lunes, 31 de enero de 2005

Barre adentro

Fui, y muy bien acompañado como siempre, en la primera semana de exhibición a ver Mar adentro. Entonces ya me pareció una película estimable con un Javier Bardem cercano al cielo, aunque tenga trabajos del mismo nivel. Pero también entonces sostuve que era una película tramposa, de las que se le ven las costuras, las hechuras y las intenciones de ganar premios, taquillas y lo que haga falta. Muy bien rodada, sabiamente rodada por un director muy bueno pero tramposo. Y la elección de los actores, el montaje y hasta la promoción eran una maquinaria tan engrasada como falsa. Sostuve entonces que la elección de Belén Rueda como alter ego de Bardem sólo se debía a ese mismo propósito de ganar premios y búsqueda de todos los resortes, muelles y engranajes que hacen de esta película un rolex antes que un swatch. Porque Amenábar, que es un director enorme, necesitaba una persona maleable y con desgracia propia y auténtica a las espaldas y no una actriz de verdad, único motivo para elegir a una mujer más dotada para la telecomedia que para las tablas. Ayer, la gala de los Goya y es verdad que son ellos mismos los que se premian o se echan por tierra, consagró la película y la dudosa por absurda marca de “más goyas que nadie” que tenía otra película, de igual calidad, peor fortuna y más verdadera, que se titulaba Ay Carmela, de Carlos Saura, donde había como aquí un actor -Andrés Pajares- y, sobre todo, una actriz, Carmen Maura. Con ser la película más comercial del año, el entusiasmo desatado no justifica absurdos como el de darle un premio a un actor gallego por el mero hecho de hablar en gallego y tener cara de gallego, ninguneando el trabajo de un Juan Diego -que no necesita premios- en un papel y una película de verdad: El séptimo día. O premiar como ‘principales’ los estimables, pero muy reducidos, papeles del resto de las actrices del mar. Ah, pero qué momento extraordinario cuando el escritor Antonio Gala, huérfano de premiado sobre el escenario ya que nadie recogía el premio que a él tocaba presentar, se dirigió al micrófono y con voz suave dedicó el goya a la familia del premiado, mientras la platea aplaudía ante el absurdo. Que la actuación más divertida corriera a cargo de un caricato, que una de las presentadoras más ágiles y simpáticas del acto fuera una soprano única como Montserrat Caballé y que el mejor momento lo viviese un escritor da qué pensar, ¿pues no era una gala cinematográfica?

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