jueves, 25 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (XI)

Apunta Jetro en un comentario la posibilidad de que el texto sea obra “de un profesional que necesita transmitir una idea a un cliente pero - al menos a los ojos del editor - no logra plasmar sus pensamientos en el papel”. En el ejemplo que yo proponía, la intención del interlocutor era clara, pero es cierto que, en muchas ocasiones, nos vamos a encontrar con personas capaces que no saben, sin embargo, expresar sus ideas.
El contacto entonces con el autor es fundamental, no tanto para que nos explique el texto, puesto que no le encontrará ninguna pega, como para que nos 'cuente' qué quiere decir. Es decir, sin llegar a estudiar con él párrafo a párrafo qué pretende, sí debe contarnos -y nosotros traducir a nuestra lengua- cuál es su idea. Aún por mail, puede resultar más provechoso que explique coloquialmente su intención y ser el editor el que lo redacte finalmente.
Es verdad que no hay editor capaz de adivinar la intención final de ningún texto, pero sí puede acercarse y establecer cierta neutralidad en el tono del texto. Preguntar al autor, desde la ignorancia y sin prepotencia, aunque se tenga confianza, pocas veces falla, sobre todo en ámbitos académicos. Para la literatura es mejor disfrazarlo todo de sugerencia e hilar fino. En el ejemplo que explica Jetro, no hay más remedio que 'acabar' las frases, bien con la ayuda del autor, bien con la experiencia propia.
Si es necesario hay que apoyarse en las autoridades indiscutibles: diccionarios, otros autores, etcétera, para defender, explicar o entender el texto original. En muchas ocasiones, el empleo de un término con un significado que no es el suyo se puede corregir con facilidad si el resto del texto está acorde. Si hay muchas contradicciones entre lo que se expresa y lo que se piensa, y el autor no está por aclarar o cambiar nada, entonces no hay más remedio que hacer una edición 'ligera' y que sea el responsable original quien lo justifique.
En cualquier caso, me temo que aguantar los palos por una mala interpretación -que puede ser supuesta- va con el oficio.

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