lunes, 16 de octubre de 2006

La balada de la justicia, de Alejandro Nieto

He leído estos días las noticias sobre una urbanización en Las Navas del Marqués, que pretende talar un pinar para campos de golf y chalés y después repoblar una parte –suena tan demencial como estúpido-, con el beneplácito de las autoridades. Y he recordado que tenía pendiente la reseña de un libro que viene al pelo de este asunto y de otros relacionados con el disparatado pelotazo urbanístico que vivimos.
Un libro que se “escribe para adultos que no se asustan de la verdad ni tienen interés en ocultarla”, como explica el propio autor. Aunque probablemente serán los abogados los que le saquen más jugo, lo cierto es que se ríe y se llora a partes iguales ante el sucio panorama que pinta este jurista, que llama a las cosas por su nombre y no duda en describir una situación que se resume en la distancia que media entre unos portales (constitución, leyes fundamentales) espléndidos y bien construidos, y un edificio de la justicia (leyes, decretos, reglamentos y actuación del poder público) lleno de telarañas, sucio y mal ventilado.
“El Estado tiene... Una cara filantrópica protectora de los ciudadanos y de los intereses públicos; pero también una segunda perversa, destructora, egoísta y brutal...” dice en un momento dado, expresando lo que muchos pensamos a la hora de ver las contradicciones y desmanes en los que incurren los que nos gobiernan.
Como el alcalde actual de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, a quien se le puede aplicar este diagnóstico certero: “El constitucionalismo actual, en suma, ha desmontado los mecanismos tradicionales de control y permitido la actuación despótica de los alcaldes, salvo la eventual, remota e ineficaz intervención de un juez.”
El libro se centra sobre todo en la legislación urbanística y en su aplicación, y desarrolla en su segunda parte dos casos prácticos que ponen los pelos de punta:
Uno, la llegada a España de una multinacional farmacéutica y como hace y deshace a su antojo para construir sus laboratorios en connivencia con las autoridades municipales, autonómicas y de más arriba (con los negocios de Franco y del rey en primer término).
El segundo, el desprecio por los vecinos y las leyes a la hora de establecer un negocio hostelero sin el más mínimo control por parte de los que en teoría tienen que protegernos.
El libro describe la absoluta irresponsabilidad jurídica de los funcionarios, como “La legislación urbanística es la que hace imposible un urbanismo sensato y honrado; y que lo mismo sucede con el medio ambiente” –lo que me recordó la piscina de Pedro J. Ramírez-, los males del Derecho urbanístico, “cuya perversidad es tal que parece pensado -y así es de hecho- para provocar irregularidades constantes, para enriquecer a unos a costa de los otros y en último extremo para encarecer el suelo y las construcciones que en él se hacen.”
La presión del turismo mal entendido, la confusión entre el mercado y el Estado, la corrupción…
El libro se cierra con una cita de la Autobiografía de Norberto Bobbio:
“El pesimismo es hoy un deber civil porque sólo un pesimismo radical de la razón puede despertar algún temblor en esos que, de una parte o de otra, demuestran no advertir que el sueño de la razón produce monstruos.”


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