domingo, 28 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (XII)

Una advertencia previa. No soy un fanático de la corrección académica, pero ante la duda y puesto que escribo en castellano, prefiero dar un pequeño rodeo antes que usar palabras en otros idiomas salvo que sea inevitable. En el primer mundo, según la Unesco, utilizamos de media poco más de 300 palabras de nuestro idioma para comunicarnos. También de media, una lengua romance tiene un vocabulario activo compuesto por más de 25.000 palabras. Así que no está de más que las aprovechemos.
Empecemos por algo sencillo. Un correo que enviamos a alguien de confianza para contar unas primeras impresiones tras un suceso, previas a una cita en la que le daremos más detalles. Hace tiempo que no le vemos, pero no mucho. Más o menos, podríamos decirle:
Hola X
¿Cómo estás? Hace un montón que no nos vemos y tenemos que vernos porque resulta que el otro día me encontré con Y. Hacía un montón que no le veía y me contó un montón de chismes de P y J, así que a ver si nos vemos pronto para hablar.
Yo estaré un montón de horas en el mostrador de M y podemos vernos allí.
Un abrazo
K
En una primera lectura descubrimos al menos 4 'montones', 5 'ver' y un ritmo en las frases raro. Lo primero es utilizar algunos sinónimos para evitar tanto montón y tanta visión. Y después, añadir alguna coma que haga más fácil su lectura.
¿Cómo estás? Hace un montón que no nos vemos y tenemos que hacerlo, porque resulta que el otro día me encontré con Y. Hacía mucho que no coincidía con él y me contó tantos chismes de P y J, que hay para que hablemos un buen rato.
Yo pasaré varias horas en el mostrador de M y podemos vernos allí.
Por supuesto, es un ejemplo exagerado, pero ésta es la idea: escuchar lo que el texto dice y ayudarle a decirlo.

viernes, 26 de febrero de 2010

El crítico peregrino, de Joaquín Marco

Robando tiempo de dónde no hay he conseguido terminar este catálogo, pues no es otra cosa, de las críticas escritas por Joaquín Marco de muchas novelas españolas publicadas en los últimos 50 años. Marco, crítico profesional en varios diarios y suplementos literarios, ha seleccionado buena parte de sus textos y algunos prólogos. La mayoría de las críticas no pasan de las dos páginas, pero se trata de un libro muy extenso en intenciones y también en sus páginas, como se puede comprobar en el índice, ya que forma un corpus razonado de las novelas más importantes del siglo XX.
Obligado por el espacio escaso que los periódicos dedican a la crítica literaria, Marco se ve obligado a escribir de forma sucinta y accesible de las novedades que le llegan. Esa síntesis redunda en beneficio del lector, que encuentra a los autores y sus obras despojados de artificios y justificaciones: una nota biográfica y otra argumental en la que se señalan los defectos y las virtudes del estilo, la trama y la técnica.
Para mí, lector de muchos años pero recién llegado al comentario crítico de lo que leo, ha sido un libro instructivo por su honestidad crítica y por los autores descubiertos. En algún caso, la crítica de Marco me ha ayudado a entender porqué no he leído a este o aquél, al intuir que su estilo o sus argumentos poco me iban a aportar. Hay algunos autores ausentes en su selección de críticas y también en las publicaciones en las que ha colaborado.
Habría que abordar la historia de la crítica española desde el tardofranquismo hasta nuestros días, pues el mundo literario parece dividido no tanto en dos bandos como en dos orillas de un mismo río. Para entendernos, unas publicaciones silencian ciertos autores y obras, mientras que otras desprecian a otras. Desde hace veinte años, los grandes grupos de comunicación son los protagonistas de este absurdo enfrentamiento, que se desarrolla más por razones comerciales que literarias.

jueves, 25 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (XI)

