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lunes 23 de junio de 2008

Psicología de los objetos

No soy exactamente un geek, pero tampoco soy de natural torpe con los aparatos. Sin embargo, en muchas ocasiones, ante una puerta que no se abre, un grifo que no cumple su función o unas instrucciones especialmente farragosas, la sensación de frustración y de torpeza no me la quita nadie. Así que bendito Donald Norman que demuestra en este libro, tan sencillo de leer como sensato en su pensamiento.
La psicología de los objetos cotidianos explica -y sin utilizar más que una sóla vez la palabra ergonomía- cómo los diseñadores y las empresas son los responsables últimos de que seamos incapaces de manejarnos ante muchos de los productos y aparatos que nos rodean; y cómo el buen diseño puede hacer que un aparato especialmente complejo resulte muy sencillo de utilizar.
A través de ejemplos basados en sus propias experiencias como usuario y como investigador de la Northwestern University, Norman desarrolla toda una teoría sobre las condiciones y características que todos los objetos, los sistemas de control y los aparatos deberían tener para que los usuarios no arrastremos la sensación de ser torpes sistemáticamente. Y eso incluye los edificios y a los arquitectos con gustos estéticos capaces de diseñar una sala de proyecciones con claraboyas o lucernarios.
El libro adolece, no obstante, de un problema de actualización: es de 1988 y los ejemplos informáticos se han quedado tan atrasados que son más una colección de paleocomputación que de problemas reales. Aún así, los principios generales en los que se basa, las soluciones que plantea y las causas de los malos diseños siguen siendo vigentes.
Así que, ojo: no es que seas torpe, es que el aparato está mal diseñado.

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jueves 12 de junio de 2008

Normas para el parque humano

He defendido muchas veces las bondades de la Red y de sus muchas herramientas, porque estoy convencido de que internet suma y no resta respecto a otras tecnologías más antiguas. Lo que no sabía -y este libro se ha encargado de aclarármelo- es hasta qué punto es necesario construir una nueva educación para que la sociedad occidental pueda, de alguna forma, renovar su percepción de sí misma y establecer nuevos marcos de convivencia.
El mejor resumen que puede hacerse de estas Normas para el parque humano ya lo escribe en el prólogo su traductora, Teresa Rocha Barco: "Sloterdijk sostiene en su discurso que el "amansamiento" humanístico del hombre mediante la lectura obligada de unos textos canónicos ha fracasado ante la sociedad de la información y ante el cotidiano embrutecimiento de las masas con los nuevos medios de desinhibición;"
En efecto, Peter Sloterdijk, catedrático de Filosofía en Alemania, describe con precisión el cambio de paradigma que la sociedad occidental y su cultura están sufriendo:

"La era del humanismo moderno como modelo escolar y educativo ha pasado, porque ya no se puede sostener por más tiempo la ilusión de que las macroestructuras políticas y económicas se podrían organizar de acuerdo con el modelo amable de las sociedades literarias."
Pero no sólo eso. Apoyado en Nietzsche, Sloterdijk advierte de nuestro fracaso a la hora de controlar la violencia de nuestras sociedades y de las relaciones humanas, ya que
De igual manera que en la Antigüedad el libro perdió la batalla contra el teatro, así también podría hoy la escuela perder la batalla contra poderes educativos indirectos como la televisión, las películas violentas y otros medios de desinhibición, si no surge una nueva cultura del cultivo propio que mitigue esa violencia.
Y añade, para que no quepan dudas, que
Aquello que se presenta como una reflexión política es, en realidad, una declaración de principios sobre las normas para la gestión empresarial de parques humanos.
Libro muy breve, en él no hay más que un diagnóstico, certero y sin esperanza. Me temo que las soluciones tendremos que encontrarlas -y aplicarlas- nosotros mismos sin contar con las actuales estructuras políticas.

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jueves 22 de mayo de 2008

El invierno de Chopin en Mallorca

Son contadas las ocasiones en las que me aventuro a leer en otra lengua que no sea el inglés, más allá de los periódicos y revistas, pero Aquel invierno de Chopin en Mallorca, de Aranzazu Miró, que es amiga mía, atrajo mi curiosidad por una de esas pequeñas casualidades que, reunidas, dan origen a cualquier novela de Auster.
Ya se habló aquí del viaje a Polonia, pero no se mencionó que uno de los recuerdos que nos trajimos la osa y yo fue precisamente una integral de las obras del compositor polaco, interpretadas por el pianista, también polaco, Rafal Blechacz ganador hace tres años del concurso de piano Chopin de Varsovia y en ese momento de moda.
La estancia de Fryderyk Chopin y George Sand en Mallorca es una de esas anécdotas de la historia tan bien sabidas como poco conocidas en realidad. No están los tiempos para leer libros de viajes de señoras del siglo XIX por parajes que no tienen nada que ver con los de hoy, aunque lleven el mismo nombre; y la relativización generalizada ha puesto en sordina la influencia que un lugar pueda tener sobre la creación de las obras de arte.
Pero la historia de esta peculiar pareja –llegaron a la isla como amantes, pero salieron como madre e hijo por la enfermedad del músico- bien vale la pena el esfuerzo. No sé tanto catalán como para poder juzgar los méritos estilísticos de la autora, pero si he podido enterarme bastante bien de lo que cuenta, es más probable que sea por cuenta de su claridad y limpieza antes que por mi atenta lectura.
Buena parte del libro incluye el análisis de los preludios del compositor; tampoco sé tanta música como para juzgarlo, pero sí para descubrir varias cosas que no sabía, a cuenta de la expresión, estructura y orígenes de estas hermosas piezas para piano y que pueden escucharse aquí, por ejemplo.
Leer en otra lengua tiene una ventaja añadida, además del respeto al original, que viene a ser como un caramelo, pues recuerda ese momento mágico de la infancia en el que las palabras son sólo sonidos más o menos hermosos a los que todavía hay que suponer un significado. Así, palabras como empolistrat, algo que la Sand dice en una novela a propósito de Chopin; o que las llegadas de los viajes sean a l’horabaixa, forman como un paisaje sonoro que he disfrutado mucho.
También he disfrutado de lo lindo con la ironía de la autora al referirse a George Sand: […]qui en qüestió d'amors funcionava amb una gran voluptuositat (p 22); […] Sens duote, és una dona impregnada en excés de l’esperit del romanticisme (p 115); y a la que no perdona el implacable relato que de la isla hace en su novela (Un invierno en Mallorca) y en sus memorias: un ajuste de cuentas con una Mallorca salvaje y muy atrasada de la que sólo el paisaje y el clima son extraordinarios.
Ironía que se extiende también al periodismo de hoy, aquejado del peor de los males: la ignorancia. […] I la composta a Mallorca -que no a Palma, malgrat no siga aquest el moment de renyar Chopin per un error de menció geogràfica de Palma por Mallorca al qual avui cauen fins i tot els suposadament ben formats periodistes de cadenes nacionals- [...] (p 133)
En fin, un libro entretenido, con muchos datos que desconocía, como la importante colaboración de Mendizábal (el de la desamortización) en el viaje; el singular experimento que llevó a cabo el músico Alfred Cortot, estudioso de Chopin, para demostrar que la sonoridad de la celda que ocuparon el músico y su piano no le hubiera permitido componer los preludios, sólo más bien corregirlos, lo que además era la práctica habitual del polaco; [...]la llegenda de l'ondina del llac, que sorgeix de las aigües per a contar la història de la ciutat enfonsada de Switez. (p 69); la historia de los pianos de Chopin en la isla; y las disputas sobre las celdas ocupadas efectivamente por los visitantes, polémica en la que Aránzazu Miró con buen sentido no entra, sólo explica y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones. Aunque si yo fuera un mitómano, visitaría sin duda la celda número 4.
Sólo una pega. A despecho de su exhaustiva investigación y de los muchos textos consultados, nada dice Aránzazu en el libro de la razón fundamental por la que Chopin y la Sand viajaron a Mallorca entre puercos. No fue el clima ni la búsqueda de la tranquilidad, porque fueron las cocas de patata de Valldemossa, uno de los dulces más exquisitos de esta galaxia, la verdadera razón para vivir aquel invierno en Mallorca.

