Felipe Polleri, La inocencia
Hace ya muchos que convivo con una
frustración irresoluble: no tengo vida para leer ni la milésima parte de lo que me gustaría. Por mucho tiempo que dedique a la
lectura, a la selección de autores y obras; por muchos idiomas que
aprenda, jamás me sentiré satisfecho. Siempre habrá en algún
anaquel una obra extraordinaria que se me va a escapar. Y lo que es
todavía peor: ni siquiera voy a saber que existe.
Felipe Polleri entra en esa categoría
de autores que nunca podría haber descubierto. Polleri es uruguayo y
a este lado del océano las sombras de Quiroga, Benedetti, Levrero,
Galeano o Peri Rossi son demasiado grandes. Menos mal que hay
heraldos sin vergüenza alguna a la hora de elogiar, explicar y hasta
acosar a editores y lectores para que compartan su entusiasmo por un
autor.
Prologado por Rubén A. Arribas, uno de
esos heraldos al que tengo la fortuna de conocer, ha llegado a
nuestro país La inocencia, de Felipe Polleri.

Confieso que leyendo a Polleri quiero
más a Levrero, pero esta novela escrita a varias voces y niveles,
tiene mucha ambición narrativa dentro y un español luminoso y
claro, que dan ganas de escuchar en directo: "[...] no se permitía tener animales vivos en el edificio. Tenían que estar disecados como papá o la abuela Teté, a la que no le podía decir abuela porque aunque tenía 68 años parecía de 42 si uno la miraba como debía, si uno estaba tan amaestrado que no la confundía con una momia [...]".
Por supuesto, que nadie espere
encontrar La inocencia entre las recomendaciones para el verano de
los suplementos literarios; y no por ser una lectura inoportuna con
los calores, sino precisamente por lo contrario, porque es apta para
cualquier época del año. Sobre todo, en Navidad, cuando más fácil es entender y perdonar a la familia, porque: "estoy loco y soy una mierda", por llorar a escondidas, comer refuerzos de mortadela o tener hijos "parditos"; la interminable lista de pecados que Polleri expresa por nosotros.
La edición en papel es una delicia y encierra un pequeño misterio: ¿cómo puede haber todavía personas que necesiten tanto el papel como para seguir editando con tanto amor un libro? Parte de una posible respuesta se puede leer en esta entrevista.
La edición en papel es una delicia y encierra un pequeño misterio: ¿cómo puede haber todavía personas que necesiten tanto el papel como para seguir editando con tanto amor un libro? Parte de una posible respuesta se puede leer en esta entrevista.
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