viernes, 3 de agosto de 2012

Mi amigo, Roberto de la Oliva

Mi amigo Roberto, Rober, tenía 54 años cuando se marchó a comienzos de esta semana después de varios años luchando contra un cáncer medular. Hacía más de un año que no teníamos contacto, porque él estaba ocupado viviendo y disfrutando de sus hijos y de su mujer, mientras yo postergaba cualquier contacto para no sentirme mal.
En su momento, Rober no lo dudó cuando yo necesité que alguien me escuchase un rato y me ofreció su serenidad y su sentido común. Eran sus rasgos más llamativos, o al menos los que me siempre me impresionaron. Me he quedado con las ganas de decirle que le quería por ser una buena persona, algo que escasea bastante.
Durante muchos meses Rober se convirtió en un espamer amistoso, que no dejaba de enviar correos electrónicos con powerpoints de todas clases, hasta que la falta de respuesta de sus corresponsales le hizo abandonar. Me hubiera gustado decirle que aunque protestaba por sus correos no me perdía ni uno y que nunca los mandé a la papelera.
Conservo de él -y de Susana, su esposa- grandes recuerdos de los tiempos ingenuos, de etapas mágicas en nuestras vidas en las que todo estaba por hacer y nos invadía una sensación de poder con todo. Siento no haberle dicho nunca cuánto me admiraba que fuera empresario y que sacara adelante Decotor. 
Voy a echar de menos las conversaciones con él sobre los juguetes de hojalata antiguos y algunas marcas de coches, las únicas aficiones que alguna vez le robaron un poco de tiempo de su verdadera pasión, la familia.

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