jueves, 4 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (IV)

La edición es un diálogo que se mantiene entre el editor y el autor, aunque sean la misma persona. Diálogo que se ha extendido también a estas reflexiones, lo que agradezco desde aquí por dos razones: me enriquecen vuestras ideas y me obligan a continuar.
Recapitulemos sobre los requisitos necesarios para editar, lo que incluye también nuestros propios textos: primero, ser lector y segundo, ser honesto intelectualmente con nuestros conocimientos y habilidades. Un tercer requisito es el espíritu crítico, no como una especie de soberbia -del tipo ”¿pero qué dice éste”-, sino como un permanente ejercicio de duda.
No hay nadie libre del error. Un abogado escribe “La Constitución española tiene 150 artículos”. Qué numero tan redondo. No cuesta más que unos segundos comprobar que, desgraciadamente, son algunos más: 169 sin contar disposiciones, etc. Nunca debemos dar por supuesto y por válido ningún dato, ninguna cifra de nadie salvo que la tengamos delante. Otra cosa son los argumentos, que son del autor y de los que él se hace responsable. Pero datos, estadísticas, nombres de lugares, es preciso comprobarlos. Siempre, salvo que nuestro propio conocimiento sirva de aval.
No se trata de discutir la autoridad del autor, ni de dudar de su solvencia, sino de recordar que todos podemos equivocarnos, que existen países en los que nuestro familiar sistema métrico no se usa y que 20 millas no son 20 kilómetros. Uno de los más divertidos errores de la historia de la astronáutica -puesto que nadie murió- fue el de la nave Mars Climate Orbiter en 1999, fruto de una colaboración a todos los niveles entre la NASA y la ESA. A todos los niveles salvo uno: nadie se dio cuenta de que las cantidades y coordenadas se estaban calculando en dos sistemas diferentes. Todos dieron por supuesto que el otro usaba el mismo sistema, sin comprobarlo.
Por eso, cuanto más leamos, más familiares nos resultarán ciertas magnitudes -la edad de la Tierra-, ciertas fechas -las guerras mundiales-, ciertos conceptos -la composición de los cereales del desayuno- o ciertas cifras -cinco de cada diez editores, son la mitad (que dirían Les Luthiers)-. Editar es prolongar un texto más allá, es darle sentido también en esos pequeños detalles, pero con la mirada puesta en el conjunto: si un texto habla de la conquista del Oeste y sus vaqueros, traducir a euros las cantidades o a metros las yardas es un sinsentido.

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