Apunta Jetro en un comentario la posibilidad de que el texto sea obra “de un profesional que necesita transmitir una idea a un cliente pero - al menos a los ojos del editor - no logra plasmar sus pensamientos en el papel”. En el ejemplo que yo proponía, la intención del interlocutor era clara, pero es cierto que, en muchas ocasiones, nos vamos a encontrar con personas capaces que no saben, sin embargo, expresar sus ideas.
El contacto entonces con el autor es fundamental, no tanto para que nos explique el texto, puesto que no le encontrará ninguna pega, como para que nos 'cuente' qué quiere decir. Es decir, sin llegar a estudiar con él párrafo a párrafo qué pretende, sí debe contarnos -y nosotros traducir a nuestra lengua- cuál es su idea. Aún por mail, puede resultar más provechoso que explique coloquialmente su intención y ser el editor el que lo redacte finalmente.
Es verdad que no hay editor capaz de adivinar la intención final de ningún texto, pero sí puede acercarse y establecer cierta neutralidad en el tono del texto. Preguntar al autor, desde la ignorancia y sin prepotencia, aunque se tenga confianza, pocas veces falla, sobre todo en ámbitos académicos. Para la literatura es mejor disfrazarlo todo de sugerencia e hilar fino. En el ejemplo que explica Jetro, no hay más remedio que 'acabar' las frases, bien con la ayuda del autor, bien con la experiencia propia.
Si es necesario hay que apoyarse en las autoridades indiscutibles: diccionarios, otros autores, etcétera, para defender, explicar o entender el texto original. En muchas ocasiones, el empleo de un término con un significado que no es el suyo se puede corregir con facilidad si el resto del texto está acorde. Si hay muchas contradicciones entre lo que se expresa y lo que se piensa, y el autor no está por aclarar o cambiar nada, entonces no hay más remedio que hacer una edición 'ligera' y que sea el responsable original quien lo justifique.
En cualquier caso, me temo que aguantar los palos por una mala interpretación -que puede ser supuesta- va con el oficio.

sábado, 20 de febrero de 2010

El contrabajo, de Patrick Süskind

La novela El Perfume tuvo hace más de veinte años mucho predicamento, no tanto por sus valores literarios, que los tenía, sino por la trama y el atractivo de una época mitificada y llena de contrastes entre la extrema pobreza y el lujo, representada por la corte del rey Sol en Versalles. No había vuelto a leer nada de Patrick Süskind, pero ha caído en mis manos este pequeño volumen de no más de 60 páginas y un cuerpo grande al que he dedicado algunos minutos, porque se lee en un suspiro.
Es más un relato, un cuento -y ni siquiera largo-, editado en su momento a la estela de El Perfume y que se desarrolla en torno al monólogo que un músico profesional sostiene con un interlocutor del que nada sabemos. Con el contrabajo como eje, el protagonista va desgranando reflexiones sobre la música y los demás instrumentos de la orquesta. Es decir, donde teníamos una novela olfativa, ahora tenemos un relato auditivo.
Süskind desgrana los agravios y desgracias que aguardan a los intérpretes de un instrumento que, por otra parte, considera esencial para una orquesta, ya que sin él no es posible ejecutar ninguna pieza, aunque sea a costa de la libertad de quien lo toca.
[…] lo más grande que puede oírse en música hoy en día ha descansado sin discusión sobre los hombros del contrabajo de cuatro cuerdas, desde 1750 hasta el siglo XX; toda la música orquestal de dos siglos.
El protagonista, músico funcionario de una orquesta centroeuropea, se confiesa esclavo del instrumento, al que llegó por casualidad y sin tener el menor talento, sólo por fastidiar a sus padres. Su elección se reveló fatal según dice al explicar el dominio que el contrabajo ejerce sobre sus acciones y sus pensamientos.
Mientras bebe cerveza para reponer los líquidos que pierde cada vez que interpreta alguna pieza, el músico desgrana sus opiniones sobre la música y los nazis, por ejemplo, o sobre algunos autores como Wagner, siempre con un tono vehemente y que no admite réplica.
[A Wagner] le gustaba el ruido, la música teatral, ¿comprende?, los bastidores sonoros, el conjunto de la obra de arte.
Tampoco salen bien parados otros compositores, como Mozart, ni los contrabajistas, de quienes dice que viven una "catástrofe moral". Sólo salva a Schubert. En fin, es un buen monólogo teatral, aunque breve y contiene alguna errata bastante impresentable.

jueves, 18 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (X)