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jueves 24 de abril de 2008

Enciclopedia Británica en internet

Como solía comentar Borges, un libro ideal para llevarse a una isla desierta es la Enciclopedia Británica. Con el advenimiento de la Red -y empleo a propósito ese término, porque internet es la divinidad de la información-, las enciclopedias publicadas han dejado de tener sentido como compendios de información. No sólo y sobre todo por la Wikipedia, sino por la capacidad real de encontrar cualquier información y casi actualizada al minuto.
Pero la Británica, como sus primas francesa -Larousse- y española -Espasa- pueden encontrar su lugar en el nicho del "libro objeto". Y ahí son insuperables. De hecho, de tener una biblioteca en condiciones y no un depósito de papel impreso como tengo -tenemos la osa y yo-, la Británica sería una de mis más preciadas adquisiciones.
Pero, como explican Marilink o Techcrunch por cada página vista en internet de la enciclopedia, se ven 184 de la Wikipedia. Asi que ahora, con varios años de retraso, han decidido abrir sus puertas a escritores y blogueros para que éstos enlacen sus contenidos y ganar visibilidad. Siguen manteniendo la suscripción de pago, pero entreabren las puertas.
He intentado que aprobaran este modesto blog, pero no ha podido ser: mi petición no ha sido aceptada. Asi que seguiré referenciando la Wikipedia cuando tenga que aclarar algo. Ellos se lo pierden.
Por cierto, a Orihuela si le han dejado, pero a Dans tampoco le aprueban la solicitud.

Actualización 8:00
Me adelanté. La Britannica acaba de darme acceso. Un ejemplo de lo que podéis ver por la cara:
Jorge Luis Borges
Pero seré bueno y también enlazaré con la Wikipedia.
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martes 8 de abril de 2008

Es una vida maravillosa

Uno de los libros más significativos que recuerdo fue mi libro de texto de ciencias naturales del bachillerato. Libro que por cierto no conservo, o que no soy capaz de encontrar en ninguna parte. Era un libro de Aguilar absolutamente clásico, con una veintena de ediciones como mínimo. Era un verdadero tocho, un libro antiguo en su diseño: tipografía monótona, gráficos e imágenes en blanco y negro, dos columnas; en fin, hoy sería el horror para cualquier criatura de la generación myspace.
Pero el contenido de aquel libro era un tesoro: la vida, sus mecanismos, las ciencias naturales del siglo XX en todo su esplendor. La base del texto, rigurosa, era un compendio del estado de esas ciencias en los años 70 del siglo pasado. Antes del conocimiento del medio, antes de la llegada del hombre a la Luna y antes de que existiese -ni como sueño- este medio.
Recuerdo imágenes de aquel libro: el cráneo de un gato y el detalle de cómo funcionaban las uñas retráctiles; un científico de bata blanca junto a un gran matraz oscuro en el que se desarrollaba el experimento crucial del nacimiento de la vida: las chispas en una atmósfera de metano creando moléculas orgánicas en una sopa primordial de aminoácidos; los árboles taxonómicos, esas listas ordenadas y espléndidas de órdenes, familias, géneros y especies...
Una de las imágenes más turbadoras era la que recogía la reconstrucción de la vida en los océanos hace 500 millones de años, durante el Cámbrico. Allí estaban sumergidos los antepasados de los habitantes de nuestros mares: medusas, langostas, cangrejos, gusanos, esponjas... Era una imagen evocadora, una puerta para comprender los mecanismos de la evolución. Paréntesis: ni siquiera durante el franquismo se le ocurrió a ningún obispo cuestionar en los libros de texto la evolución; hay que fastidiarse que vengan ahora con el diseño inteligente a dar la brasa. Cierro paréntesis.
Pero ahora sé que aquella lámina ingenua era una imagen falsa gracias a un libro de Stephen J. Gould, extraordinario, como todos los suyos por otra parte. Qué bello es vivir en su título original, basado en la película de Frank Capra y traducido aquí por La vida maravillosa en una decisión más que discutible, explica como una obra de teatro el hallazgo y posteriores interpretaciones de un conjunto de fósiles del Cámbrico llamados Esquistos de Burgess.
Dicho así puede resultar poco atractivo como lectura, pero no es cierto. Porque a través de esas interpretaciones Gould analiza cómo nuestros prejuicios condicionan nuestra percepción de las cosas, incluso en ámbitos supuestamente asépticos como la ciencia, la paleontología en este caso. Cómo ante la evidencia de que la vida era más rica y diversa al principio, los prejuicios científicos y la necesidad de encontrar un sentido para nuestra presencia sobre el planeta, cegaron a los primeros descubridores de los esquistos de Burgess, que no fueron capaces de ver la importancia de esos fósiles. Desde hace más de un siglo, la evidencia lucha contra la imagen de un crecimiento, de una evolución ordenada con un destino fijo: la aparición del Homo sapiens. Y no es cierto.
Gould explica cómo la contingencia y el azar son los responsables de nuestra presencia sobre la Tierra, sin que haya nada en la naturaleza que implique una dirección, un destino final. De hecho, el descubrimiento de una mandíbula de Homo antecessor en Atapuerca viene a confirmar lo que empieza a estar claro para otras especies: gran diversidad inicial, escasos cambios al final. Lo más probable es que los humanos actuales hayan evolucionado de alguna población de las muchas que se desarrollaron entre los homínidos en los últimos tres millones de años. El árbol de la vida ha dejado de ser un cono invertido para convertirse en un árbol de Navidad. Y eso es fascinante.
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jueves 3 de abril de 2008

