lunes, 23 de marzo de 2009

Las cartas de la ayahuasca


Este post está dedicado a la memoria de Omid Reza Misayafi, bloguero iraní que ha muerto en una prisión de Irán tras ser condenado en diciembre a dos años y medio por "insultar a los líderes religiosos". Las causas de su muerte no se han hecho públicas, pero Omar se encontraba en malas condiciones psicológicas desde su entrada en prisión.
¿No os pasado nunca que ante una vivencia leída en un libro os habéis identificado casi plenamente con un autor? Es lo que yo llamo un fogonazo: cuando un suceso, un momento, algo que un autor describe es, palabra por palabra, algo que habéis vivido, visto o sentido. No digo algo que se parece, del tipo "la impresión que me causó tal cosa" es la misma, no. Digo la identificación, el reconocimiento de haber sentido, visto y vivido lo mismo que alguien al que estás leyendo.
Eso es un poco lo que me ha provocado este libro tan breve como intenso escrito a dos manos por dos autores muy duros, a los que hay que acercarse con la cabeza fría y cuyas vivencias han trastocado los sueños de muchos incautos, convencidos de que en las drogas o en la marginación se encuentra la verdadera literatura. A estas alturas no voy a descubrir a Allen Ginsberg, poeta del Aullido, y a William S. Burroughs, autor del impresionante El almuerzo desnudo.
El fogonazo al que aludía -que no es por compartir sus gustos sexuales ni tampoco por el consumo de sustancias, mal pensados- se produjo cuando explica cómo un muchacho "intentó encontrar algo en mi bolsillo que le mereciera la pena robar", pero todo sin la más mínima violencia, como con desgana. Y eso es algo que sentí en mis carnes, hace años, durante un viaje por los mismos lugares, aunque con intenciones diferentes.
Estas cartas relatan el viaje que Burroughs emprendió por Suramérica en los años 50 del siglo pasado en busca de una planta alucinógena: la ayahuasca; de las consecuencias de su ingestión; y de las impresiones que el viaje dejaba en su ánimo. Después, es Ginsberg quien sigue los pasos de su amigo con resultados diferentes, siete años después del primer viaje. El libro se cierra con un texto inclasificable de Burroughs sobre Panamá bajo los efectos de cualquiera sabe qué.
Aunque Burroughs se muestra en ocasiones como un perfecto niñato y sus críticas son las de un típico estadounidense "civilizado" de viaje por sociedades que ni entiende ni quiere entender, su viaje iniciático a través de un continente está lleno de ingenuidad y de una perplejidad sincera. Junto a sus prejuicios está también su determinación por la libertad individual y su coraje para enfrentarse al mundo como homosexual y drogadicto, algo que hace 60 años era intolerable socialmente y que no podemos comprender desde nuestra perspectiva. Burroughs, además, descubre y defiende la tolerancia de las sociedades que atraviesa, en comparación con Estados Unidos, aunque sea con una visión un poco reduccionista:
"Sudamérica no obliga a la gente a convertirse en marginal. Puedes ser maricón, o drogadicto, y seguir manteniendo tu posición. [...] En los Estados Unidos te tienes que convertir en un marginal [...] Que nadie se equivoque: todos los intelectuales son marginales en los Estados Unidos."
Junto a estas reflexiones, imágenes potentes -"se despojó de su ropa interior sucia raspando una erección", "higiénicos intestinos escandinavos"- y un deseo insatisfecho, casi rabioso, por entender y comprender un mundo que no les gustaba. Lo que no tiene nada de extrañar, viendo el panorama de hoy.

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