Hasta ahora sólo hemos visto ciertas generalidades de la edición, sin atender a que ésta puede estar condicionada por varios factores que vamos a empezar a tener en consideración. Para ello, voy a centrarme en primer lugar en la edición de textos propios, lo que conlleva varias particularidades encabezadas por nuestro propio ego.
Voy a prescindir de la poesía y los géneros más literarios, porque en ellos el proceso de creación del texto es de reescritura y perfección, no de una edición para hacerlo más legible. Algunas generalidades, como la coherencia y concordancia -el libro de estilo- si son de aplicación a la hora de escribir literatura, pero no voy a entrar en ese jardín.
De lo que se trata es de que nuestros textos, al margen de su intención o estilo, tengan una buena redacción, respondan a nuestro pensamiento y, con suerte, sean reconocibles para quien nos lee. Todo ello sin perder de vista que hablamos de edición y no de escritura. Los primeros pasos, el acto de escribir tiene sus propias leyes y allá cada uno. Tampoco entraré en cuestiones de tiempo. Como es lógico, a la hora de hacer un examen o de escribir un informe urgente, la edición es un lujo que pocos se pueden permitir. Sobre todo en un test o un power point.

102 pasteles salados, de Ana Baschwitz

Mi amiga Ana Baschwitz, que de comunicación sabe bastante más de lo que cree, es también la autora de varios libros de cocina, unidos todos por el objetivo común de no amontonar recetas sin más.
En la cocina, la suya es una búsqueda de la diferencia y eso se nota en las aventuras en las que se embarca. En estos 102 Pasteles salados, Ana no pretende teorizar sobre la contraposición de sabores, sino más bien acompañarnos por un viaje a través de las masas de la cocina española, como las empanadas o las nunca suficientemente alabadas cocas.
También se encuentran en el libro las masas más europeas, comenzando por la de la eterna pizza. No son recetas sencillas, pero tampoco irrealizables, como las que nos suelen presentar los cocineros más encumbrados, cuyos ingredientes, de tan exóticos, son imposibles.

domingo, 14 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (IX)

A estas alturas, obvio es decir que en esto no hay dogmas y que tanto pueden ser tres como una o cien lecturas. La clave de la edición está en el marco general en el que se desenvuelve y en nuestra aportación como editores.
Tomemos ahora un texto enviado a la osita por uno de sus alumnos para su análisis. Tiene cierta trampa porque sólo he escogido un párrafo -precisamente el que más discusión suscitó- de un cuento breve, y eso lo descontextualiza un poco. Pero a los fines que persigo con el ejemplo, nos bastará. El texto, tal y como fue escrito, dice:
Camisetas, zapatillas, melenas, macutos, sacos de dormir, aquellos pañuelos árabes, libros, casettes. Nada escapaba al inflexible olor. Ellos se tenían por rebeldes, pero no se daban cuenta de que habían aceptado la inflexible soberanía del gasoil.
Y la edición al que lo sometí, lo dejó así:
Camisetas, zapatillas, melenas, macutos, sacos de dormir, aquellos pañuelos árabes, libros, casettes. Nada escapaba al inflexible olor. Se tenían por rebeldes, pero no percibían que habían aceptado la implacable soberanía del gasoil.
Hagamos abstracción del autor y de las 'piezas' que faltan: las diferencias entre ambos sirven de guía para lo que pretendo. El texto no se ha reescrito, se ha editado y conserva el estilo del autor. Aún sin contexto, cualquier otra persona lo escribiría de otra manera, a saber:
Camisetas, zapatillas, melenas, macutos, sacos de dormir, los pañuelos árabes y los libros, las cintas con la música... Todo estaba impregnado del olor inflexible. Se consideraban rebeldes, pero acataban sin protesta aquella dictadura del gasoil.
Dice lo mismo, pero está claro que no lo hemos editado, lo hemos reescrito. Sinónimos, comas y ritmo formaban en el texto original un conjunto coherente que había que pulir y cada editor, en función de su experiencia, lo hará de una u otra forma. Pero el resultado final debe respetar esa coherencia: hemos hablado con el texto y lo hemos comprendido para afinarlo, para sacar un poco de brillo.
Sin embargo, al tomar el texto sólo como una idea y reescribirlo desde cero, puedo pensar que lo he mejorado -lo que discutiría el autor original-, pero lo cierto es que no he establecido ningún diálogo con el texto: he impuesto mi criterio sin respetar el valor que el texto original y sus imperfecciones poseía.