Juventud, de J. M. Coetzee

No sé porqué, pero me gusta explicar de dónde he sacado un libro al comienzo de estas reseñas. Y como nadie se queja, sigo con la costumbre. Lo compré hace unos días, por impulso y curiosidad, al recordar muy vagamente que alguien me lo había recomendado. Pero me ha costado trabajo entrar, dejarme llevar por la historia y el tono de esta novela de J. M. Coetzee, de quien no había leído nada anteriormente. No es sólo por la atmósfera de tristeza y melancolía que transmite, sino que sentía un cierto desasosiego, una ansiedad inexplicable.
Juventud es la historia de un joven universitario, asfixiado en la racista Suráfrica de los primeros sesenta. Su intención es ser un poeta como Pound, mientras compagina su licenciatura en matemáticas con sus lecturas y la constatación de los graves problemas sociales que su país empieza a atravesar. Su intención es huir, escapar a Londres, ya que no es capaz de aprender francés para vivir en París, el destino de cualquier poeta que se precie.
Y fue entonces, mediada la novela, cuando el protagonista llega a Londres y comienza a vivir allí cumpliendo su sueño: las librerías, la Biblioteca del Museo Británico, el cuarto alquilado, el trabajo alienante para comer, etcétera, cuando comprendí mi ansiedad. Juventud es una especie de segunda parte, como una continuación de El guardián entre el centeno. Es como si Coetzee retomase la historia del muchacho que se preguntaba ¿dónde van los patos cuando el estanque se hiela? pero ya terminando sus estudios y comenzando la vida laboral.
Las mismas angustias, las mismas dudas, la ausencia de cualquier empatía por los demás, mucho egoismo casi biológico... Las preocupaciones de ambos protagonistas y su pensamiento no corren exactamente en paralelo, sino uno detrás de otro por el mismo camino. Hay más crueldad en el surafricano que en el estadounidense, pero sólo por la diferencia de edad. Allí donde la criatura de Salinger se mostraba cruel, ante sus padres o ante la mujer, lo hacía desde su propia perplejidad, desde el descubrimiento de lo que puede ser la vida; pero la criatura de Coetzee es cruel por desgana, por su pereza para ser otra cosa, para leerse a sí mismo.
Como me sucede con otros autores, no creo que repita con Coetzee. Pero admito que puedo haber elegido una novela poco recomendable para empezar, o que la traducción no termina de convencerme; o tal vez ¿me han producido cierto desasosiego sus explicaciones sobre las relaciones entre primos?

"[...]la promesa de facilidad, de naturalidad: dos personas con una historia en común, un país, una familia, una intimidad de siempre encarnada desde antes de pronunciar la primera palabra. No se necesitan instrucciones, ni tanteos."
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sábado 23 de febrero de 2008

La intuición del instante

Como lector, antes voraz y hoy más selectivo aunque no menos hambriento, la elección de los autores suele revestir gran importancia. La vida es corta y los cantamañanas abundan, así que hay que ser cuidadoso. Hay autores de los que sería capaz de leer hasta sus listas de la compra si las hicieran, como Ferlosio o Moorcock, por poner dos extremos y otros que con una obra me basta, como Rushdie o Rulfo.
Sin llegar a la pasión, Gastón Bachelard entra en una categoría intermedia: autores interesantes a quien es bueno conocer ampliamente. Y el segundo de los libros que he leído de él, La intuición del instante, confirma ese interés y mi deseo de repetir en su obra.
Escrito originalmente en 1932, el libro parece responder a la conmoción que el mundo de la cultura debió sufrir tras la popularización de las ecuaciones de Einstein y el cambio de paradigma provocado en la Física o, más bien, del cambio en la percepción humana que la relatividad trajo. El libro se abre con una extraordinaria cita de Samuel Butler: "Si una verdad no es lo suficientemente sólida para soportar que se le desnaturalice o se le maltrate, no es de especie muy robusta".
En él, Bachelard reivindica que los poetas ya adelantaron en su momento que el tiempo es sólo una dimensión más. Que vivimos sin pasado ni futuro.

