jueves, 3 de junio de 2010

El periodista, el hachís y un rey africano

Creo que era mi profesor de derecho Teodoro González Ballesteros quien decía que la historia del periodismo era también la historia del libelo. Es decir, la estrecha relación -desgraciadamente- entre los procesos judiciales y el periodismo. Sólo los profesionales de la mentira o del amarillismo más duro están a gusto en los juzgados.
Siempre he dicho que si me tocara la lotería haría The Sun en español con dos premisas: una redacción de gente valerosa y un departamento legal mejor que el bufete de Garrigues. No sé si sería rentable, pero reírnos nos íbamos a reír lo que durase.
En serio, salvo los medios en el filo, ningún profesional al elaborar una información prescinde conscientemente de la necesaria cautela. Hace unos días, en una entrevista, Cayo Lara -secretario general de Izquierda Unida- lo expresaba muy bien al señalar que “Yo no soy aforado y tengo que tener cuidado con las palabras". En España, sólo los políticos pueden decir barbaridades, los demás, periodistas incluidos, solemos ser responsables de nuestras cuerdas vocales.
El problema de los límites, de publicar algo -de buena fe- que alguien considera lesivo se agrava cuando la justicia es tan lenta que casi ni los protagonistas recuerdan la historia. Hace cerca de 30 años, en un periódico llamado Diario 16, José Luis Rodríguez publicó una información cierta -que la fiscalía espñola investigaba- que relacionaba una empresa del rey Hassan II de Marruecos con un cargamento de hachís.
El rey consideró que su honor se veía lesionado y denunció al periodista. Los tribunales se fueron sucediendo dando la razón al rey. Ahora, el Tribunal de Estrasburgo ha fallado otorgando el amparo a José Luis Gutiérrez.
Fuera cual fuese el fallo, y francamente celebro la victoria del colega, todo el caso tiene un aire kafkiano a estas alturas. Nadie recuerda el caso, no sienta jurisprudencia, el perjudicado falleció hace 11 años, el periodista ha vivido con una sombra encima... Todo por nada. El tiempo transcurrido ha neutralizado cualquier efecto positivo o negativo de la publicación de informaciones ciertas. Y no es la primera vez, como puede pasar con el caso de los directores de la SER, por ejemplo.
Texto de la sentencia en francés.

Después de La sociedad abierta, de Karl Popper

Ya tenía ganas de echarme a la cara a Karl Popper, muy citado y utilizado para justificar políticas y actitudes francamente estrafalarias en ocasiones. Sobre todo en lo que respecta a la ciencia, las teorías y la desaparición del concepto de autoridad. Es decir, por mucho que me digas que 2 y 2 son cuatro y seas matemático, no hay certeza de que eso sea cierto.
Sospechaba yo, y la lectura de Popper me lo confirma, que se había producido un malentendido interesado y apoyado en Popper para darle legitimidad al cuestionamiento de las teorías más incómodas. Es decir, los fundamentos de la Biología, la Astrofísica y demás. Tomar conceptos filosóficos o preguntas sobre la naturaleza de la verdad en un plano puramente de pensamiento y utilizarlos para cuestionar el conocimiento científico es lo que llevan décadas haciendo los defensores de divertimentos como el diseño inteligente, que han leído de Popper lo que han querido, y se han olvidado de otros textos, como
[…] no es tarea de la religión manifestarse acerca de problemas que competen a la ciencia y que pueden abordarse mediante el método científico.
Por ejemplo. En términos políticos, tampoco Popper se libró de un interpretación sui generis de su pensamiento, aunque es verdad, y lo digo desde la izquierda, que hay motivos para la crítica.
Popper es profundamente etnocentrista y traslada a todas las sociedades las condiciones y parámetros que son exclusivos de Occidente. Me da igual que se llamen clases o estratos, lo cierto es que la riqueza del planeta está en muy pocas manos y la miseria es un problema de primera magnitud. Popper niega que incluso en las sociedades libres un mercado sin control pueda generar pobreza. En Estados Unidos, por ejemplo, los hispanos, negros, pequeños agricultores y empleados de los Wal Mart no me parece a mí que sean precisamente de clase media. Por supuesto que su situación no es la de los habitantes del Sahel, pero no lo es porque su economía política está orientada a proteger sus intereses comerciales negando cualquier posibilidad de intercambio. Y eso sólo en materia agrícola, de la que los europeos sabemos un rato.
No obstante, me ha resultado enriquecedor y me he encontrado cómodo con algunos de sus planteamientos políticos, muy influenciados también por su época y el impacto que la Segunda Guerra Mundial tuvo sobre él. Sus ideas sobre la tolerancia, por ejemplo, son un buen punto de partida para construir una sociedad mejor, lejos de utopías.
[…] una sociedad abierta, en épocas de paz y resistencia, debería tolerar en lo posible sus márgenes lunáticos, es decir, a quienes predican la intolerancia e incluso la violencia; los márgenes lunáticos de aquellos que, al mismo tiempo, acusan a los tolerantes de hipocresía si no están dispuestos a tolerar toda forma agresiva de intolerancia.