viernes, 12 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (VIII)

Normalmente, una tercera lectura suele ser la definitiva y será la que va a establecer la clase de edición a la que vamos a someter un texto. Más adelante, veremos los matices que se pueden hacer a esta guía general. En esta tercera lectura hay que tirarse a la piscina y empezar a dialogar con el texto con tres ideas en mente: evitar las repeticiones de palabras muy seguidas; aclarar cualquier significado o error semántico; y fijar la coherencia interna del texto.
No es difícil comenzar un texto sosteniendo la maldad intrínseca de las sociedades de gestión de derechos de autor y acabar diciendo lo contrario, por culpa de una mala utilización de un verbo o de un tiempo verbal, o por confundir los significados de un mismo término. En esta categoría entran los 'falsos amigos' que, en las traducciones, por bien que uno conozca un idioma, pueden resultar muy dañinos.
Ejemplos los hay a cientos. Hay que prestar atención, sobre todo en el caso de las lenguas próximas, es más fácil confundirse al traducir al castellano cualquier idioma que deriva del latín que si uno se enfrenta a traducir del inglés o el alemán. No hay que avergonzarse ante el uso de diccionarios, amigos hablantes nativos de la lengua en cuestión, foros y otras herramientas.
En el caso de los textos literarios, además, el contacto con el autor puede ser crucial para alcanzar todos los matices de una frase. Hay que dudar siempre de nuestros propios conocimientos: tal vez nuestros amigos franceses  nunca nos lo hayan dicho, pero siempre les ha resultado extraño nuestra propensión en invierno a coger diarreas -constipé-, en lugar de catarros -rhume- que es lo más habitual.

jueves, 11 de febrero de 2010

Wyndham Lewis, un artista total (de verdad)

Mientras pensaba en los excesos mediáticos que hemos vivido a cuenta del cierre de un restaurante, por muy bulli-cioso que fuera, me llegó, gracias a la generosidad de la Fundación Juan March en Madrid, la invitación para asistir a la muestra que dedica al artista británico Wyndham Lewis, fundador del vorticismo, único movimiento de vanguardia que se originó en el Reino Unido.
Wyndham Lewis (1882-1957) fue escritor, poeta, autor teatral, promotor de revistas contraculturales avant la lettre y un pintor inclasificable y genial, un retratista de excepción que, en mi opinión, prefigura la obra posterior de artistas como Bacon.
Marginado en su país por sus coqueteos con el nazismo y por su violencia verbal como escritor satírico, repartió tanta estopa que es la primera vez que se expone una retrospectiva de su obra y se hace en Madrid, donde fue copista en el Prado a comienzos del siglo XX. Antes de morir, la Tate ofreció otra exposición, pero su tendencia a la exageración cerró cualquier posibilidad de reconciliación británica con su obra, según explicaron durante la presentación los responsables del catálogo, el más completo realizado hasta la fecha por cierto, y que pongo a vuestra disposición.
Lo cierto es que Lewis, miembro outsider del círculo de Bloomsbury, fue por sus estudios en Francia y en España, un artista más europeo que británico, un rara avis para muchos que nunca terminó de integrarse en los círculos artísticos de su país. La exposición incluye dibujos -maravillosos-, pinturas, muchas de sus publicaciones y un programa de conferencias y conciertos relacionados con su época.
Estará abierta hasta el 16 de mayo.
En la imagen, retrato de T. S. Eliot (1938) / Cortesía Fundación Juan March

Cómo editar un texto (VII)