El tiempo es una realidad afianzada en el instante y suspendida entre dos nadas. No hay duda de que el tiempo podrá renacer, pero antes tendrá que morir.
Como en el caso del espacio, Bachelard se pasea por el tiempo comprendiendo desde dentro, como una experiencia propia que comparte con sus lectores, en qué consiste algo tan conocido y sentido como imposible de exteriorizar.
La experiencia inmediata del tiempo no es la experiencia tan fugaz, tan difícil y tan docta de la duración, sino antes bien la experiencia despreocupada del instante, aprehendido siempre en su inmovilidad.
Mediante el análisis literario del Siloë de Gaston Roupnel, Bachelard contrapone el tiempo de Bergson con el de la poesía, la percepción contra la intuición, el devenir contra la inmovilidad, el instante contra la duración.
No saco conclusiones de su paseo, ni creo que fuera esa su intención. Más bien parece que toma de la mano al lector y le enseña lo que puede percibir y puede interpretar de su propio tiempo. El libro se cierra con un estudio de Jean Lescure, un amigo de Bachelard que recoge algunas conversaciones mantenidas por ambos acerca del tiempo y la poesía. Y con una frase define qué buscaba Bachelard en sus obras:
¿A dónde va la luz de una mirada cuando la muerte pone su dedo frío sobre los ojos de un moribundo?
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martes 29 de enero de 2008

Pura anarquía

Al leer este conjunto de relatos que publica Tusquets, es muy fácil imaginar a Woody Allen sobre un escenario explicando la historia del hombre –si no él mismo- que se encuentra en un restaurante con un productor teatral que le cuenta un disparatado proyecto para hacer de la historia de la filosofía un musical de éxito. O el relato de una pareja que cae en la escala social cuando su bebé es incapaz de obtener plaza en una de las guarderías más exclusivas de Nueva York. O el hombre al que unas obras en casa llevan al borde del suicidio.
En estos 18 relatos, Allen se muestra tal cual, sin aditivos ni conservantes, es el monologuista ingenioso y profundamente inteligente, jugador con las palabras y los nombres -E. Coli, productor de cine, el sastre que se llama Peplum, Endorphine el levitador...-, capaz de diseccionar en un instante la sociedad occidental:

"¿de dónde ha sacado mi número de teléfono? De internet. Aparece junto con las radiografías de tu colonoscopia."
Y también de sentir una sincera simpatía por los perdedores o por los divorciados asfixiados por la voracidad de sus ex.
El humor de Allen es de cejas altas, es el de los lectores del New York Times, sutil, lleno de claves para iniciados que ni siquiera esta buena traducción permite apreciar en toda su maldad. Pero a despecho de eso, es también un humor cercano, disparatado, que recuerda un poco al mejor Umberto Eco, al que explicaba lo que era la hípica azteca en El péndulo de Foucault o diseccionaba la relación entre el número áureo y la cábala en las medidas de un quiosco de prensa.
Allen, rodeado de agentes, rubias espectaculares, actores y fracasados de todas clases no hace reír, permite que le acompañes en un viaje risueño, con varios planos, para que sea el lector quien descubra el disparate en que vivimos.

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viernes 11 de enero de 2008

La mente salvaje

Este post está dedicado a la memoria de Sir Edmund Hillary, muerto hace unas horas. Saludarle, hace unos años en Nueva Zelanda, fue uno de los mejores momentos de mi vida como montañero y como periodista. Un imbécil, redactor del diario Las Provincias, conserva la fotografía que me hicieron del momento y que jamás se dignó enviarme. Aunque da igual: está en mi interior. Cierrra en paz tus ojos, Sir Edmund, los primeros que vieron el mundo desde la cumbre del Everest.
Wilderness es un concepto en inglés muy difícil de traducir al castellano. Es algo más que naturaleza y menos que salvaje. Es el paisaje no tocado por el hombre, descubierto pero no invadido, empleado pero no destruido. Algunas zonas de las montañas de Guadarrama, por ejemplo, allí donde pasé poco más de seis años vagando todos los fines de semana en mi juventud. El poeta estadounidense de la generación beat Gary Snyder me ha traído muchos recuerdos con este pequeño pero muy intenso libro de poemas y ensayos.
Son poemas de montañas y de bosques, de wilderness, pero no de paisajes, no son poemas descriptivos, llenos de referencias a las puestas de sol y la belleza natural. Snyder retrata la naturaleza en su relación con el hombre, en su esplendor salvaje –esta vez sí-, que hay que admirar antes de poder dominar.
Por así decirlo, en estos poemas Snyder está más cercano a los chamanes indios que a Whitman. Unidos a ellos, diferentes pero relacionados, hay varios poemas de monjes y monasterios, de reglas y haikus y meditación, fruto del tiempo que pasó Snyder en Japón estudiando el budismo zen y comprobando -y mostrando al lector- que el silencio de montañas y monasterios forma parte del mismo silencio y el mismo amor universal.

Tu agua es luz
En mi boca
Y una luz para mi seco cuerpo
Son particularmente impresionantes una oración mohawk y el canto fúnebre, tierno a la vez que duro, por los animales muertos en la carretera; y los poemas Construcción, La madre osa y el famoso Por qué cuido mi Macintosh, dedicado a su ordenador y que aqui puede escucharse en su voz.
En prosa Snyder construye, con materiales indígenas americanos, el hermoso relato La mujer que se casó con un oso, una narración excepcional que explica en pocas páginas la comprensión que de la naturaleza tenían los indios. No es tanto una cuestión de sensibilidad, como de conocimiento y de aprovechamiento de los frutos de la naturaleza sin abusar, sin dominar. Lo que ahora llaman desarrollo sostenible.
En cuanto a los ensayos, no defraudan: Snyder expresa el mismo respeto y conocimiento por la naturaleza que en su poesía, con una profunda intuición del papel que la lengua, la expresión, puede tener
[...]la creatividad no es el acto individual o semidivino de "hacer algo". Más bien nace de estar profundamente inmerso en ello, para después entrever conexiones ignoradas, resonancias, fuerzas, sombras, el envés de la trama.
En ese papel, ocupa un lugar primordial la libertad:
La lengua es como una Madre Naturaleza de la sensación: su orden es tan poderoso que tiene espacio para ser salvaje en un noventa y nueve por ciento.
Y también naturalmente, la poesía:
Ver un chochín en un arbusto, llamarlo "chochín" y continuar caminando es -creyéndote importante- no haber visto nada. Ver un ave, pararte, observar, sentir, olvidarte de ti mismo por un momento, permanecer entre la penumbra del arbusto, quizá entonces sentir "chochín", eso es haberse fundido en un instante mayor con el mundo.
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jueves 3 de enero de 2008

