domingo, 31 de enero de 2010

Cómo editar un texto (II)

No sé cuánto me durará el afán evangelizador respecto a la edición, pero comprobado que hay a quién le interesa, continúo.
Aunque la diferencia más notable entre la edición de textos destinados a una publicación impresa y la de textos destinados a internet es la limitación de espacio de la primera, creo que podemos obviarla, habida cuenta de que también los cms -los programas que permiten la gestión de los contenidos de una web- tienen sus limitaciones y que la experiencia que los autores de blogs comprueban es que son más leídos los textos más cortos. O, mejor dicho, internet permite que un texto tenga la extensión que el binomio tema/autor quiera, sin limitaciones por arriba o por abajo debidas a otros condicionantes.
Está muy extendida la costumbre de utilizar el corrector de ortografía de los programas de escritura cómo único medio de control del texto recién creado. Sin embargo, estos correctores -muy útiles por otra parte- se centran únicamente en las erratas, en las faltas que los dedos cometen al pasar del pensamiento al teclado y no pueden suplir una necesaria segunda -y tercera, cuarta...- lectura de lo escrito; una edición, en resumen.
Si escaneamos una página de cualquier novela del siglo pasado, de las consideradas de calidad, un Cela, un Rushdie, casi cualquiera por poner un ejemplo, y convertimos el pdf en un texto en word, el resultado es sorprendente, con palabras y, sobre todo, verbos, subrayados en rojo o verde señalando unos supuestos -y equivocados- errores gramaticales. Este experimento, accesible a cualquiera, explica porqué es tan difícil la inteligencia artificial y lo poco que podemos fiarnos de los correctores de los programas comerciales.
Por eso, la edición, considerada como una escritura enriquecida, atenta a los ritmos del texto, a la puntuación, incluso a los errores provocados, los modismos, el estilo y la sintaxis personales del autor, es tan necesaria.

viernes, 29 de enero de 2010

Tipografía moderna, de Robin Kinross

Este post está dedicado a Soledad Puértolas, una escritora singular y una persona encantadora, ahora nombrada para ocupar un sillón en la Real Academia.
No puedo recomendar este libro, demasiado especializado y académico, pero es lo que hay; de vez en cuando uno mismo debe sorprenderse. Robin Kinross hace una historia de la tipografía diferente, más atento a las ideas y los movimientos que a la sucesión en el tiempo de tipos y tipógrafos habitual en otras historias. Eso permite descubrir que los debates actuales -en torno a la web- sobre usabilidad o legibilidad se arrastran desde hace un siglo y que hay mucho más en común entre las artes de la imprenta e internet de lo que parece: las palabras impresas no son percibidas por el oído, sino por la vista, según señala el propio autor.
Me ha llamado la atención lo incómodo del libro como tal, ya que se trata de un volumen muy ancho, con el texto sin justificar y las notas al margen. Supongo que la colección de la que forma parte estará así diseñada, pero como lector no me ha gustado nada.
Por lo demás, tiene más de manual que de guía, pero incluye varios ejemplos tipográficos y una excelente bibliografía. Se puede consultar el índice aquí.

jueves, 28 de enero de 2010

Cómo editar un texto (I)

Poco a poco, como si fuéramos dinosaurios ante un meteorito, los editores de texto impreso vamos desapareciendo de los medios de comunicación y me temo que también de las editoriales. Es una lástima, porque es la buena edición la que establece la calidad y el prestigio de un medio, con la misma intensidad que la información en sí. Aunque en su origen la edición fuera sólo una cuestión del texto impreso, lo cierto es que cualquier texto destinado a cualquier medio -incluso en éste- necesita de una edición, más o menos amplia, más o menos rigurosa.
Editar bien un texto es difícil y exigente, porque la edición no es sólo cuestión de ortografía o gramática, que también, sino de sensibilidad para conocer un texto al menos como lo conoce su autor. Editar no es saber lo que el autor quiere decir realmente, ni corregir, ni matizar, ni añadir, ni cambiar. Editar es volver a escribir el texto tal y como el autor lo hizo, como el Quijote de Pierre Menard que tan bien supo ver Jorge Luis Borges.
Tratándose de textos impresos, la edición incluye conseguir que el texto entre en el espacio a él destinado, pero sin cortes o ampliaciones, en un juego sutil de letras y espacios, de palabras y, sobre todo, de respeto por el autor y por su obra. Este respeto se aplica tanto a los textos de grandes autores como a los de principiantes, sin más distinción que el mucho o poco aburrimiento que nos provoquen los textos.
Después de veinte años editando textos, algo he aprendido de este extraño oficio, en el que sólo se triunfa y se alcanza el reconocimiento con el anonimato.

viernes, 22 de enero de 2010

Algunas páginas molonas

Compartir, descubrir y alucinar son lo que mejor define lo que las personas son capaces de hacer en internet. Estas son las últimas herramientas, páginas y sitios que he descubierto.