No hay un sólo método a la hora de editar un texto y tampoco un orden, pero sí hay cierta cadencia, cierto ritmo a la hora de trabajar. Una primera lectura, con cierto brío, debe detectar las faltas de ortografía, concordancia y significado más obvias, pero también debe dejar en nuestra mente -y ayudarse de unas notas no es malo- el ritmo interno del texto, las cesuras que ese ritmo tiene y porqué se producen, los conceptos que no se entienden y hasta su apariencia; entendiendo ésta como la longitud de los párrafos: si todos son largos, o cortos o parece que se han cortado arbitrariamente.
En una segunda lectura, más lenta, hay que detenerse un poco más en las frases, en sus pausas, en las comas y otros signos. No soy amigo de criticar planes de estudio a cuenta de mis propias experiencias en tiempos lejanos: mis bachilleratos elemental y superior fueron una pesadilla de clases interminables, adoctrinamiento y rutina; no seré yo quién defienda que antes se aprendía mejor porque no es verdad. Lo cierto es que estamos pasando de una cultura basada en el libro a otra más audiovisual y eso provoca tensiones y carencias.
Esto viene a cuento de las comas y otros signos, que encontramos muchas veces arrojadas contra el texto como chinchetas, sin lógica ninguna. Saber colocar comas, puntos y demás no es tanto una cuestión de aprendizaje -o enseñanza- como de lectura: cuanto más leamos, más penetraremos en el ritmo de un texto que, al final, es lo que los signos ortográficos pretenden, darnos una guía de cómo leer el texto. En esta segunda lectura del texto, si es preciso, si nuestra intención en el caso de un texto propio es darle un barniz literario, de calidad, la lectura en voz alta es una buena idea para entender mejor cuál es la música interna del texto.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Para estar al día de internet y no parecer viejuno

Estos días el lanzamiento de Google Buzz ha sido el gran acontecimiento, una vez que el efecto iPad ha pasado. Google Buzz está asociado a las cuentas de correo en Gmail y es una especie de twitter, meme y hasta facebook. Un enlace bajo 'recibidos' en la bandeja de entrada permite escribir y subir enlaces, fotografías o vídeos, que aparecen automáticamente en el perfil que cada uno tiene en Google, como en el mío.
Junto a mis aportaciones figuran los contactos que me siguen y a quienes yo sigo, siempre que tengan una cuenta de Gmail. No es tan futurible como Wave -mal entendido y semi abandonado por gurúes y demás fauna-, pero tiene su gracia como concentrador de pensamientos, estados de ánimo y compartir cosas. Su objetivo es claro: no tanto derrotar a Twitter o Facebook, como establecer su propia red social de compartidos.
Algo que no es novedad, pero sí muy útil y que llevo usando mucho tiempo es Dropbox. Su funcionamiento es sencillo: registro y posterior descarga de un programita en el ordenador o en los ordenadores que usamos. Una vez con él en marcha, Dropbox se convierte en un disco duro virtual de 2 gb al que podemos subir lo que nos dé la gana y tenerlo disponible en tantos ordenadores como queramos o en la propia web. A la hora de andar trasteando con documentos o pdfs de la oficina a casa, en vez de cargar con un pendrive, dejamos que sea Dropbox el que lo sincronice todo. Tiene una versión de pago que ofrece almacenamiento ilimitado.
Para terminar, Foursquare, un juguete para compartir lugares y locales por todo el mundo, con un sistema de puntuación y recompensas para que seas el primero en estar en un sitio, o para que seas quien más sabe del lugar por haber estado muchas veces. Una diversión a la que se saca partido si tienes conexión internetera en el móvil.

martes, 9 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (VI)

Ya hemos visto el espíritu que debe presidir nuestra labor editora, simplificado como coherencia, honestidad, confianza, diálogo, comprensión lectora y crítica.
Hagamos ya una primera distinción entre textos literarios e informativos, porque si bien las grandes líneas de una buena edición son las mismas, no lo son los detalles y, sobre todo, la relativa libertad con la que el editor puede enfrentarse al texto. En el caso de los textos literarios, la complicidad y la confianza con el autor son fundamentales, aunque lo que éste suele esperar de la edición no pasa de la corrección y chequeo de errores.
Aunque todas las editoriales someten a revisión los textos, no es imposible que se deslice algún error, bien por descuido, bien por empecinamiento del autor en sostener algún error de buena fe. Alguno bien conocido pasó por mis manos sosteniendo y no enmendando un error astronómico, insignificante, pero subsanable. Otros, como Javier Marías, son de una pulcritud obsesiva y sus originales, escritos a máquina en folios impolutos -el mismo autor es quien los edita y corrige- son intocables.
Pero en esta serie vamos a ocuparnos, al menos al principio, de la edición de textos propios y ajenos de carácter más informativo, lo que no supone que sean periodísticos o que no puedan ser literarios. Compartir con los amigos una experiencia, un viaje o un acontecimiento, será para ellos más agradable si les presentamos un texto pulido y sin errores; y no digamos si nuestra pretensión es compartir con un público más amplio, cualquiera de nuestras ocurrencias, aunque sea utilizando una fuente comic sans.

