martes, 18 de agosto de 2009

El Rastreador, de Jiró Taniguchi

No sé porqué, este verano está siendo muy de descubrir o de hacer cosas por primera vez. ¿Será que me acerco a los 50 y estoy re-naciendo? Por ejemplo, además de la pila habitual de papeles impresos y encuadernados pendiente se han unido al menos cuatro o cinco títulos digitales. No pdfs ni docs, no, auténticos libros digitales que no existen en otro formato y que me interesan. Pero de eso ya hablaremos otro día.
Hoy toca repetir con un autor al que sigo de cerca desde hace tiempo, con una novela gráfica un poco más floja que las anteriores, más policíaca y menos poética, aunque mantiene el trazo firme y el ritmo denso de sus libros anteriores.
El Rastreador tiene, además, la particularidad de haber sido editado a la japonesa. Aunque está en castellano, hay que leerlo de atrás adelante y de derecha a izquierda, lo que convierte la lectura en una experiencia ciertamente singular. Reconozco que me costó -tal vez unas mínimas instrucciones de uso serían deseables- al principio, pero después hasta lo he disfrutado. Eso sí, porque se trata de Taniguchi, que escribe y dibuja con deleite y a quien conviene acompañar despacio, no ha habido problema. No sé que puede pasar con otros autores que exijan una pauta de lectura más rápida.
El Rastreador es la historia de un montañero encargado por su compañero de cordada de cuidar de su familia antes de morir en el Himalaya. Cuando la hija de su amigo desaparece, Shiga parte a Tokyo en su busca.
Menos filosófico y más comercial, El Rastreador es un hermoso canto a la constancia y a la amistad. Leyéndolo he recordado qué es la montaña y por qué, al marcharse Óscar Pérez, todos nos hemos ido un poco con él, dejando atrás la pared de piedra, el silencio.

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viernes, 14 de agosto de 2009

El ferrocarril de Ujo-Taruelo a Collanzo, de Eduardo Fernández

Este libro me plantea más preguntas que respuestas, por varias razones. La primera, porque está escrito por mi hermano, lo que distorsiona el juicio que de él pueda tener. La segunda es mi propia participación en su desarrollo, ya que he colaborado en su edición y corrección. La tercera, y tal vez la más importante, es su temática, su alta especialización. Esto no es una novela ni un libro de historia, aunque tenga un poco de cada.
El ferrocarril... está escrito para conmemorar el 75º aniversario de la presencia en el valle del Aller (Asturias) de las líneas ferroviarias de vía métrica de la compañía Vasco-Asturiano primero y de FEVE después. Desde su génesis en forma de planos topógraficos hasta su inauguración y el uso ciudadano de una línea que recorre este valle, pero sobre todo recorre la historia y la vida de muchos asturianos.
Al margen de su historia como medio de comunicación, de su implicación en la política -nacional o local-, o de su importancia económica, estas líneas ferroviarias del siglo XX son, antes que nada, un entramado de usos sociales y de memorias de gran valor. No son grandes ejes ferroviarios ni circulan por ellas prestigiosos trenes, pero sí explican con sencillez el desarrollo de nuestro país y de sus ciudadanos. Y ese es el principal valor de este libro, bien documentado -exhaustivamente, diríamos su esposa y yo-, que incluye docenas de imágenes imprescindibles para cualquier aficionado al ferrocarril.

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miércoles, 12 de agosto de 2009

Enredadas, de Elisabeth G. Iborra

Cuando todos los años se hace pública la cifra de libros editados en España -los famosos 60.000 más o menos- los lectores nos quedamos con cara de tontos, pensando en cuántas maravillas nos perderemos. Tirando por lo bajo, me salen 20 o 30 libros anuales que se me van a escapar y la proporción de todos los libros que no podré leer, desde que el tío Gutenberg inventó el kindle analógico, es geométrica.
Se cuenta que tras sus campañas triunfales, los césares recorrían Roma con un esclavo a la espalda que les decía: "recuerda que eres mortal". Pues bien, cada vez que ves un libro en una biblioteca, en la librería o en algún suplemento, el ISBN te susurra: "recuerda que nunca podrás leerlos todos".
Además, por cada libro bueno, hay también 500 poco afortunados. Así que, como mi economía de la atención es muy valiosa, y la vuestra más, no me entretendré mucho con esta guía, más simpática y voluntariosa que verdaderamente útil, sobre cómo disfrutan las chicas a través de internet, el cibersexo y otras relaciones.
Bien diseñada y mejor ilustrada por Diana Cabarcas -las ilustraciones ocupan todas las páginas pares-, la autora de Enredadas mezcla el reportaje de SuperPop con los consejos de Cosmopolitan y los títulos de cualquier dominical, aunque termina por hacer una lista casi sonrojante de pasos, instrucciones de uso y "especialidades" sexuales que pueden encontrarse en la Red, sin ofrecer ni un solo enlace, lo que tiene guasa.
Reconozco no ser el público objetivo al que se dirigen este tipo de guías, pero aún así, sostengo que tomar un poco más en serio al lector nunca está de más. Aunque tenga 16 años y las hormonas disparadas.