Scribd
Para subir documentos de todas clases sin límite de espacio, públicos, privados o sólo para tus contactos. Todos los documentos los convierte en presentaciones que se pueden incrustar, enviar, etc. Este es un ejemplo con una bibliografía sobre el concepto de perversidad.

Bibliografía Perversos

Treemkt
Ofrece la posibilidad de poner en contacto a empresas y consumidores a través de sus productos. Te registras, recibes lo que te interesa y comentas y compartes qué te ha parecido el sabor de los últimos cereales o la textura de un jabón.

¿Quién es esa bloguera?
Una interesante aproximación a la presencia de las mujeres en la blogosfera. No están todas, pero permite descubrir las razones por las que la presencia femenina en los blogs sea más reducida que la masculina

Humor inteligente
Hay mucho humor incomprensible o vulgar en la Red, así que el trabajo de El Mundo Today se agradece, por sus noticias irreverentes, divertidas. Ironía y complicidad con los lectores y una lectura diferente de la realidad.

jueves, 21 de enero de 2010

Mi siglo, de Aleksander Wat

No hace falta explicar mucho porqué durante varios años España estuvo bien surtida de novelas, ensayos y libros en general sobre ‘experiencias carcelarias en la Unión Soviética’ y, en general, sobre el estalinismo y sus perniciosos efectos sobre la libertad. Aunque también es cierto que era más difícil encontrar títulos críticos con el nazismo que hallar ejemplares de Mi lucha, en su momento, ya terciada la década de 1960, fue un éxito de ventas el clásico Prisionera de Stalin y Hitler, de Margarete Buber-Neumann, libro por cierto reeditado el año pasado por razones inexplicables.
Es éste, pues, un género muy particular de memorias y relatos –Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsyn, es otro- que tuvo su apogeo durante la guerra fría y que, en general, mostraba equilibradamente los horrores y sevicias de las cárceles de las dictaduras. Hoy, los testimonios sobre las cárceles de Argentina o el exterminio de los camboyanos conviven en los anaqueles en un empate de corrección política.
Por eso, en un primer momento, resulta difícil de entender que Mi siglo, de Aleksander Wat, haya tardado tanto en tener una traducción al castellano, dado que se trata del testimonio de primera mano de este escritor polaco sobre su paso por las cárceles soviéticas. Incapaz de escribir por una grave enfermedad cerebral –que no mental-, Wat consintió en grabar sus conversaciones con el premio Nobel Cheslaw Milosz, de quien ya hemos hablado, para recoger así sus vivencias desde 1930 hasta su exilio fuera del telón de acero.
En las primeras páginas de las más de mil que tiene el libro quedan claras las razones por las que el franquismo nunca juzgó conveniente su publicación. Y es que Wat, que no se escuda en ningún momento en la inocencia o la ingenuidad, fue un compañero de viaje del comunismo que sólo a fuerza de experiencias y de razonamientos terminó abandonando su esperanza –pues no era otra cosa- de que el comunismo cambiara la Historia para bien.
Estas memorias son un verdadero friso vivo de unas décadas cruciales y una época especialmente interesante, que se leen como una novela apasionante. Es, por supuesto, irregular, y hay momentos aburridos, aptos sólo para especialistas en literatura polaca del siglo XX. Son los pensamientos y las vivencias de Wat lo mejor, antes y después de su paso por las cárceles; cómo sus ideas van evolucionando a medida que la realidad y las personas se iban redefiniendo con el tiempo.
Esa evolución -arribista y oportunista en otros escritores- es en Wat un descubrimiento de sí mismo que comparte con sus lectores, sin justificarse ni defenderse por ignorancia, ya que nunca fue militante del partido comunista. Wat reconoce cómo de la ignorancia pasó a la inocencia y de éstas, a la perplejidad y la decepción. Pero mientras en la política Wat se analiza a sí mismo con pasos vacilantes, en sus juicios literarios es terminante y sus análisis, aunque se refieran a muchos autores o movimientos que no conozco, son brillantes, así como sus reflexiones sobre la literatura en general y sobre la historia de Polonia.
En resumen, un texto único y muy recomendable para comprender un poco mejor qué es lo que llevó a un buen grupo de intelectuales y personas inteligentes a unirse al comunismo, las más de las veces de buena fe. También es significativa la línea que Wat traza entre la sensación de haber llegado a un límite, que presidía buena parte del pensamiento de la década de 1930, y la posterior destrucción que la guerra provocó en Europa.

