miércoles, 28 de octubre de 2009

Propiedad Intelectual, ¿Bienes públicos o mercancías privadas?, de Igor Sádaba (y II)

Al hilo de este excelente libro para comprender qué es la propiedad intelectual y la ficción -otra más- en la que está basada la economía actual, estos días se ha sabido de las reuniones secretas de las grandes compañías para conseguir una nueva legislación más restrictiva sobre el copyright y la pretensión de cortar internet a quienes intercambien archivos. Eso unido a la pretensión de las operadoras telefónicas de terminar con las tarifas planas y cobrar por datos, dan idea de la gravedad de este asunto.
Igor Sádaba articula un discurso coherente y fácil de seguir en torno a la propiedad intelectual, las patentes, los derechos de autor y la maraña legal en la que se ha convertido un tipo de propiedad ante el que ni siquiera los estudiosos se ponen de acuerdo en si considerarla o no una 'propiedad'.
El texto de Sádaba es un magnífico punto de partida para no perdernos en un debate que ya Marx había profetizado: que el saber sustituiría al trabajo manual y que no hay una correlación real entre las innovaciones y las patentes y el progreso, un término económico que se ha apropiado del discurso social. Sádaba utiliza la historia de la legislación como línea vertebral sin perder de vista sus efectos o las intenciones originales de los gobiernos, por ejemplo
[...] el primer modelo de copyright (el inglés) surge como forma de censura y monopolio de los monarcas protestantes sobre los textos y los libros, y no como modo de protección de la invención o como fomento de la creación (tal y como esgrimen los discursos más contemporáneos) […]
Aunque Sádaba no explica la aparición del autor ni porqué, solo el cuándo, analiza con agudeza el debate entre los impresores y los autores. También cómo los sociólogos y los abogados forman el anverso y el reverso en las leyes y el proceso de judicialización de la investigación, por el que las compañías pasan más tiempo litigando que innovando, lo que lleva a un serio conflicto entre las patentes, la sociedad, los medicamentos, la genética y el software, por ejemplo.
Con la ayuda de economistas y sociólogos, Sádaba explica porqué
[el capitalismo global] no puede funcionar adecuadamente sin la conversión forzada de determinados objetos sociales en mercancías, sin la metamorfosis de “lo intangible” (trabajo intelectual) en valor de mercado mediante algún tipo de dispositivo institucionalizado que realice la conversión: la propiedad intelectual.
Y todo ello, como veíamos al principio con la intención de crear un “nuevo derecho" para gobernar la ciencia, la cultura y la tecnología desde la economía mundializada”. No es un problema de descarga de películas, sino de que la propiedad intelectual está creando un nuevo mercado y eso provoca tensiones ya que
[...] la propiedad intelectual es, también un filtro sutil, un sistema legal que controla y regula la evolución tecnológica actuando como matriz de cambios sociotécnicos.
El libro está lleno de tablas estadísticas que son muy útiles y establecen un buen punto de partida para desarrollos posteriores, además de incluir varios casos clásicos -y disparatados- como el de las patentes de Edison y Hollywood, o el caso Moore: unos laboratorios patentaron una línea celular de su propio bazo y la patente no es suya. El libro está disponible totalmente gratis en este enlace de Google Books.

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Propiedad Intelectual, ¿Bienes públicos o mercancías privadas?, de Igor Sádaba (I)