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martes, 11 de agosto de 2009

Feliz aniversario, Marvel

Nunca he sido muy de superhéroes, pero tuve mi "etapa marvel" claro está, cuando existían la Patrulla X, Dan Defensor o La Masa. Nunca me identifiqué mucho con ellos, así que hoy sus clones en inglés -X-Men, Dare Devil y Hulk- tampoco me dicen nada. Tuve debilidad por este Capitán Marvel, un extraterrestre perplejo enviado a la Tierra para destruirnos, pero que siempre terminaba por salvarnos y metido en un consejo de guerra por sus congéneres.
También disfruté mucho con Spiderman, con sus problemas de adolescente inadaptado y sus poderes exóticos. Era como un diablo cojuelo del siglo XX, capaz de ver la ciudad desde sus entrañas y hoy me apena que fuese un buen personaje literario, pero entontecido y desperdiciado para usarlo en productos de masas sin alma.
Hoy Marvel celebra sus primeros 70 años de vida como editorial con muchos actos en las librerías de cómics de Estados Unidos. Enhorabuena. Sin Marvel, el mundo del cómic no sería el que es.

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lunes, 10 de agosto de 2009

El control de la palabra, de André Schiffrin

Cada vez me gusta más el mundo de la edición y de los editores, sobre todo de los llamados independientes, los que no son enormes conglomerados de varias empresas de comunicación, llenos de sinergias y frialdad. Schiffrin, es uno de estos, hijo del fundador de la colección La Pleiade y editor de The New Press y un analista fino y preciso a la hora de explicar los peligros y las consecuencias de los movimientos de concentración que han vivido las editoriales en Francia, en Estados Unidos y en el Reino Unido.
El control de la palabra, verdadero aviso de lo que puede suceder si desaparecen los pequeños editores y los pequeños libreros, es un libro que se echa en falta en España, donde la edición es un mundo plácido y silencioso que jamás -más allá de unas quejas genéricas- manifiesta nada. De puertas afuera, no hay cifras, no hay análisis, no hay la más mínima reflexión, como si la sociedad -nosotros, los lectores- no tuviese derecho a saber cómo está el sector.
Así que hay que conformarse con inferir, gracias a textos como éste, lo que sucede en España. Schiffrin explica bien -es un libro muy breve- los entresijos de la edición francesa, los números, la concentración y la amenaza que supone para los pequeños editores independientes y para el pensamiento crítico. Cómo la connivencia entre poder político y económico "arregla" acuerdos entre empresas que sólo piensan en el dinero, no en la cultura
Francia se convertía así en el único país del mundo en el que sus esenciales órganos de prensa están en manos de vendedores de armas y aviones militares, Lagardère y Dassault, que poseen entre los dos el 70% de la prensa francesa.
Schiffrin analiza también el papel de la prensa en esta melé de empresas y medios culturales y propone algunas soluciones desde un realismo no exento de ciertas dosis de utopía, desde una izquierda real, como cuando señala que
[…] no sería realista esperar una nacionalización de Dassault o de otros grupos de prensa, pero la idea de un control del periódico ejercido por los equipos que se encargan de él merece ser discutida. Es evidente que los Dassault y sus iguales tratarían de contratar sólo a personas que secundaran sus puntos de vista, pero los periodistas competentes no abundan y, si las redacciones se limitaran a incorporar a los más conservadores, sus lectores acabarían resintiéndose.
Por último, este editor francoestadounidense que vive a caballo entre ambos países, lanza un desafío "el control de los medios y de nuestra manera de pensar por parte de los grandes conglomerados no es una fatalidad ligada a la globalización, sino un proceso político al que cabe oponerse con éxito." Pues eso, a oponerse.

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jueves, 6 de agosto de 2009

Metafísica de los tubos y Estupor y temblores, de Amélie Nothomb

Por algún sitio empiezo el repaso por las muchas lecturas de estas últimas semanas. En este caso, las dos novelitas de esta escritora belga, lúcida y divertida, por cierto muy bien traducida por Sergi Pámies. La ficción de Amélie Nothomb se alimenta desde que comenzó su carrera de los años de infancia y juventud que pasó en Japón, donde su padre estaba destinado como diplomático. Así que a la hora de escoger, en cierto modo da igual qué texto se escoja: todos muestran, sin rencores y con un punto de acidez, las muchas diferencias que existen entre Japón y Occidente, siempre desde la admiración de una niña y su deslumbramiento inicial al descubrir la clase de mundo en la que vivía.
En Metafísica de los tubos, Nothomb se centra en los primeros años de su vida, en su creencia -alimentada por la adoración sin límites de su aya japonesa- de ser un dios y en sus jugueteos con la muerte y otras obsesiones que se descubrirán a lo largo de las demás novelas. Porque ese es el astuto juego que Nothomb nos propone: dejar que sea ella la que dosifique sus experiencias y vivencias casi como un coleccionable, lo que le permite publicar con muchas asiduidad, aunque sea a costa de una brevedad un poco reprochable. Las anécdotas y su mirada, curiosa, perpleja, admirada y horrorizada juega a su favor y el lector termina por perdonar ese incesante trocear de su vida en varios discursos temáticos.
Esta metafísica, un poco más reflexiva que otros textos, explica y describe el descubrimiento del placer como eje de la personalidad humana, con el contrapunto, no menos humano y personal, del asco:
Sólo nuestras repulsiones nos definen realmente.
En cuanto a Estupor y temblores -un título excelente, por cierto-, se trata de una novela más descriptiva, con la empresa japonesa como escenario. Allí, toda la mentalidad machista, jerárquica e implacable de Japón se muestra en todo su esplendor. Nothomb compone un retrato bastante duro de la empresa japonesa y de sus empleados, del trabajo y su cultura -más bien un culto: es casi una deidad-, y de cómo afecta a las mujeres, francamente muy maltratadas por una sociedad que las considera iguales que los hombres, pero con un papel totalmente sometido a reglas y convenciones de muy difícil comprensión.

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