sábado, 7 de noviembre de 2009

Llamamiento y otros fogonazos

Mientras cualquier político con cargo insulta y miente con descaro, los demás ciudadanos seguimos teniendo que conformarnos con la responsabilidad. Ya me gustaría, ya, poder usar del lenguaje con la alegría irresponsable de estos cargos electos tan atildados como poco atinados. Por eso el anonimato sigue siendo un arma y una necesidad para muchos grupos de verdadera izquierda, es decir de una izquierda no posibilista, como los autores de este brutal, sincero e implacable Llamamiento, originado en esta página y en la que se pueden encontrar la mayoría de los textos que voy a citar.
Pensado y debatido, construido y re-construido en Francia, el Llamamiento pretende ser tanto una guía de pensamiento como un libro de instrucciones para entender el mundo en el que vivimos, elaborado desde la izquierda sin partidos. Después de expresar las diez reglas para el Gran Juego de la guerra civil, el Llamamiento recorre nuestra realidad con los ojos bien abiertos:
Somos muy conscientes de que la vida en las filas de nuestra sociedad contiene tanta alegría como un trayecto en el tren de cercanías; que el capitalismo no ha producido hasta hoy, en materia de riqueza, más que una universal desolación; que nuestro orden carcomido no tiene más argumentos que las armas que lo protegen. Pero qué queréis: ¡es así! Os hemos desarmado mentalmente, físicamente; y ahora detentamos el monopolio de aquello que os prohibimos: la violencia, las complicidades y la posibilidad de aparición. Francamente, si estuvieseis en nuestra posición, ¿haríais otra cosa distinta?
El texto está dividido en varias partes, pero el núcleo central está en las siete proposiciones y sus escolios agrupadas bajo el título del libro. Es verdad que las ideas y el análisis se desarrolla bajo la política francesa, pero no obstante, la lucidez y seriedad del debate remiten a una izquierda verdaderamente universal. Por ejemplo:
El problema de las reivindicaciones es que, al expresar necesidades en términos que sean inteligibles para los poderes, terminan por no decir nada sobre ellas, qué transformaciones reales del mundo implican. Así, reivindicar la gratuidad de los transportes nada dice sobre nuestra necesidad de viajar y no solamente de desplazarnos, de nuestra necesidad de lentitud.
No sabría calificar o etiquetar -ni me parece importante- la corriente en la que se inscribe el pensamiento de los autores, pero francamente me encuentro a gusto en ella, me reconozco, cuando dicen que
El capitalismo ha consistido en la reducción en última instancia de todas las relaciones a relaciones de producción. De la empresa a la familia, el mismo consumo aparece como un episodio más de la producción general, de la producción de sociedad.
Porque ya está bien de que nos roben el lenguaje, de que se hayan apropiado del discurso social enmascarando la realidad con un idioma vacío, oscuro a propósito. Y lo siento por la izquierda parlamentaria, tan voluntariosa como necesitada de una verdadera revolución interna. Porque
De Lèon Blum a Lula, la izquierda no ha sido más que eso: el partido del hombre, del ciudadano y de la civilización. Hoy, ese programa coincide íntegramente con el programa contrarrevolucionario: mantener en vigor el conjunto de ilusiones que nos paralizan. La vocación de la izquierda es expresar un sueño que solamente el imperio tiene los medios de alcanzar.
Tenemos pues que movilizarnos, que volver a desarrollar las redes de solidaridades y proyectos comunes, de pensar en la utopía, de reclamar lo que siempre ha sido nuestro. Tal vez este llamamiento y otros menos radicales sean una primera luz para volver a empezar a construir un mundo verdaderamente mejor.

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