lunes, 8 de febrero de 2010

Sencillamente tú, de Heinz Janisch y Jutta Bauer

Que los libros destinados al público infantil han alcanzado en los últimos años una extraordinaria calidad no es ningún secreto. Ilustradores y escritores están derrochando todo su talento para crear pequeñas maravillas destinadas en principio para los más pequeños, pero que por su calidad merecen un lugar en la biblioteca de cualquier adulto. Ese es el caso de este tierno y especial alegato aparentemente dedicado a los gatos, en el que se van describiendo, página a página, sus diferentes estados de ánimo.
Sin embargo, al final, el lector descubre asombrado que las protagonistas de la historia son las relaciones de pareja, las fases, los momentos y las emociones que comporta vivir en pareja, gracias al trabajo de la escritora Jutta Bauer y el ilustrador Heinz Janisch. En fin, un regalo ideal para cualquier pareja.

sábado, 6 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (V)

Entremos ahora en materia, metiendo las manos un poco más hasta los codos. Los textos tienen sentido enteros: hay que recordar siempre que editar necesita de una visión de conjunto. No se trata de que no se pueda descansar, sino de anotar o recordar -en el caso de textos largos- las claves que ya hemos establecido en los primeros párrafos: el libro de estilo.
La edición profesional -periodística o literaria- resulta siempre más sencilla por la existencia de este instrumento, formado por convenciones acerca de las abreviaturas, los nombres, en fin, cualquier palabra susceptible de prestarse a confusión. No es importante cuál sea nuestro preferido, si uno de los muchos comerciales, o uno propio que nos elaboremos nosotros mismos.
Lo importante es contar con una serie de convenciones que siempre serán de aplicación a los textos. Estas convenciones, estas manías, no tienen nada que ver con la ortografía. Si un autor decide no diferenciar la g o la j cuando representan el mismo sonido -lo que hacía Juan Ramón Jiménez, Nobel de literatura-, no hay porqué cambiarle nada. Esas convenciones de las que hablo se refieren más a los detalles, a las cuestiones invisibles en las que el lector no cae, pero añaden calidad a cualquier texto y deben decidirse desde el principio.
Por ejemplo: si el texto maneja números, hay que decidir desde el principio si vamos a expresarlos con cifras (3) o con palabras (tres) o con el sistema mixto más usual; del uno al diez con palabras y del 11 en adelante con cifras. Y lo mismo habrá que hacer con las fechas, las abreviaturas y los nombres extranjeros, por ejemplo. ¿Lengua original? ¿Traducción? ¿Pekín o Beijing? ¿Inglaterra o Reino Unido o Gran Bretaña?
Todas esas decisiones que se toman al principio de la edición -y que, insisto, son invisibles para el lector-, forman parte del esqueleto del texto, de su coherencia interna. Por eso la edición es una labor de conjunto: si el texto dice al principio Ceilán, no puede terminar diciendo Sri Lanka, a no ser que hablemos de historia.

jueves, 4 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (IV)

