jueves, 3 de abril de 2008

Juventud, de J. M. Coetzee

No sé porqué, pero me gusta explicar de dónde he sacado un libro al comienzo de estas reseñas. Y como nadie se queja, sigo con la costumbre. Lo compré hace unos días, por impulso y curiosidad, al recordar muy vagamente que alguien me lo había recomendado. Pero me ha costado trabajo entrar, dejarme llevar por la historia y el tono de esta novela de J. M. Coetzee, de quien no había leído nada anteriormente. No es sólo por la atmósfera de tristeza y melancolía que transmite, sino que sentía un cierto desasosiego, una ansiedad inexplicable.
Juventud es la historia de un joven universitario, asfixiado en la racista Suráfrica de los primeros sesenta. Su intención es ser un poeta como Pound, mientras compagina su licenciatura en matemáticas con sus lecturas y la constatación de los graves problemas sociales que su país empieza a atravesar. Su intención es huir, escapar a Londres, ya que no es capaz de aprender francés para vivir en París, el destino de cualquier poeta que se precie.
Y fue entonces, mediada la novela, cuando el protagonista llega a Londres y comienza a vivir allí cumpliendo su sueño: las librerías, la Biblioteca del Museo Británico, el cuarto alquilado, el trabajo alienante para comer, etcétera, cuando comprendí mi ansiedad. Juventud es una especie de segunda parte, como una continuación de El guardián entre el centeno. Es como si Coetzee retomase la historia del muchacho que se preguntaba ¿dónde van los patos cuando el estanque se hiela? pero ya terminando sus estudios y comenzando la vida laboral.
Las mismas angustias, las mismas dudas, la ausencia de cualquier empatía por los demás, mucho egoismo casi biológico... Las preocupaciones de ambos protagonistas y su pensamiento no corren exactamente en paralelo, sino uno detrás de otro por el mismo camino. Hay más crueldad en el surafricano que en el estadounidense, pero sólo por la diferencia de edad. Allí donde la criatura de Salinger se mostraba cruel, ante sus padres o ante la mujer, lo hacía desde su propia perplejidad, desde el descubrimiento de lo que puede ser la vida; pero la criatura de Coetzee es cruel por desgana, por su pereza para ser otra cosa, para leerse a sí mismo.
Como me sucede con otros autores, no creo que repita con Coetzee. Pero admito que puedo haber elegido una novela poco recomendable para empezar, o que la traducción no termina de convencerme; o tal vez ¿me han producido cierto desasosiego sus explicaciones sobre las relaciones entre primos?
"[...]la promesa de facilidad, de naturalidad: dos personas con una historia en común, un país, una familia, una intimidad de siempre encarnada desde antes de pronunciar la primera palabra. No se necesitan instrucciones, ni tanteos."
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