martes, 11 de julio de 2017

Felipe Polleri, La inocencia

Hace ya muchos que convivo con una frustración irresoluble: no tengo vida para leer ni la milésima parte de lo que me gustaría. Por mucho tiempo que dedique a la lectura, a la selección de autores y obras; por muchos idiomas que aprenda, jamás me sentiré satisfecho. Siempre habrá en algún anaquel una obra extraordinaria que se me va a escapar. Y lo que es todavía peor: ni siquiera voy a saber que existe.

Felipe Polleri entra en esa categoría de autores que nunca podría haber descubierto. Polleri es uruguayo y a este lado del océano las sombras de Quiroga, Benedetti, Levrero, Galeano o Peri Rossi son demasiado grandes. Menos mal que hay heraldos sin vergüenza alguna a la hora de elogiar, explicar y hasta acosar a editores y lectores para que compartan su entusiasmo por un autor.

Prologado por Rubén A. Arribas, uno de esos heraldos al que tengo la fortuna de conocer, ha llegado a nuestro país La inocencia, de Felipe Polleri.

Probablemente sea su mejor carta de presentación, y también un texto complejo, que te va abrumando y sorprendiendo poco a poco hasta que te das cuenta de que no sabes si estás en el lado de los grasas o en el de los apellidos. Si vives, más mal que bien, sin demasiados complejos, o andas más pendiente del qué dirán y de las apariencias. Polleri, y más de uno de sus lectores también, vivía "en un mundo 'bueno': en la versión materna de Disneylandia, mucho más feliz e inofensiva que la del hijo de puta de Walt Disney, ese nazi congelado".

Confieso que leyendo a Polleri quiero más a Levrero, pero esta novela escrita a varias voces y niveles, tiene mucha ambición narrativa dentro y un español luminoso y claro, que dan ganas de escuchar en directo: "[...] no se permitía tener animales vivos en el edificio. Tenían que estar disecados como papá o la abuela Teté, a la que no le podía decir abuela porque aunque tenía 68 años parecía de 42 si uno la miraba como debía, si uno estaba tan amaestrado que no la confundía con una momia [...]".

Por supuesto, que nadie espere encontrar La inocencia entre las recomendaciones para el verano de los suplementos literarios; y no por ser una lectura inoportuna con los calores, sino precisamente por lo contrario, porque es apta para cualquier época del año. Sobre todo, en Navidad, cuando más fácil es entender y perdonar a la familia, porque: "estoy loco y soy una mierda", por llorar a escondidas, comer refuerzos de mortadela o tener hijos "parditos"; la interminable lista de pecados que Polleri expresa por nosotros.

La edición en papel es una delicia y encierra un pequeño misterio: ¿cómo puede haber todavía personas que necesiten tanto el papel como para seguir editando con tanto amor un libro? Parte de una posible respuesta se puede leer en esta entrevista.