lunes, 1 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (III)

Dentro de las generalidades sobre el mundo de la edición que estamos viendo, ha llegado el momento de hablar de los requisitos imprescindibles que debe tener el editor. Requisitos que no implican una edad determinada, porque en este oficio la experiencia se nota más en la velocidad para solucionar los problemas que en otros menesteres más lucidos.
Para editar es imprescindible ser un lector. Hay que leer, desde los libros de instrucciones de los electrodomésticos a novelas que nunca reconoceremos haber leído; autores consagrados, tochos infumables de nuestras aficiones y profesiones; blogs disparatados, webs de calidad, cualquier texto debe ser siempre una tentación ante nuestros ojos.
Eso no quiere decir que haya que leerlo todo al completo: nuestra primera obligación como lectores es disfrutar de la lectura, pero nunca está de más echar un vistazo a todo lo que nos cae en las manos. Leyendo es como las palabras y la gramática se hacen familiares; como la convención que es el lenguaje cobra todo su sentido. La lectura es un entrenamiento de la edición: por ejemplo, a fuerza de ver que delante de un pero hay muchas veces una coma, si al editar no vemos ese signo nos saltarán las alarmas; puede ser a propósito, pero también una errata.
Pero lo fundamental a la hora de editar es comprender el texto y, a través de esa comprensión, saber a ciencia cierta qué quiere decir el autor. No se trata de cuestionar al autor, sino de saber con la mayor certeza posible, qué dice. Lo que nos lleva a un segundo e imprescindible requisito: la humildad. Tenemos que ser conscientes de nuestros límites y saber qué textos podemos editar con garantías y con cuales sólo podemos hacer un trabajo digno.
Está claro que no es lo mismo editar una obra de Heidegger que un manual de funcionamiento de un dvd. Y hay que ser honesto con uno mismo, porque no se trata de una cuestión de aburrimiento: cualquiera de los dos textos que pongo de ejemplo pueden resultar un generador de bostezos. Es la preparación y nuestra capacidad de comprensión del texto original la que va a marcar la diferencia, lo que también se aplica a las traducciones.
No siempre -y hablo de la edición profesional- es posible elegir los textos que más se acerquen a nuestro pensamiento y nuestras aficiones. Si puedo elegir, prefiero editar un texto sobre Geografía que sobre Física, aunque me gusten ambas disciplinas, pero por mi formación soy más capaz de comprender una obra sobre ordenación del territorio que un análisis del principio de incertidumbre.
Ésa es la honradez con la que debemos partir.

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