jueves, 21 de enero de 2010

Mi siglo, de Aleksander Wat

No hace falta explicar mucho porqué durante varios años España estuvo bien surtida de novelas, ensayos y libros en general sobre ‘experiencias carcelarias en la Unión Soviética’ y, en general, sobre el estalinismo y sus perniciosos efectos sobre la libertad. Aunque también es cierto que era más difícil encontrar títulos críticos con el nazismo que hallar ejemplares de Mi lucha, en su momento, ya terciada la década de 1960, fue un éxito de ventas el clásico Prisionera de Stalin y Hitler, de Margarete Buber-Neumann, libro por cierto reeditado el año pasado por razones inexplicables.
Es éste, pues, un género muy particular de memorias y relatos –Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsyn, es otro- que tuvo su apogeo durante la guerra fría y que, en general, mostraba equilibradamente los horrores y sevicias de las cárceles de las dictaduras. Hoy, los testimonios sobre las cárceles de Argentina o el exterminio de los camboyanos conviven en los anaqueles en un empate de corrección política.
Por eso, en un primer momento, resulta difícil de entender que Mi siglo, de Aleksander Wat, haya tardado tanto en tener una traducción al castellano, dado que se trata del testimonio de primera mano de este escritor polaco sobre su paso por las cárceles soviéticas. Incapaz de escribir por una grave enfermedad cerebral –que no mental-, Wat consintió en grabar sus conversaciones con el premio Nobel Cheslaw Milosz, de quien ya hemos hablado, para recoger así sus vivencias desde 1930 hasta su exilio fuera del telón de acero.
En las primeras páginas de las más de mil que tiene el libro quedan claras las razones por las que el franquismo nunca juzgó conveniente su publicación. Y es que Wat, que no se escuda en ningún momento en la inocencia o la ingenuidad, fue un compañero de viaje del comunismo que sólo a fuerza de experiencias y de razonamientos terminó abandonando su esperanza –pues no era otra cosa- de que el comunismo cambiara la Historia para bien.
Estas memorias son un verdadero friso vivo de unas décadas cruciales y una época especialmente interesante, que se leen como una novela apasionante. Es, por supuesto, irregular, y hay momentos aburridos, aptos sólo para especialistas en literatura polaca del siglo XX. Son los pensamientos y las vivencias de Wat lo mejor, antes y después de su paso por las cárceles; cómo sus ideas van evolucionando a medida que la realidad y las personas se iban redefiniendo con el tiempo.
Esa evolución -arribista y oportunista en otros escritores- es en Wat un descubrimiento de sí mismo que comparte con sus lectores, sin justificarse ni defenderse por ignorancia, ya que nunca fue militante del partido comunista. Wat reconoce cómo de la ignorancia pasó a la inocencia y de éstas, a la perplejidad y la decepción. Pero mientras en la política Wat se analiza a sí mismo con pasos vacilantes, en sus juicios literarios es terminante y sus análisis, aunque se refieran a muchos autores o movimientos que no conozco, son brillantes, así como sus reflexiones sobre la literatura en general y sobre la historia de Polonia.
En resumen, un texto único y muy recomendable para comprender un poco mejor qué es lo que llevó a un buen grupo de intelectuales y personas inteligentes a unirse al comunismo, las más de las veces de buena fe. También es significativa la línea que Wat traza entre la sensación de haber llegado a un límite, que presidía buena parte del pensamiento de la década de 1930, y la posterior destrucción que la guerra provocó en Europa.

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