jueves, 23 de noviembre de 2006

Confesiones, de San Agustín

No es una errata. Y ya sé que no me pega mucho, pero hay libros que uno debe conocer, incluso estudiar, por la curiosidad, por lo que dicen, por lo que no dicen, por lo que son. Y también que supongo que con la edad me da por leer biografías y autobiografías. Y una razón práctica: hace años que descubrí que somos los ateos los que mejor conocemos las religiones del mundo, sobre todo los que provenimos del orbe cristiano. Léase a Gonzalo Puente Ojea para mayor aprovechamiento.
Escritas hace más de 1.600 años, las Confesiones de San Agustín son una colección de textos muy religiosos, pero que muy religiosos, que forman parte de la columna vertebral del pensamiento occidental. No tanto del pensamiento humano, sino sobre todo del hombre occidental. Pero descontada la palabrería cristiana, las Confesiones resultan ser una aproximación a la transición entre el mundo romano y el de la Edad Media. No he usado el término palabrería como descortesía, aunque no reniego de su carácter peyorativo, pero es que el libro tiene como tres niveles de redacción: uno, el que más me interesa, es el del personaje, sus confesiones de verdad, las rendijas por las que se cuelan asuntos y hechos cotidianos que hoy siguen existiendo; en un segundo plano está la filosofía, la profundidad con la que analiza y busca a través del lenguaje las raíces del pensamiento, de los sentimientos y de los conceptos como el amor o la amistad; y en el tercero están las oraciones y largas digresiones alabando a Dios y las recopilaciones de citas y versículos de la Biblia.
Son trece libros en total, aunque su número real se discute porque existen discrepancias en la redacción, las fechas, etc. En general, el libro tiene momentos fascinantes, sobre todo con su pelea para aprehender el tiempo y comprender la creación, en los libros 11 y 12.
Suena raro, pero hay momentos en los que parece que estemos ante un texto new age avant la lettre, como en el libro 5, a la hora de glosar las ventajas de lo que llamamos fe del carbonero, aquella fe sencilla, de iletrados que nada se cuestionan. No obstante su defensa de las fábulas teístas, es crítico con los horóscopos y la curiosidad morbosa: "¿Qué deleite hay en ver un cadáver despedazado que tanto te horroriza? A pesar de ello la gente corre a verlo donde quiera que esté por la simple sensación de entristecerse y palidecer." (Libro X, pag. 282). También se muestra muy decepcionado por la inutilidad de muchos de sus primeros estudios y de la escuela y cómo ésta presta un flaco servicio a la educación. En el libro segundo hay una buena reflexión sobre el pecado a cuenta de un robo de peras que perpetró cuando era un adolescente, pero hay pocos recuerdos como tales, salvo en lo referente a su madre, cuya muerte le causa un profundo impacto. Es cuando sus reflexiones comienzan a ser más amargas: "Me apremia el tiempo y hay muchas cosas que no puedo dejar escritas." (Libro IX, pag 225).
A veces sus razonamientos avanzan a través del tiempo vertiginosamente: "No son las cosas que sentimos las que entran en la memoria, sino sus imágenes, siempre dispuestas a presentarse a llamada del pensamiento que las recuerda." (Libro X, pag 249); "Aprender las cosas... Equivale a verlas interiormente en sí mismas tal cual son, pero sin imágenes." (Libro X, pag 253), donde parece adelantar la lingüística de Chomsky.
Son impresionantes las escasas reflexiones sobre sí mismo y estas Confesiones: "¿Por qué, entonces, preocuparme de que los demás oigan mis confesiones como si fueran ellos a sanar todas mis dolencias? Son gente demasiado interesada en conocer vidas ajenas y perezosa en enmendar la suya. ¿Para qué tanto interés en oir de mí quien soy, si ellos no quieren oir de ti [Dios] quiénes son?" (Libro X, pag 241). "Ni yo mismo alcanzo a comprender lo que soy" (Libro X, pag 249).
En fin, recomendable de todo punto, aunque solo sea para comprender un poco la mentalidad de estos a la hora de pensar y aconsejar sobre ciertas materias: "La mujer fue hecha para el hombre hasta corporalmente. De igual naturaleza a la del hombre en cuanto a la razón y a la inteligencia, está sometida, sin embargo, al hombre en lo que se refiere al sexo corporal." (Libro XIII, pag 399).

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