Mi padre no compartió conmigo muchas cosas; su filosofía no le permitía hacerse cargo de sus hijos hasta su mayoría de edad y, hasta ese momento, la jurisdicción sobre nosotros era casi de la exclusiva responsabilidad de mi madre. Cuando llegó esa mayoría de edad, como es lógico, no estaba yo por la labor de compartir nada con mi padre, más preocupado por compartir pensamientos, sustancias y sobre todo fluidos con otras personas.
Cuando yo descubrí las muchas enseñanzas que mi padre podía compartir conmigo, el tiempo había transcurrido en exceso y mi vida tenía derroteros y compromisos que me impedían pasar más tiempo con él. Sin embargo, de la escasez hicimos virtud, de tal forma que si tuvimos, pongamos diez conversaciones -nunca habrá un número exacto-, no he olvidado ni una coma de ellas, tan excepcionales e interesantes fueron.
Una de ellas fue para compartir la perplejidad que ambos manifestábamos ante el concepto de autoría aplicado a las obras colectivas: ¿quién era, en efecto, el verdadero autor de los programas que realizaba entonces con mano férrea en Prado del Rey? ¿Qué parte alícuota tenía el director, que elegía los temas? Incluso ¿qué parte podía corresponderle al cámara que cerraba el plano siguiendo sus indicaciones? El retraso, aunque leve, al pinchar una cámara u otra, ¿no constitutía también cierta autoría? Por no hablar de guionistas y hasta de presentadores. Es verdad que las leyes, en su implacable precisión definen bien quién ha de ser el autor de una obra colectiva, pero no era de ellas de quién hablamos.
Ni él ni yo sabíamos, aunque si sospechábamos, que la propiedad intelectual y el concepto de autor estaban sufriendo un monumental cambio de paradigma, al que nuestro país llegaba con algo de retraso pero también con mucho entusiasmo para adoptar sin cuestionarse cuantas legislaciones fueran necesarias para entrar en la modernidad. Viene a cuento este largo excurso para recomendar primero, y explicar porqué, después, el libro Propiedad Intelectual, ¿Bienes públicos o mercancías privadas? de Igor Sádaba, inagotable fuente de sorpresas y de citas, de conceptos y armas para enfrentarse al muy complejo y fascinante debate en torno al copyright.
La actualidad y la gravedad del asunto son permanentes, con el intercambio de archivos por internet y la élite de los creadores instalados en una perplejidad defensiva bien triste como extremos opuestos de un asunto al que es difícil acercarse sin maximalismos.

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martes, 27 de octubre de 2009

Cosa de risa, de William Saroyan

Escrita originalmente en 1951, qué mal ha envejecido esta novela de William Saroyan, un excelente narrador, con un sentido del ritmo para los diálogos envidiable. Si técnicamente la novela es excelente -vaya aquí, claro está, el reconocimiento a Stella Mastrangelo, su traductora-, me temo que la historia en sí se ha quedado antigua y sin que el tiempo transcurrido desde su publicación la haya convertido en clásica.
Saroyan desarrolla una tragedia en clave costumbrista con un matrimonio en dificultades que tiene dos hijos, un niño y una niña. Su llegada a un pueblo de California para pasar las vacaciones no consigue acabar con los problemas de la pareja, antes bien desencadena un conflicto de consecuencias fatales.
Novela muy dialogada, punteada de amorosas descripciones del paisaje de viñas y juegos infantiles, su conflicto resulta a estas alturas casi incomprensible y los personajes se dejan arrastrar por un destino que llega a ser confuso en algunos pasajes. Pero hay también una extraña y amarga poesía en otros:
Escucharon la respiración del chico y la niña dormidos, y oyeron el pasado exhalar un suspiro de arrepentimiento. Y oyeron el presente exhalar adiós.
lo que justifica de sobra su lectura, sobre todo para aprender a dar vida a los diálogos.

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Hambre cero

¿Es una causa perdida? ¿Una ingenuidad? Es posible, pero a lo mejor si se dice, se grita y se promueve con todas las fuerzas, a lo mejor nos hacen caso. Es una vergüenza el hambre en el mundo, que los miembros de nuestra especie, sólo por nacer en el lugar equivocado, la padezcan. Y es verdad que técnica y económicamente es posible. Moralmente, es indispensable hacerlo.

Carta al Presidente del Gobierno Español José Luis Rodríguez Zapatero, que representará el próximo turno en la presidencia europea.

Querido Presidente:
Somos la generación que por primera vez en la historia puede erradicar el hambre. Y estamos dispuestos a hacerlo.
Por eso le solicitamos que haciendo uso de su cargo como Presidente del Gobierno y representando la presidencia europea del próximo semestre, nos ayude a difundir este mensaje de esperanza. El mensaje es claro e inequívoco: ERRADICAR LA DESNUTRICIÓN SEVERA EN EL MUNDO ES POSIBLE y ayudándonos de nuevos tratamientos y programas basados en los alimentos listos para el consumo (RUF acrónimo de Ready-to-use food) desde la Unión Europea y el primer mundo podemos lograrlo. Además le incitamos a la creación de programas específicos y masivos para el reparto de estos alimentos-tratamientos contra la desnutrición como puede ser Plumpy’nut (elaborado en los propios países, siendo un programa sostenible socialmente)
Agradeciendo de ante mano su implicación en el asunto, que en conocimiento de ilusiones y compromisos así será, también nos gustaría que este mensaje fuera introducido en el foro de la Alianza de Civilizaciones, pues no hay mayor alianza que la que se genera cuando una civilización ayuda a subsistir a otra, después de años de olvido. El primer mundo tiene esa deuda. Apoyamos también la idea de que Al Gore haga una película contra el hambre en el mundo, pero creemos que es más importante la implicación de políticos, personas al fin y al cabo, que ostentan cargos como el suyo. Nosotros trabajaremos en el mismo camino en lo que nuestra capacidad como ciudadanos comprometidos nos permita.
Fdo. Los ciudadanos que van a erradicar el hambre en el mundo