Monogamia, de Adam Phillips

Me acordé de este libro a cuenta de la manifestación de hace unos días de los católicos en Madrid. Por cierto, ¿por qué los llaman integristas o fundamentalistas? En todo caso, consecuentes con su jerarquía: son católicos, sujetos a la disciplina de sus obispos, cardenales y Papa. Tienen sus creencias y obsesiones como todo el mundo, aunque nos parezcan disparatadas. ¿Que quieren imponer su modelo de sociedad? Naturalmente, son creyentes en una religión de libro, dogmática e implacable, por eso son católicos: universales; están obligados por su fe a extenderla: son apóstoles; obedecen a sus pastores: son romanos.
De todas formas, si yo fuera paranoico –decía Burroughs: "no somos paranoicos: es que estamos bien informados"–, pensaría que con esa manifestación la jerarquía católica le ha devuelto el favor al Gobierno por la pasta obtenida y el apoyo al lampedusismo: que todo cambie para que todo permanezca igual. No hay como unas buenas soflamas ultras para movilizar al electorado de izquierdas, así que bienvenidas sean las guitarras de los kikos y el Apocalipsis cardenalicio.
No sé de dónde salió esta Monogamia del psiquiatra británico Adam Phillips, que dormía en la trastienda de la biblioteca y que se lee en un momento. Es una colección de aforismos ingeniosos con la monogamia como único asunto, aunque a través de esta extraña institución humana, Phillips alcanza a explicar muchos de los rasgos de la pareja humana y lo hace desde la perplejidad y la sorpresa de quien no termina de aceptar que seamos como somos, lo cual es lógico tratándose de un psiquiatra experto en Freud.
El libro se abre con una espléndida cita de Emerson que es una declaración de intenciones:

Si aceptas una mentira, tienes que aceptar todo lo que la rodea.
Pues no otra cosa es, en el fondo, el matrimonio o la unión de dos personas. Phillips resulta un poco irregular en sus aforismos, quizá demasiado temáticos y escribe hasta alguna greguería: "Una pareja es una conspiración en busca de un crimen. El sexo suele ser lo más parecido que encuentra." También me han sorprendido sus afirmaciones sobre compartir la pareja: que es raro en occidente, pero habitual en otras culturas como los inuit. Phillips parece no conocer el dato, lo que implica un etnocentrismo un poco ignorante.
Pero hay reflexiones muy inteligentes, sobre la pareja:
Se ha escrito más sobre la manera como las relaciones no funcionan que sobre cómo funcionan. No tenemos virtualmente ningún lenguaje, aparte de la banalidad, para describir a la pareja que ha sido feliz largo tiempo. Nos gustaría que tuvieran algún secreto, algo que darnos. O que pudiéramos darles, aparte de nuestra sospecha.[…]No hay nada más aterrorizador que la posibilidad de que no haya nada oculto. No hay nada más escandaloso que un matrimonio feliz.
Y también sobre los hijos:
No es que los hijos estropeen la relación de sus padres, pero la confunden. Desdibujan nuestras categorías, y por eso los padres somos tan autoritarios. ¿Qué otra cosa se puede hacer con los que, al infringirlas, no hacen más que enseñarnos las reglas, los que siempre dejan al descubierto nuestros prejuicios haciéndonos explicarlos con todo lujo de detalles?


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jueves 20 de diciembre de 2007

El matrimonio del cielo y del infierno

No seáis mal pensados, no se trata más que del título de una de las obras más impresionantes del incomprendido poeta inglés William Blake. Buen pintor, grabador y polemista religioso, Blake es uno de los escritores más inquietantes que ha pasado por mis neuronas, y no será ésta la única de sus obras que pienso leer más adelante. Lo tiene todo: es perturbador, del siglo XVIII, es deliciosa e ingenuamente creyente y un adelantado en algunas ideas. Un poco Ballard avant la lettre, si se me permite la herejía.
El matrimonio del cielo y del infierno resume un poco el carácter del pensamiento de Blake y de los muchos tormentos que su mente debió padecer. Libro poco convencional, grabado con imágenes del propio autor, es más una obra de arte total que un panfleto religioso, intención original de Blake al escribirlo. Las imágenes grabadas están unidas a las imágenes de sus textos, así que es recomendable leerlo en una edición que contenga también el facsímil de las planchas del libro.
Por lo demás, no hace falta estar muy versado en los movimientos religiosos ingleses de fines del XVIII ni en la Biblia para disfrutar de los caprichos, proverbios, aforismos y a veces estrafalarios pensamientos de Blake. Son más pecios que meditadas reflexiones, a veces de postal adolescente:

Aquel cuya cara no irradia luz, jamás será una estrella.
A veces lúcidos:
Sin contrarios no hay progreso. La atracción y el rechazo, la razón y la energía, el amor y el odio, son necesarios para la existencia humana.
A veces deliberadamente oscuros:
Una sola ley para el león y para el buey es la opresión.
Aunque en general la humanidad no sale muy bien parada de sus pensamientos -"Las cárceles se construyen con piedras de ley; los prostíbulos con ladrillos de religión"-, no pierde la esperanza de alcanzar otro estadio:
Si se limpiasen las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían ante el hombre como son: infinitas.
En estas frases encontrarán después la excusa perfecta cientos de escritores para darle a las sustancias que todos conocemos, algunos probamos y otros disfrutan.

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miércoles 14 de noviembre de 2007