jueves, 14 de enero de 2010

Censura y libertad de expresión

A diferencia del anterior manifiesto, que publiqué tal cual y expliqué después, con este, he preferido explicar primero algunas cosas y enlazarlo después. Como ya comenté, esto no es cuestión de defender la 'cultura' gratuita, ni de legitimar el robo de ninguna propiedad, sea intelectual o de otra cosa. Por no ser, no es tampoco una cuestión de darle lecciones a nadie sobre cómo llevar su negocio.
Este debate, que no se puede descalificar como pretenden algunos porque existan otros problemas en nuestra sociedad muy elevados en una supuesta escala de gravedad, es el de la censura y la libertad de expresión, de uno de los pocos artículos de la Constitución de 1978 que se ha ido cumpliendo, sobre todo desde la llegada de Internet.
La disposición pergeñada por el Gobierno para proteger los legítimos derechos de los propietarios de creaciones sujetas a la propiedad intelectual es un error y una vuelta a las leyes preconstitucionales, porque deja en manos de una autoridad administrativa la decisión de cerrar o no una página web, en el caso de que esa página contenga elementos que, a juicio de esa autoridad, vulneran o podrían vulnerar la propiedad intelectual de terceros. Todo ello bajo una pintoresca tutela judicial consistente en que el juez decida si la página se cierra con arreglo a la ley o no, sin entrar en el fondo del asunto: si se produce o no una vulneración de la propiedad intelectual.
La disposición incluye otros conceptos que han causado bastante perplejidad entre los juristas y una intención clara, según otros: sustituir a los tribunales civiles, hasta ahora encargados de los asuntos relacionados con la propiedad intelectual -y que, dicho sea de paso, no han dado nunca la razón a la SGAE-, por el tribunal de lo contencioso-administrativo, más complicado y caro.
Mientras con el sistema actual, las entidades de gestión de derechos de autor han tenido que pagar las costas de los procesos civiles que han perdido -todos-, con el nuevo sistema cualquier indemnización la paga el Estado, es decir, los ciudadanos.
Pero la discusión jurídica, con ser importante, será cosa de expertos. A mí me preocupa que, tanto el procedimiento elegido para cerrar cualquier web, como su resolución se haga bloqueando las direcciones, ejerciendo una censura, a mi juicio intolerable, de lo que cualquiera pueda escribir o decir en su página web.
Un ejemplo claro de esta censura, si el texto de la ley se queda como está, es el siguiente: en esta reseña del libro Tristes trópicos escrita por mí, he incluido un enlace a una página en la que se puede descargar dicho libro. Si la editorial propietaria de los derechos de este autor en español considera que ese enlace los perjudica, puede dirigirse a la comisión creada y pedir el cierre cautelar de este blog. El juez acepta el cierre, puesto que se ajusta a la ley, sin entrar en si yo he vulnerado o no la propiedad intelectual de los herederos de Levi-Strauss.
La comisión cierra el blog, de momento: bien dirigiéndose a Google, que alberga este espacio, o a las compañías telefónicas para que bloqueen la dirección concreta. Después, esa misma comisión decide si he cometido algún delito: si es que sí, cierre permanente; si es que no, pelillos a la mar, aunque es difícil que estas compañías gigantes te devuelvan nada. Y si recurro -un pleito contencioso-administrativo, caro y lento-, me pagaré yo mismo la indemnización a través de mis impuestos si es que el Estado pierde el pleito.
Por eso, porque la esencia de internet son los enlaces y porque como ciudadano tengo el derecho a comunicar libremente lo que me dé la gana, es por lo que apoyo este nuevo manifiesto, que puede copiarse y distribuirse desde aquí.