La carta se puede firmar aquí
La idea partió de aquí

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jueves, 22 de octubre de 2009

Dándole vueltas, de Frederik Peeters

Bueno es saber que, además de quesos, vacas y relojes de cuco, Suiza alberga autores de cómic tan personales como Frederik Peeters, autor de esta antología de 26 historias de sus primeros diez años como escritor y dibujante de historietas. En seguida se descubre que Peeters tiene un mundo propio, una forma de reconocer la realidad especialmente aguda, sobre todo cuando el objeto de su mirada es su propio país.
Las historias que se narran en Una botella al mar, dedicada a una familia de refugiados kurdos en Ginebra, y otra no titulada, en la que desmonta paso a paso la situación del consumo de drogas en Suiza, son demoledoras. Peeters no hace concesiones a la corrección política, a la componenda. Su perplejidad ante la actuación de las autoridades en relación con sus vecinos kurdos es sincera por su lucidez. En el tema de las drogas, sin embargo, su perplejidad deja paso al análisis y a la toma de posición, a señalar las contradicciones de la política y la sociedad.
Peeters no desdeña utilizar materiales oníricos -como en Monzón y en Upsidedown- que poseen una extraña poesía, una ternura oscura. Su trazo a la hora de dibujar es muy interesante, cambiante según la historia, con un buen uso de sombras, las masas de color, los tiempos y el ritmo de las narraciones, que abarcan varios temas: biográficos, políticos o simplemente estremecedores como Sarajevo 2000 o El país de la felicidad.
En su obra hay animales, niños y adultos, en blanco y negro, y en color, pero siempre una mirada entre sutil y directa, mucho más madura y profunda de lo que se esperaría de sus 35 años.

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Los anillos de saturno, de W. G. Sebald

Hace tiempo que vengo observando una cierta escuela periodística de crónica que se basa en acumular fragmentos aparentemente dispersos que después se revelan como parte de un todo. Ya sabemos que el arte contemporáneo en general vive hoy del fragmento, de la constatación de que la realidad es fragmentaria y de que no podemos pretender ni abarcarla ni comprenderla por entero.
Pues de todo eso participa Winifred Georg Sebald, un escritor fascinante, poderoso en sus minuciosas descripciones, un guía seguro y firme a través de lo que nos rodea, lo veamos o no. Su prosa es como un río, ancho y caudaloso, pero también tranquilo, con las orillas accesibles en todo momento. Su invitación a viajar con él tiene muy poco de imposición, es casual, aunque en un momento dado, el lector deja de mirar las orillas y se queda con él.
Los anillos de Saturno son el resultado de un viaje que el autor realizó a pie por el condado de Suffolk, Inglaterra, por parajes no del todo desconocidos para él. Sebald no descubre nada, ni siquiera de sí mismo, aunque sí se sorprende en ocasiones ante sus propias sensaciones. Se limita a dejar que el paisaje reconozca su presencia y, al mismo tiempo, complete la visión previa que Sebald lleva consigo.
[...] tendemos a confundir la complejidad creciente de nuestras construcciones espirituales con un paso adelante en el conocimiento, mientras que, al mismo tiempo, ya intuimos que nunca vamos a poder comprender los imprevistos que ciertamente determinan nuestra carrera.
Dice en momento dado. Sebald parte de su conocimiento, de unos pocos datos eruditos sobre el paraje o la villa que visita para contárselos a sí mismo y relacionarlos con el paisaje, en una especie de 'metaviaje' a través de la historia: de Napoleón a las guerras mundiales, de escritores como Chateaubriand, de cultivadores de gusanos de seda, de obreros y de reyes.
Aunque sea un lugar común, Sebald describe la realidad como si fueran jirones de niebla, sueltos, a derecha e izquierda, desorientados. No la ve a través de la niebla, sino que la realidad es la niebla. Todo el texto está salpicado por imágenes de los sitios y algunos recortes significativos de acontecimientos relacionados con su viaje, pero es curioso cómo las fotografías apenas aportan algún dato, tal es su capacidad para describir su camino. De vez en cuando, como una pausa al borde del camino, surge alguna reflexión más bien oscura y un poco depresiva.
Sobre cada forma nueva ya se cierne la sombra de la destrucción. Esto es, la historia de cada uno, la de todos los estados y la del mundo entero, no transcurre sobre un arco que se alza cada vez más lejos y de forma más bella, sino sobre una trayectoria que, una vez que se ha alcanzado el meridiano, desciende a la oscuridad.
Tengo la impresión de que Sebald, en contacto con el mundo -con un mundo que es el suyo, que conoce-, lo comprende en un sentido amplio, como si hubiese llegado a una comunión total con el paisaje, con sí mismo y sus recuerdos. Pero ese conocimiento, esa comunión es también conciencia de su fragilidad, de la del mundo y desde él, de su propia indefensión: “[…] siempre que uno se imagina el futuro más hermoso está ya encaminado a la siguiente catástrofe.”