El olor de la India

Uno de los mejores viajes que he realizado -a finales del siglo pasado, y no por capricho sino por trabajo- fue a India.
Nota: no viajo a la Francia, asi que tampoco a la India, aunque he ido al Reino Unido y también a Estados Unidos.
Sigo.
Viajar a India es, naturalmente, una experiencia necesaria para cualquiera, y hay que tener mucho talento para ofrecer una impresión coherente de lo mucho o poco que allí se puede ver. En mi caso, soy incapaz de articular un discurso unitario sobre esa experiencia: recuerdo monumentos y momentos, personas y lugares, sensaciones físicas y hasta conversaciones.
En algún sitio estarán las pocas fotos que tomé, porque si algo define mi visión de ese país es la sensación de exceso. India me abrumó y esa es la impresión que puedo compartir. Puedo reducir ese viaje a momentos para compartirlos, pero es tan pobre la descripción que puedo hacer, son tan tópicas las palabras que no me siento capaz. Quizá, dada la naturaleza profundamente emocional de estos viajes, por las muchas lecturas y el exceso de simbolismo que ponemos en ellos, el viaje acaba por discurrir como una ensoñación lejana, atiborrado de adrenalina y emociones.
No es fácil pues, compartir semejante viaje. Por ejemplo, recuerdo, a las cuatro o cinco horas de vuelo, la impresión que me causó ver por la ventanilla el monte Ararat y la consiguiente perplejidad de mis compañeros de viaje ante mi entusiasmo por aquella montaña lejana. Era el monte Ararat, se supone que el arca de Noé está allí, etcétera, pero nadie podía entender ese entusiasmo en el que se mezclaban muchas lecturas y el hecho de sentir que, en efecto, me había convertido en el reportero que siempre había soñado ser, aunque no llevara un terrier blanco y mis pantalones no fuesen bombachos.
Viene esto a cuento para explicar un poco El olor de la India, un libro del cineasta Pier Paolo Pasolini, publicado hace diez años, adquirido entonces por curiosidad y que ahora vuelve a editarse. Pasolini viajó a India hace más de cuarenta años y como me sucedió a mí, se sintió tan abrumado por su visión que se permitió escribir sobre ella y el resultado es, a qué negarlo, pésimo como guía de viaje, espléndido para conocer por dentro los meandros del pensamiento de un director de cine tan excesivo y exagerado como el país que visitó.
Sospecho que Pasolini no entendió nada de lo que veía y se limitó a desahogarse, dejando a su paso un buen montón de tópicos occidentales aplicados a un país incomprensible desde nuestra óptica. Si no, no se explica que pudiera escribir frases como

Comen callados, como perros, pero sin reñir, con la sensatez y la dulzura de los indios.
A lo largo del libro -muy breve- se desgrana una sociología de guardarropía, una reducción casi infantil:
Los indios, dados a la abstracción y filosóficos en sus orígenes, son actualmente un pueblo práctico [...] en tanto que los chinos, prácticos y empíricos en sus orígenes, actualmente son un pueblo extremadamente ideológico y dogmático.

El libro incluye una entrevista con Alberto Moravia, compañero en India del cineasta, que explica con cierta sensatez y mejores mimbres las circunstancias del viaje. Y es Moravia -un escritor que no aprecio mucho: lo tengo por rebuscado- quien define de verdad su India y el que aclara un poco lo que pudo sentir Pasolini allí:
ambos fuimos a la India sin un programa. Es la India, en realidad, la que está programada. [...] La [posición] de Pasolini, como, por otra parte, en toda su existencia, es la de identificarse sin aceptar verdaderamente.


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viernes 9 de noviembre de 2007

La invención de Morel

Estoy literario en los últimos días. Tras la lectura de estos libros de Fuentetaja, me entró la curiosidad por esta invención de Morel, muy celebrada por su autor y por su amigo Borges. La invención de Morel es un cuento largo bastante interesante y un buen modelo de literatura clásica de argumento. Me ha recordado el mejor y más inquietante relato de Poe, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, que leí en una edición de Losada hace muchos años y siempre he considerado como el paradigma de la lectura desasosegante para el lector.
La invención te atrapa desde el primer minuto y llega a ser por momentos apasionante, pero como le sucede a Poe, exige un esfuerzo de abstracción del lector actual, obligado a dejar por el camino el conocimiento del mundo actual y de la ciencia. El problema de estos relatos es que son profundamente coyunturales en sus referencias y el lector moderno acaba por impacientarse un poco ante la ignorancia que los protagonistas muestran frente a los acontecimientos. Es decir, en muchas ocasiones, la explicación de lo que le está pasando al protagonista ya ha sido inferida por el lector, con lo que el efecto sorpresa se diluye un poco y solo cabe disfrutar de las peripecias y de la calidad de la narración, dejando de lado la previsible conclusión y consiguientes explicaciones.
No digo que sea un demérito. Si los grandes relatos de un Wells o de Bradbury están empezando a envejecer porque nuestra comprensión del mundo ha crecido exponencialmente, la literatura anterior ha envejecido ya y su efecto más pirotécnico, podríamos decir, se desdibuja. No obstante, es una lectura satisfactoria, que plantea preguntas universales y abunda en un tema universal y siempre gratificante: cómo conseguir consuelo ante un amor no correspondido.

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martes 30 de octubre de 2007

Sobre la escritura

Los talleres de creación literaria Fuentetaja tienen un espléndido catálogo de libros dedicados a la literatura, de libros que explican la literatura desde los autores, con citas y análisis de los literatos, clásicos o vivos. Cualquiera que haya escrito unas reflexiones sobre el oficio de escritor tiene asegurado un hueco en esta colección, pensada originalmente como apoyo didáctico a los muchos y variados talleres que imparten.
He leído varios y me gustan, de hecho es un poco paradójico que en algún caso, me interesen más las reflexiones sobre la literatura que la literatura de un autor en cuestión. No es el caso de las reflexiones de Jorge Luis Borges, menos interesantes que su literatura, sobre todo su impagable "A mí me parece que la censura en sí no está mal...", página 118.
De los últimos publicados, recién terminé Sobre la escritura de Adolfo Bioy Casares y otro del mismo título de Borges, que recogen cronológicamente algunas de sus reflexiones y comentarios dictados en un par de talleres en Buenos Aires a mediados de los 1980.
Están estructurados en torno a una serie de temas: la creación, los motivos, la inspiración, la fórmula… Responden en muchos casos a una pregunta que parece constante en los talleres: ¿de dónde sale el tema? O ¿cómo se les ocurren las ideas a los escritores? Pregunta tan difícil que responder que la mayor parte de las veces da lugar a una larga digresión en la que los datos biográficos o las anécdotas sustituyen a la teoría de la génesis mental de la literatura. Pocos son los escritores que han reflexionado sobre la creación como tal y, menos, de la percepción íntima que cada cual tiene de su creación, llámense Borges o Woolf.
No hay receta, ni momentos, ni pautas. La escritura surge de muchas fuentes y de ninguna. A diferencia de la literatura, en el ejercicio del periodismo –de lo que algo sé- lo que hay son urgencias y asuntos que ya vienen dados, bien por una orden directa, bien por ese concepto difuso que es la actualidad. Ambas escrituras comparten la disciplina, la inevitable necesidad de sentarse frente a la pantalla y escribir. Con ser interesantes las ideas o los motivos de otros escritores –o de los escritores, no seamos presuntuosos-, quizá lo más importante de estas recopilaciones sean lo que puedan sacar de nosotros, lo que puedan explicar de nuestro propio camino creativo.
Como dice Bioy Casares "Me atrevo a dar el consejo de escribir, porque es agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente". Serán las coincidencias o mejor, las discrepancias que tengamos con los escritores conocidos, las que nos explicarán porqué escribimos lo que escribimos y cuál es la materia con la que nos sentimos más identificados.