La edición es un diálogo que se mantiene entre el editor y el autor, aunque sean la misma persona. Diálogo que se ha extendido también a estas reflexiones, lo que agradezco desde aquí por dos razones: me enriquecen vuestras ideas y me obligan a continuar.
Recapitulemos sobre los requisitos necesarios para editar, lo que incluye también nuestros propios textos: primero, ser lector y segundo, ser honesto intelectualmente con nuestros conocimientos y habilidades. Un tercer requisito es el espíritu crítico, no como una especie de soberbia -del tipo ”¿pero qué dice éste”-, sino como un permanente ejercicio de duda.
No hay nadie libre del error. Un abogado escribe “La Constitución española tiene 150 artículos”. Qué numero tan redondo. No cuesta más que unos segundos comprobar que, desgraciadamente, son algunos más: 169 sin contar disposiciones, etc. Nunca debemos dar por supuesto y por válido ningún dato, ninguna cifra de nadie salvo que la tengamos delante. Otra cosa son los argumentos, que son del autor y de los que él se hace responsable. Pero datos, estadísticas, nombres de lugares, es preciso comprobarlos. Siempre, salvo que nuestro propio conocimiento sirva de aval.
No se trata de discutir la autoridad del autor, ni de dudar de su solvencia, sino de recordar que todos podemos equivocarnos, que existen países en los que nuestro familiar sistema métrico no se usa y que 20 millas no son 20 kilómetros. Uno de los más divertidos errores de la historia de la astronáutica -puesto que nadie murió- fue el de la nave Mars Climate Orbiter en 1999, fruto de una colaboración a todos los niveles entre la NASA y la ESA. A todos los niveles salvo uno: nadie se dio cuenta de que las cantidades y coordenadas se estaban calculando en dos sistemas diferentes. Todos dieron por supuesto que el otro usaba el mismo sistema, sin comprobarlo.
Por eso, cuanto más leamos, más familiares nos resultarán ciertas magnitudes -la edad de la Tierra-, ciertas fechas -las guerras mundiales-, ciertos conceptos -la composición de los cereales del desayuno- o ciertas cifras -cinco de cada diez editores, son la mitad (que dirían Les Luthiers)-. Editar es prolongar un texto más allá, es darle sentido también en esos pequeños detalles, pero con la mirada puesta en el conjunto: si un texto habla de la conquista del Oeste y sus vaqueros, traducir a euros las cantidades o a metros las yardas es un sinsentido.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk

No suelo utilizar los premios como criterio de lectura, más bien me repelen un poco, bien por su falsedad, bien por las razones de la concesión, bien porque la historia está llena de escritores excelentes que nunca recibieron nada. Pero tenía curiosidad por Orhan Pamuk, un novelista turco de quien he leído algunos artículos interesantes. La triste gestión de Cajamadrid con la biblioteca del barrio, convertida ahora en un bibliobús de horarios inciertos, escasos fondos y un trato singular -por no decir algo más fuerte- a la hora de consultar, ha puesto en mis manos este pequeño volumen bien encuadernado pero caro (9,90€), que recoge tres discursos sobre literatura pronunciados por el autor durante su carrera.
El primero, el que da título al libro, es el que pronunció tras recibir el Nobel en 2006; el segundo, El autor implícito, responde al premio Puterbaugh, también de 2006; y el tercero, En Kars y en Francfort, fue leído en 2005 al recibir un premio de los libreros alemanes. Los tres explican -con algunas reiteraciones- los motivos y las peripecias que llevaron a Pamuk a dedicarse a la literatura, así como algunas reflexiones sobre el oficio de escritor y el arte de construir historias. En general, Pamuk no se aparta de la gran ley de la gravitación literaria: la pasión es la razón de toda escritura, al margen de las circunstancias personales que cada uno pueda tener.
La maleta de mi padre es el más personal y emocionante, con el recuerdo de las expectativas literarias de la juventud de su padre y los sentimientos que el contacto con los textos de su padre provocó en Pamuk Y quien dice textos, dice cualquier otra cosa: Pamuk desmenuza, comprende y comparte lo que muchos huérfanos sabemos y sentimos al enfrentarnos a la desaparición física de uno de nuestros referentes, el surco profundo que dejan los recuerdos infantiles.
Pamuk reconoce haberse pasado la vida construyendo una biblioteca y recordando la que tenía su padre, que le abrió las puertas a la literatura. En mi caso, tiene un poco de reconstrucción, de ediciones, títulos y hasta de olores de infancia. Pamuk resulta ser como un fino anatomista, sensible, capaz de dibujar con facilidad los más mínimos detalles de un recuerdo, universalizándolo y dejando que nos invada con dulzura.
[…] ser escritor significa detenerse en las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior, de cuya existencia, como mucho, tenemos una ligera idea, descubrirlas y conocerlas pacientemente, sacarlas bien a la luz y convertir esas heridas y sufrimientos en una parte de nuestra escritura y nuestra personalidad que abrazamos conscientemente.
En los otros dos discursos, Pamuk amplía un poco el arco de sus motivos para escribir, pero también las razones por las que hay que leer. El último texto se cierra con una reflexión política un poco ingenua, pero al mismo tiempo poderosa, sobre las razones por las que Turquía forma parte de Europa y porqué ésta no debe cerrar sus puertas a un país musulmán, pero laico.

