miércoles, 22 de diciembre de 2004

Críticas (II)

También conozco de primera mano a quien, encargado de reseñar dos libros de asunto parecido, uno de la casa y otro de otra editorial, malo de solemnidad el de la casa, bueno el ajeno, tuvo que contemporizar entre los dos. No por indicación de nadie, sino por oficio y práctica. El caso no es el de Echevarría por el que ahora se muestran felices los rebotados de Prisa hoy en otros medios (“veis qué bien hice marchándome en cuanto pude” es lo que traslucen todos a una en sus escritos), sino que eso sucede en todos T-O-D-O-S los medios. El ninguneo; la congelación; las indicaciones sin índice que las hace, pero con mano que las entiende; la muerte civil o ‘desaparición’ (qué avieso hay que ser para atribuírsela en exclusiva a Prisa, cuando es la esencia de los medios de comunicación de masas modernos, desde MacLuhan al menos, y que se resume en que: si no sales en un medio, no estás, no existes (hasta Andy Warhol y sus minutos de gloria lo sabía)); todas esas sevicias son parte del aprendizaje del periodista moderno. Aprendizaje o domesticación, que es también término aplicable.

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