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martes 23 de octubre de 2007

La poética del espacio

Repetir las mismas pautas todos los días nos ofrece a los compulsivos una oportunidad única de estudiar el entorno, de apreciar los cambios y admirarnos con la repetición inexorable. Reconocer las mismas caras en el mismo tren, que éste llegue a la misma hora y se detenga en el mismo y exacto lugar del andén son placeres que sólo los obsesivos paladeamos. Que el modelo de tren varíe o que las personas cambien de puerta puede resultar hasta molesto, como si el orden fundamental del mundo se hubiese alterado.
Gastón Bachelard, uno de los grandes teóricos de la literatura, no hace en esta Poética del espacio ninguna apología de mis placeres cotidianos, pero si explica de qué forma los espacios, los lugares, forman parte de la poesía, no tanto como tópicos o como usos, sino como parte del lenguaje, como materia poética. Bachelard no hace exactamente un catálogo de los sitos en los que transcurre la poesía o en los que se puede desarrollar un poema, sino más bien un mapa de los lugares que la poesía occidental recorre con asiduidad.
Es una topografía de lo cotidiano, el retrato de lo que nos rodea lo que se constituye como material poético, como material-refugio del pensamiento o la mirada. De la misma forma que yo me siento rodeado de una pauta inmutable de lugares, luces y personas por las mañanas que me ayudan a reconocer el mundo y enfrentarme a él, los espacios en la poesía rodean y dan sentido al poeta y le ayudan a encontrar el suyo, o a posar su mirada de una forma diferente sobre algo aparentemente visto muchas veces antes.
Las casas y, dentro de éstas, las habitaciones, los sótanos y buhardillas; muebles y cajones, objetos, las viviendas de los animales, los rincones… Bachelard recorre con ejemplos, con versos y citas de diversos autores, ese camino espacial de la poesía. Y en el recorrido encuentra también las huellas que las dimensiones dejan en nosotros y en nuestro pensamiento, asi como nuestro espacio interior y el lugar que ocupa en nuestra lectura del mundo.

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jueves 18 de octubre de 2007

El síndrome de Francfort

La Feria del Libro de Francfort es para los amantes de los libros una extraña mezcla entre Rodilla, Carrefour y la tienda del gourmet del corte inglés. Profundamente mercantil, exquisitamente bibliófila, imprescindible, inabarcable, exagerada, hostil y cálida; hasta mágica en algunos momentos: a la vista de alguno de los grandes de la edición, cuando conceden el Nobel de Literatura… De todo eso, trata Sergio Vila-Sanjuán en este librito oportuno, publicado pocas semanas antes de la celebración de la edición de este año, y que recoge sus experiencias como enviado especial del diario La Vanguardia desde 1994 a la feria.
Libro ameno, hasta simpático, en su tono de crónica periodística sin pretensiones, que explica qué es, de dónde viene y cuáles son las razones por las que año tras año, la capital del Meno acoge esta cita anual.
Anécdotas, chismorreos, algunas cifras y una excelente síntesis de las circunstancias en las que se ha desarrollado la gestación de la presencia de Cataluña como país invitado en la feria de este año son algunas de sus virtudes. Superficial, escaso de análisis y un poco plano de estilo son sus defectos, aunque éstos no desmerecen el conjunto en absoluto.
No es lo mismo que asistir en persona a la feria, claro, pero es un buen recurso para saber de qué va la Buchmesse, y dada la escasa bibliografía en español sobre el mundo editorial en general, es una referencia obligada.

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sábado 6 de octubre de 2007

El pensamiento cautivo

Leo más de lo que puedo reseñar, pero es lo lógico: hay que ser lectores, por encima de todo. Mientras disfrutaba de un amplio poemario de Raymond Carver, del que ya hablaré, lei recogida una cita del poeta y ensayista Cseslaw Milosz, de quien tengo reciente la lectura de El pensamiento cautivo, un extraordinario ensayo atrapado al vuelo en la biblioteca y que me sirvió de introducción al mundo de un escritor especialemente singular.
El hecho de encontrarle citado por Carver es prueba que se trata de un autor extraño, al que le queda como un guante su inclusión en la colección “marginales” de Tusquets. Milosz realiza en esta obra un amplio viaje por la situación de los intelectuales en las dictaduras comunistas del siglo XX. Pero en lugar de hacer una lista con dos columnas –escritores de régimen, escritores disidentes-, Milosz disecciona minuciosamente los diferentes tipos de pensamiento, de expresión que las dictaduras crearon a lo largo de las décadas, desde el comienzo de los movimientos socialistas europeos de la década de los 30 del siglo pasado.
Milosz fue él mismo uno de esos escritores, por lo que se analiza con extraordinaria agudeza para comprender, que no juzgar, el camino intelectual de muchas personas que pusieron su talento al servicio de los regímenes totalitarios del este europeo, la mayoría obrando de buena fe. Los motivos, las razones y la deriva de ideas y pensamientos son la clave de la actuación de estos intelectuales. El poeta deja claro desde el principio que no busca justificarse, sino explicar cuál es el discurrir del pensamiento al otro lado del telón de acero y porqué la intelectualidad occidental no debe aceptar sin más ni más las etiquetas que unos y otros se lanzan. Escrito en los años 1950, mientras se encontraba exiliado en París, Milosz analiza con maestría un periodo de la historia intelectual y cultural de Europa desde dentro, sin anatemas ni condenas, con una mirada profundamente humana y comprensiva, pero sin pretender justificar u ocultar las atrocidades que en nombre de la burocracia comunista se cometieron hasta la caída del muro de Berlín.
Bueno para profundizar en la génesis del pensamiento sujeto a restricciones y el desarrollo de la intelectualidad en condiciones dictatoriales. Y para conocer a uno de los grandes poetas en lengua polaca.

