martes, 8 de abril de 2008

Es una vida maravillosa

Uno de los libros más significativos que recuerdo fue mi libro de texto de ciencias naturales del bachillerato. Libro que por cierto no conservo, o que no soy capaz de encontrar en ninguna parte. Era un libro de Aguilar absolutamente clásico, con una veintena de ediciones como mínimo. Era un verdadero tocho, un libro antiguo en su diseño: tipografía monótona, gráficos e imágenes en blanco y negro, dos columnas; en fin, hoy sería el horror para cualquier criatura de la generación myspace.
Pero el contenido de aquel libro era un tesoro: la vida, sus mecanismos, las ciencias naturales del siglo XX en todo su esplendor. La base del texto, rigurosa, era un compendio del estado de esas ciencias en los años 70 del siglo pasado. Antes del conocimiento del medio, antes de la llegada del hombre a la Luna y antes de que existiese -ni como sueño- este medio.
Recuerdo imágenes de aquel libro: el cráneo de un gato y el detalle de cómo funcionaban las uñas retráctiles; un científico de bata blanca junto a un gran matraz oscuro en el que se desarrollaba el experimento crucial del nacimiento de la vida: las chispas en una atmósfera de metano creando moléculas orgánicas en una sopa primordial de aminoácidos; los árboles taxonómicos, esas listas ordenadas y espléndidas de órdenes, familias, géneros y especies...
Una de las imágenes más turbadoras era la que recogía la reconstrucción de la vida en los océanos hace 500 millones de años, durante el Cámbrico. Allí estaban sumergidos los antepasados de los habitantes de nuestros mares: medusas, langostas, cangrejos, gusanos, esponjas... Era una imagen evocadora, una puerta para comprender los mecanismos de la evolución. Paréntesis: ni siquiera durante el franquismo se le ocurrió a ningún obispo cuestionar en los libros de texto la evolución; hay que fastidiarse que vengan ahora con el diseño inteligente a dar la brasa. Cierro paréntesis.
Pero ahora sé que aquella lámina ingenua era una imagen falsa gracias a un libro de Stephen J. Gould, extraordinario, como todos los suyos por otra parte. Qué bello es vivir en su título original, basado en la película de Frank Capra y traducido aquí por La vida maravillosa en una decisión más que discutible, explica como una obra de teatro el hallazgo y posteriores interpretaciones de un conjunto de fósiles del Cámbrico llamados Esquistos de Burgess.
Dicho así puede resultar poco atractivo como lectura, pero no es cierto. Porque a través de esas interpretaciones Gould analiza cómo nuestros prejuicios condicionan nuestra percepción de las cosas, incluso en ámbitos supuestamente asépticos como la ciencia, la paleontología en este caso. Cómo ante la evidencia de que la vida era más rica y diversa al principio, los prejuicios científicos y la necesidad de encontrar un sentido para nuestra presencia sobre el planeta, cegaron a los primeros descubridores de los esquistos de Burgess, que no fueron capaces de ver la importancia de esos fósiles. Desde hace más de un siglo, la evidencia lucha contra la imagen de un crecimiento, de una evolución ordenada con un destino fijo: la aparición del Homo sapiens. Y no es cierto.
Gould explica cómo la contingencia y el azar son los responsables de nuestra presencia sobre la Tierra, sin que haya nada en la naturaleza que implique una dirección, un destino final. De hecho, el descubrimiento de una mandíbula de Homo antecessor en Atapuerca viene a confirmar lo que empieza a estar claro para otras especies: gran diversidad inicial, escasos cambios al final. Lo más probable es que los humanos actuales hayan evolucionado de alguna población de las muchas que se desarrollaron entre los homínidos en los últimos tres millones de años. El árbol de la vida ha dejado de ser un cono invertido para convertirse en un árbol de Navidad. Y eso es fascinante.
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