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viernes, 16 de octubre de 2009

Black Jack, de Osamu Tezuka

Ahora que ya me hecho al formato y que soy capaz de leer manga en su sentido original, he disfrutado mucho con la lectura del primer volumen de Black Jack, un conjunto de pequeños episodios autoconclusivos creados por Osamu Tezuka, uno de los grandes autores japoneses del siglo XX, creador por ejemplo de personajes como Astroboy.
Las historias de Black Jack están, evidentemente, destinados a un público juvenil, pero plantean cuestiones interesantes, con una intención más didáctica que moralista. El dibujo tiene la dosis habitual de calidad e ingenuidad a partes iguales que distingue al cómic nipón.
Black Jack, el protagonista, es un cirujano prodigioso que ejerce por su cuenta bajo demanda. Tiene luces y sombras, un pasado que apenas se intuye pero se presume oscuro y su vida está situada en una frontera permanente, no porque desprecie la ley sino por los usos que los poderosos hacen de ella. Claro que no es un héroe al uso y tiene mucho de fantasía, pero Tezuka no se ríe de sus lectores y los trata con el respeto que se merecen, aunque sean pequeños.

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lunes, 12 de octubre de 2009

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, Saki

Siempre me ha resultado sorprendente, y eso que soy bastante anglófilo, la capacidad de los ingleses para desarrollar una escuela de humor propia y definida. Mientras en España los humoristas han estado inscritos con mejor o peor fortuna en sus respectivos movimientos literarios, según la época, o más bien por libre e inclasificables, en el Reino Unido siempre ha existido una conexión entre épocas, un hilo tenue que permite reconocer, aún en las traducciones, el humor británico.
Desde Chaucer a Tom Sharpe, el humor británico no ha dejado de tener una personalidad propia, por encima de las modas, las corrientes y las épocas. Claro que hay grandes nombres, como Maugham o Chesterton, pero incluso aquellos autores que sólo se han aventurado con alguna pieza humorística como Wilde o que han introducido alguna breve situación de humor como Ford Madox Ford, tienen ese aire de familia. Un humor siempre tierno con sus criaturas, lejos de esa burla chulesca, rancia y cruel de señorito, tan querida por estos pagos y que tantos representantes tiene en la radio y los periódicos de la derecha.
Sospecho que la causa está en la propia sociedad británica, en la rigidez de sus modales y sus normas de convivencia, lo que provoca el gusto por la transgresión, por destruir esas normas desde dentro que exhiben los escritores británicos y que les son tan comunes. No sé si este estilo diferenciado es aplicable a la imagen -estoy pensando en Mister Bean, pero también en Benny Hill-, que parece distinta y sin embargo similar.
Viene esto a cuento de estos deliciosos -tratándose de un inglés, ése es el adjetivo- cuentos de humor y horror de Saki, cortos e intensos como un trago de oporto, dulces en su escritura y corrosivos hasta decir basta en su trasfondo. Cuando uno contempla los defectos de la sociedad en la que vive, y por tanto los hace propios, la actitud de negarlos o de hacerlos visibles con escándalo y seriedad parece inevitable; Saki, como otros humoristas británicos, es capaz de situarse a tal distancia que todos esos defectos se ven ajenos y cómicos.
No banales, ni vulgarizados, cómicos. Saki no busca la podredumbre ni la sátira cruel, sino una especie de distancia liberadora, de tal forma que las grandes y las pequeñas cuestiones de la vida cotidiana se ven tan relativizadas que mueven a risa. Saki, además, es un maestro de la situación, del momento único capaz de alterar toda una vida. Los planteamientos de sus cuentos son tan sencillos que se resumen casi en dos palabras: un visitante es confundido con otra persona; la falta de comunicación provoca un momento más que embarazoso; un niño que no sabe perder...
Es después, cuando el momento inicial se ha explicado, cuando Saki deja que sea la lógica de los acontecimientos la que guíe a sus personajes, en ese momento es cuando asistimos asombrados a las consecuencias y la sonrisa aflora como única solución. Casi da miedo su capacidad para detectar las flaquezas, para resumir en una línea el carácter de las personas, pero también se lo agradecemos, aunque sólo sea para vernos en el espejo con otra mirada.