lunes, 1 de febrero de 2010

Cómo editar un texto (III)

Dentro de las generalidades sobre el mundo de la edición que estamos viendo, ha llegado el momento de hablar de los requisitos imprescindibles que debe tener el editor. Requisitos que no implican una edad determinada, porque en este oficio la experiencia se nota más en la velocidad para solucionar los problemas que en otros menesteres más lucidos.
Para editar es imprescindible ser un lector. Hay que leer, desde los libros de instrucciones de los electrodomésticos a novelas que nunca reconoceremos haber leído; autores consagrados, tochos infumables de nuestras aficiones y profesiones; blogs disparatados, webs de calidad, cualquier texto debe ser siempre una tentación ante nuestros ojos.
Eso no quiere decir que haya que leerlo todo al completo: nuestra primera obligación como lectores es disfrutar de la lectura, pero nunca está de más echar un vistazo a todo lo que nos cae en las manos. Leyendo es como las palabras y la gramática se hacen familiares; como la convención que es el lenguaje cobra todo su sentido. La lectura es un entrenamiento de la edición: por ejemplo, a fuerza de ver que delante de un pero hay muchas veces una coma, si al editar no vemos ese signo nos saltarán las alarmas; puede ser a propósito, pero también una errata.
Pero lo fundamental a la hora de editar es comprender el texto y, a través de esa comprensión, saber a ciencia cierta qué quiere decir el autor. No se trata de cuestionar al autor, sino de saber con la mayor certeza posible, qué dice. Lo que nos lleva a un segundo e imprescindible requisito: la humildad. Tenemos que ser conscientes de nuestros límites y saber qué textos podemos editar con garantías y con cuales sólo podemos hacer un trabajo digno.
Está claro que no es lo mismo editar una obra de Heidegger que un manual de funcionamiento de un dvd. Y hay que ser honesto con uno mismo, porque no se trata de una cuestión de aburrimiento: cualquiera de los dos textos que pongo de ejemplo pueden resultar un generador de bostezos. Es la preparación y nuestra capacidad de comprensión del texto original la que va a marcar la diferencia, lo que también se aplica a las traducciones.
No siempre -y hablo de la edición profesional- es posible elegir los textos que más se acerquen a nuestro pensamiento y nuestras aficiones. Si puedo elegir, prefiero editar un texto sobre Geografía que sobre Física, aunque me gusten ambas disciplinas, pero por mi formación soy más capaz de comprender una obra sobre ordenación del territorio que un análisis del principio de incertidumbre.
Ésa es la honradez con la que debemos partir.

El castillo de Mota del Marqués

Me cuentan mis buenos amigos Ángel y Chiho una de esas pequeñas historias que tan bien definen nuestra actitud hacia el pasado y el general desprecio que sentimos por nuestros monumentos y restos arqueológicos. La imagen de la derecha -tomada del sito Joyas de Castilla y León- corresponde al torreón circular del castillo de Mota del Marqués, visible desde la A-6 y un edificio excepcional por tratarse de la única torre del homenaje de planta redonda de Castilla y León. Abandonado desde hace años, las últimas lluvias se han llevado por delante los resto del muro Este y de no mediar una intervención urgente, el resto de sus paredes van a correr la misma suerte.
En este enlace encontraréis una encuesta organizada por El Norte de Castilla para elegir las joyas de esa comunidad y pedir su restauración. Hay más imágenes e información en la Asociación para la Recuperación del Patrimonio AREPA MOTA XXI. Votad y demostrad que no es cierto que no nos preocupa nuestro patrimonio histórico, a pesar de las apariencias.