Hace poco, obligado por educación a escuchar la chapa que me estaban dando al teléfono -un ritual que se repite cada cierto tiempo y que me permite practicar lo que mi padre llamaba “proceso de borrado automático”, popularmente: por un oído me entra y por el otro me sale-, me dio por pensar en cómo nos hacen y hacemos perder el tiempo, cómo el lenguaje, originalmente una creación para el intercambio eficiente de mensajes, puede terminar por ser una cortina bastante espesa tras la que se oculta cualquier motivación. No hablo de la sencillez o complejidad de ese lenguaje, sino de su uso final. Durante algunos años tomé por cierto que los seres humanos adoptamos diferentes personalidades según el escenario, pero ahora no estoy tan seguro. Salvo lesión cerebral, nuestra personalidad está definida y cerrada porque no depende de nosotros, no somos conscientes de ella porque forma parte del mismo paquete cerebral que ver o sentir frío: va con nuestro cerebro, es intríseco a él. No llega al ni...