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viernes, 9 de octubre de 2009

La ciencia española no necesita tijeras

Es verdad. No sólo por nuestra necesidad de cambiar de modelo productivo y abandonar el ladrillo, sino para recuperar el lugar que tenemos gracias al esfuerzo individual de muchos científicos.



Fue una idea de La Aldea Irreductible

jueves, 8 de octubre de 2009

Olimpita, de Hernán Migoya y Joan Marín

Tengo la impresión, no respaldada por los datos, de que la historieta en España empieza a gozar de una mala salud de hierro, en términos creativos. Puede que las tiradas sean cortas y no haya un gran reconocimiento social, pero no dejan de salir títulos de calidad al mercado. Olimpita es un buen ejemplo de ello. No conocía la obra de Joan Marín, que tiene un dibujo potente y expresivo, aparentemente sencillo, pero con una técnica compleja. Su juego con los volúmenes y las texturas me han recordado, salvando las distancias, a Alberto Breccia.
Olimpita narra la historia de una mujer atrapada por un marido brutal y el deseo indefinible de escapar. Hernán Migoya es un viejo conocido y un buen guionista, capaz de sorprender con un inesperado giro de la historia y enriquecerla. Hay violencia doméstica, inmigración, amor y un retrato amable de uno de esos mercados de cualquier ciudad que parecen inmóviles en su cotidiana actividad, pero que también ocultan un mundo de relaciones insospechado.
Olimpita es como una especie de continuación de Tapas, la tierna y singular película de José Corbacho, pero con más mala leche, para entendernos.

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martes, 6 de octubre de 2009

Madrid, ¿necesita unos Juegos Olímpicos? (y 2)

Lamento que a los componentes del Comité Olímpico Internacional el muy sensato –y humano- “meteos los Juegos por dónde os quepan”, de algunos miembros de la candidatura, no les haya gustado. Pues cuando les lleguen los ecos de los blogs, no sé qué dirán; ah no, si los prohibieron durante los Juegos de Pekín.
Respecto de los Juegos, cabe el componente emocional y hasta la ilusión por vivirlos, como me señalaba mi amiga Malena en otro sitio. Pero el sueño de vivir unos Juegos no tiene porqué incluir la incomodidad de sufrirlos. Puestos a soñar, mola más pasar un mes en Londres o en Río de Janeiro viendo los deportes, que atado al volante del coche mientras una comitiva de prebostes y directivos se desplaza de un punto a otro de la ciudad.

¿Para qué necesita Madrid unos Juegos? Hablemos de Barcelona, haciendo la salvedad –bien señalada por mi amigo Albert en otro sitio- de que tampoco los resultados para sus habitantes, 17 años después, sean como para tirar cohetes. Quien haya conocido Barcelona en los años 1980, como es mi caso, recordará una ciudad mediterránea de espaldas al mar, un puerto comercial que no invitaba precisamente a prolongar mucho la estancia, y no por falta de atractivos, sino por la distancia –más psicológica que real- entre ellos.

Barcelona necesitaba los Juegos –y qué suerte que tuvieron con sus administradores, que lo entendieron-, para integrarse, para transformar una ciudad que tenía y tiene limitaciones de espacio por su orografía, pero que se merecía una oportunidad para desarrollarse. La conversión de un puerto oscuro en una puerta al mar, fue fundamental para que sea hoy lo que es, una ciudad moderna en el sentido más amplio, aunque tenga sus problemas. Los Juegos fueron la excusa para conseguir llevar a cabo un proyecto que, sin ese acicate, se hubiera perdido entre administraciones e intereses particulares.
La transformación de Barcelona me recuerda a la construcción de la Gran Vía de Madrid, hecha sobre los mismos pilares: un proyecto claro, la unanimidad de administraciones y particulares y la sensación de cambiar, de verdad, la ciudad. Nada de eso se ha producido con el proyecto olímpico, ni mucho menos con los sucesivos mandatos de los últimos regidores de la ciudad.