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miércoles 12 de septiembre de 2007

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Aunque los éxitos de ventas literarios suelen ser textos por encima de las 400 páginas y las grandes novelas del pasado superan esa cantidad, lo cierto es que la tendencia actual se dirige precisamente a lo contrario, a la brevedad. Ser concreto, breve y hasta escaso no es una novedad: desde las greguerías hasta los relatos de Monterroso y, por supuesto, los haikus, son muchos los escritores que se han enfrentado al reto de narrar el instante y de hacerlo con brevedad. Nada que ver con la magdalena de Proust, instante mágico desarrollado en cientos de páginas de memorias.
El mérito de Raymond Carver y de sus cuentos no está tanto en su brevedad, que no es tal, sino en lo que describen. Están construidos con una factura clásica, por su extensión y desarrollo, pero en lugar de concentrar el tiempo a la manera de Chéjov en pocas páginas, Carver lo extiende. Y esa extensión, ajustada al milímetro, le permite tomar un momento fugaz y convertirlo en un retrato detallado.
No todos los relatos son así, claro, pero en la mayoría, Carver mira y deja que nosotros miremos. Una mirada intensa, que no se limita a ver lo aparente sino que escruta –siempre con cariño- las acciones y los pensamientos humanos. No son, como pretenciosamente señala la solapa del libro, haikus en prosa. Son otra cosa; si un haiku es un segundo, un parpadeo, casi la impresión inconsciente de un momento, los cuentos de Carver son más bien un minuto, una mirada fija y atenta que dura lo suficiente como para captar la esencia de las cosas.
Captar y describir, claro, y en mostrar lo visto Carver no defrauda. Su prosa se podría comparar con las pinceladas de Hopper, pero allí donde el pintor impone una luz que es siempre homogénea en sus cuadros, Carver deja que sea la luz de cada situación la que ilumine la escena, sin alterar el conjunto. Hay relatos al aire libre en los que respiras el aire de las montañas o el de un suburbio, cuentos de interior iluminados por bombillas pálidas o por fluorescentes limpios.
Muy recomendable, para aprender a escribir y para desengrasar.

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sábado 8 de septiembre de 2007

Elogio de la locura

¿Me estoy haciendo mayor? Mayor en serio, con dificultades para leer y un permanente gusto por los libros más antiguos, los clásicos impensables. Cada vez que veo las mesas de novedades, gruño sordamente, nada me interesa. ¿Me hago… viejo? No. Ayer reflexionando sobre ello –reflexiono mucho este mes: es un mes especial, lleno de aniversarios: ya hablaremos-, llegué a la conclusión de que si bien en materia literaria y musical parezco un poco rancio y poco dado a novedades, no es cierto. Primero, porque muchas de esas novedades no me llegan y segundo, porque atravieso periodos en los que me pongo al día con textos o compositores que me perdí durante la travesía del desierto, circunstancia extensible también al cine y a otras manifestaciones culturales.
Larga digresión para justificar que, después de la Utopía de Moro, he disfrutado con otro clásico no menos intenso y necesario: el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam.
Libro sencillo y hasta divertido, maestro en una ironía nada dificil de comprender y que se resume con una de las muchas citas, ésta de Cicerón, que el libro atesora: “El mundo está lleno de majaderos”. Erasmo, buen conocedor de la sociedad de su época, describe a través de una exaltación y elogio de la locura en su sentido de estupidez o estulticia, los tipos, clases y personas que proliferan en su en torno. Su intención es hacer ver cómo la estupidez es la reina de las acciones humanas y cómo en su honor se cometen las mayores tropelías, sin que nadie se aperciba de que lo que creen como nobles acciones no son otra cosa que estupideces.
En general, lo más provechoso del libro es lo que cada uno pueda ver de sí mismo reflejado en él y cómo nos retrata a los seres humanos. Con Erasmo no cabe la ingenuidad, no cabe pensar que hemos cambiado mucho en 500 años. No es así. Seguimos siendo fatuos, egoístas, llenos de prejuicios, ignorantes y ajenos a cuanto no vaya en nuestro beneficio. Preferimos la apariencia y el barniz de sabiduría al conocimiento obtenido con esfuerzo. Y cuanto más arriba en la escala social, peor. Menos mal que hay excepciones, y con ellas, esperanza.

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martes 4 de septiembre de 2007

La revolución de los cómics

El empleo del cómic, de la historieta como fórmula discursiva para desarrollar un ensayo no es una gran novedad. La mayor parte de las revistas de historietas españolas durante el franquismo -Pulgarcito, Tio Vivo, DDT..- incluían, por imperativo gubernativo, una o dos páginas de divulgación con la viñeta como base. Asi que Scott McCloud no ha sido el primero en utilizar las viñetas del arte secuencial para algo más que para narrar una historia. Y sin embargo, el gran mérito del autor estadounidense es el de escribir un verdadero ensayo empleando el cómic como vehículo de expresión. Fue en su primer y excelente libro Cómo se hace un cómic.
La continuación de esa primera obra, que supuso un cambio radical en la concepción y el desarrollo del cómic, a la altura del canónico El cómic y el arte secuencial de Will Eisner, es La revolución de los cómics. Pero allí donde se apreciaba un análisis fino y meditado de la historieta, de su evolución y orígenes, aquí se encuentra un discurso coyuntural y poco meditado, ambicioso en sus planteamientos pero un poco ingenuo en los resultados.
Cualquier libro, cualquier análisis sobre la Red realizado en los comienzos de internet ha perdido casi por completo su interés, tal ha sido la velocidad y el volumen de los cambios que ha traído consigo. Ninguna de las profecías, de los caminos que se intuían se han cumplido, más allá de las generalidades sobre el inmenso potencial de una estructura que soporta, entre otras cosas, este blog. Hay que agradecer a McCloud su esfuerzo y aprovechar algunos de los pocos conceptos -sobre todo, en su afán por mirar hacia delante-, que se salvan de su libro.
Pionero de la distribución en internet de su obra, McCloud consigue transmitir el entusiasmo que despiertan en él todas las posibilidades de la Red, pero poco más. Y es una lástima que sólo se haya preocupado por dirigirse al público y los autores estadounidenses, perdiendo por el camino el carácter universal de su primera, y magistral, primera obra.

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