miércoles, 13 de enero de 2010

Tristes trópicos, de Claude Levi-Strauss

Anda que no he tardado en decidirme por leer este gran clásico de la literatura étnica y antropológica. Mira que me lo recomendó Santiago Montes, catedrático de Teoría de la Información y uno de los pocos maestros de los que guardo admiración y respeto. Pero ese hilo sutil que forma la red de nuestras lecturas necesitaba de otros nodos, de otras obras para situar este texto en su lugar correcto.
Sin ser su obra magna, Tristes trópicos es el gran espejo en el que Levi-Strauss, fallecido el año pasado, se miró a sí mismo y contempló a la Humanidad con unos ojos sabios, comprensivos y hasta dulces. No a la manera de un padre que acepta nuestras faltas, sino como un igual que se ha comprendido a sí mismo y comparte con sus lectores su análisis.
A ratos, Tristes trópicos tiene algo de ajuste de cuentas sutil de un mundo y una sociedad desaparecida, en la que encuentra un profundo respeto por los sujetos que estudia y, por extensión de sí mismo y de su trabajo. Pionero en la comprensión de la extrema complejidad de nuestro mundo, Levi-Strauss se dio cuenta al poco de comenzar sus trabajos etnográficos en el Brasil de 1930, que
[La] mezcla de maldad y estupidez […] lenta y progresivamente iban brotando como agua corrompida, de una humanidad saturada de su propio número y de la complejidad cada vez mayor de sus problemas.
También de cómo la codicia ilimitada nos pone a todos en peligro, denunciando la globalización avant la lettre de comienzos del siglo XX:
Aquí, el suelo ha sido violado y destruido. Una agricultura de rapiña se apoderó de una riqueza yacente y luego se fue a otra parte, después de haber arrancado algunas ganancias.
De sus relaciones y profundos estudios de los bororo y los nambiquara, los mundé, y los tupí-kawaíb –grupos humanos del interior de Brasil-, Levi-Strauss obtuvo más conocimientos sobre la Humanidad en general que sobre esas etnias en particular, demostrando a cada línea su profundo respeto por los sujetos que estudia. Por ejemplo, son muy conmovedoras sus imágenes de India.
Aunque a veces muestra una cierta nostalgia fría y científica cuando se refiere a exploraciones antiguas, Tristes trópicos también refleja mucho del pensamiento indómito y provocador de su autor, como cuando escribe sin asomo de duda que
Se necesita mucha ingenuidad o mucha mala fe para pensar que los hombres eligen sus creencias independientemente de su condición. Lejos de que los sistemas políticos determinen la forma de existencia social, son éstas las que dan un sentido a las ideologías que las expresan.
El libro termina con unas interesantes reflexiones sobre el Islam y los musulmanes, que conviene tener en cuenta y recordar hoy a la vista del debate que genera en nuestras sociedades, porque
[…] los musulmanes se enorgullecen de profesar el valor universal de grandes principios: libertad, igualdad, tolerancia, y revocan el crédito que pretenden afirmando al mismo tiempo que son los únicos en practicarlos.
El libro se puede encontrar en casi cualquier biblioteca y en formato pdf para descarga en este enlace.

sábado, 2 de enero de 2010

Slavoj Zizek presenta a Trotsky, Terrorismo y comunismo

Pasado, y sobrevivido, el 2009, hay que empezar 2010 con ganas, con muchas lecturas y algunos repasos. Se quedó pendiente entre las fiestas esta provocadora e interesante respuesta de León Trotsky a Karl Kautsky publicada a raíz de los ataques que éste dirigía a la revolución rusa. No he sido lector asiduo de Trotsky, un poco por pereza y también por cierta ortodoxia partidista de juventud, pero nunca es tarde.
La idea de esta colección de la editorial Akal –unir filósofos de renombre con pensadores del pasado- tiene un origen oscuro: fue originalmente propuesta por uno de mis primos con más talento, Antonio Antón, y desarrollada después por la editorial sin contar él.
Zizek hace una lectura y presentación de la obra de Trotsky a su estilo: provocadora y singular. Aunque pueda resultar incongruente hoy en día, recuperar determinados textos de Trotsky no supone ningún ejercicio nostálgico, sino más bien establecer una línea de pensamiento que explica y conecta sucesos del pasado con la situación presente, aclarando –o eso me parece a mí- y explicando la historia de los últimos decenios. Por eso, sigue siendo válido y Zizek así lo constata:
El reproche básico de Trotsky a la democracia parlamentaria no es que otorgue demasiado poder a masas no educadas sino, paradójicamente, que pasiviza demasiado a las masas y cede la iniciativa al aparato de poder estatal (a diferencia de lo que sucede con los «soviets», donde las clases obreras se movilizan a sí mismas y ejercen su poder directamente).
Como en la base del pensamiento de izquierdas hay una relativa desconfianza en la democracia burguesa, el llamado “menos malo” de los sistemas políticos, es difícil reconocerse en ella, cuando, elecciones tras elecciones, comprabamos que
[…] el derecho ideal de influir sobre los destinos del pueblo por las elecciones parlamentarias apenas es más real que la felicidad que hace poco se le prometía en el reino de los cielos.
No estoy tan preparado como para entrar aquí en eso, sobre todo por la conciencia clara del resultado final de las más significativas revoluciones del siglo XX. Terrorismo y comunismo de Trotsky es un buen ejercicio de realismo, de pulcritud revolucionaria en su explicación de muchas de las acciones llevadas a cabo en Rusia durante el establecimiento de la dictadura del proletariado, lo que supuso un salto inesperado respecto de las etapas previstas por Marx.
El texto es también una excelente crítica del pensamiento socialdemocráta y de algo que ya sostenía Rosa Luxemburgo: “[…] quienes esperan la llegada de las condiciones objetivas de la revolución esperarán para siempre; esa misma posición del observador objetivo (y no del agente comprometido) constituye el principal obstáculo de la revolución.” Porque al final, cada uno en su ámbito, agrupados o no, con unos medios o con otros, la situación de nuestro mundo y de las personas, de sus recursos y de sus condiciones de vida exigen un cambio. Tal vez no por nosotros, sino por nuestros descendientes.