Todas las obras acometidas en esta ciudad en los últimos años son parches, más o menos extensos, bien sobre zonas que necesitaban reformas urgentes, bien sobre áreas bien dotadas pero muy útiles en términos de imagen. Mientras la Barcelona de hoy se sustenta sobre un gran proyecto de transformación de toda la ciudad, con los defectos y limitaciones que sin duda tuvo, Madrid se sostiene sobre muchos pequeños planes de reformas en una espiral continua de obras superpuestas.
Desde el Plan de Saneamiento Integral, obra de los alcaldes José Luis Álvarez (UCD) y Tierno Galván (PSOE) no ha vuelto a existir ni un solo plan, ni un solo proyecto global e integrador para la ciudad. Las alcantarillas y el suministro de agua funcionan de maravilla, claro y, me parece, que las obras han terminado –el plan era a varios años vista- y están pagadas.

Entre las tres administraciones que padecemos se han desarrollado obras, en lo sucesivo y desde entonces:
del metro sin diseñar un plan para el transporte público
de carreteras sin un proyecto sobre accesos a la ciudad combinado con el anterior
de construcción de túneles para enterrar las obras anteriores sin planes de futuro
de aceras y calles sin el más mínimo plan de integración del pavimento, de sus colores y materiales; por no hablar del mobiliario urbano o la especulación con locales históricos.
Añádanse las obras de las compañías de suministros varios, de los accesos ferroviarios, de la construcción de grandes equipamientos, etcétera. Todo, sin la más mínima coordinación, a su bola que diría un castizo, y concentrado en su mayor parte en los distritos centrales.

Me duele esta ciudad porque era la mejor del mundo para vivir y lleva años rozando lo inhabitable, tomada por ignorantes y hotentotes más preocupados por medrar que por trabajar, por administradores más atentos a salir bien en la foto que a preocuparse por lo que no se ve. Pobre villa de las siete estrellas, pobre.

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lunes, 5 de octubre de 2009

Madrid, ¿necesita unos Juegos Olímpicos?

Batalla perdida 1
Si los medios de comunicación no hubiesen abdicado de su obligación educativa, las personas sabrían que una Olimpiada es el periodo de cuatro años entre unos Juegos y los siguientes y que no son sinónimos.

Batalla perdida 2
Si los medios de comunicación hubiesen ejercido su responsabilidad, se debería haber producido un debate real sobre la necesidad que esta ciudad tiene de organizar unos Juegos Olímpicos, en lugar de cerrar los ojos ante las promesas de negocios para todos y los supuestos beneficios para una ciudad espectacularmente endeudada.

Madrid tiene una deuda mayor que la de todas las capitales de provincia juntas. Ni mis hijas terminarán de pagarla: gracias, José María Álvarez del Manzano y Alberto Ruiz Gallardón.
¿Necesita Madrid unos Juegos? Dejando aparte la muy justificable sensación de que “se metan los Juegos por donde les quepan”, Madrid, antes de plantearse siquiera su organización, necesita:
- Que tanto el Gobierno central como el autonómico paguen por las molestias continuas que supone albergar la mayoría de las instituciones del Estado y de la Comunidad.
Nota para los medios: ¿qué pasó con la Ley de la Capitalidad?
- Un alcalde nacido en Madrid, que conozca la ciudad desde San Blas a Aluche, con una idea clara de su personalidad y de sus necesidades; consciente de que Madrid tiene cientos de kilómetros de aceras hechas un desastre en los barrios.
- Un alcalde que gestione la basura y la limpieza de la ciudad, que solucione los problemas del tráfico, el ruido y la contaminación, sin maquillar los datos ni ocultar la realidad.
- Un alcalde que simplifique y potencie la apertura de nuevos locales de música, de salas y de espacios al aire libre para que los jóvenes hagan botellón o lo que les dé la gana sin molestar a los vecinos.
Nota para los medios: ¿qué pasó con las licencias de apertura y de obras, ya está todo aclarado?
Sobre todo, lo que esta ciudad necesita es un equipo de gobierno eficaz, que conozca la ciudad a fondo y se la tome en serio, que tenga un proyecto y el deseo de convertirla en una ciudad de su tiempo.
Después, con todo solucionado, hablamos de los Juegos.

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